Conducía por las calles de Madrid, las manos apretando el volante con tanta fuerza que los nudillos se le blanqueaban. El motor del coche rugía, reflejando el caos que giraba en su mente tras el encuentro con Marta Guzmán. Había pagado una fortuna para enterrar las fotos y la prueba de embarazo de Carla, pero el alivio era frágil, eclipsado por una furia que lo consumía. Alguien lo había traicionado, alguien había soltado el rumor que casi lo destruye, y mientras aceleraba hacia el apartamento de Javier, las teorías se arremolinaban como un torbellino. Javier, ese miserable envidioso, tenía que ser el culpable. Lo veía claro, su resentimiento palpable en cada mirada, su deseo de verlo caer. Era el candidato perfecto, y Damián estaba decidido a arrancarle la verdad, aunque tuviera que

