Santiago había caído agotado tras su esfuerzo por ponerse de pie. La enfermera había salido tras acomodarlo en la cama, dejándolo cubierto con las sábanas blancas, el rostro pálido pero sereno. Rodrigo estaba sentado en una silla junto a la cama, los codos apoyados en las rodillas, los ojos fijos en el niño mientras una sonrisa débil aún le curvaba los labios. Había sido un momento increíble: Santiago dando esos pasos temblorosos, su risa llenando el aire, un destello de vida en un cuerpo tan frágil. Pero el agotamiento lo había reclamado rápido, y ahora dormía, dejando a Rodrigo con una mezcla de orgullo y preocupación. El doctor Morales entró con pasos silenciosos, el portapapeles en la mano, y se sentó en la silla al otro lado de la cama, frente a Rodrigo. Ajustó sus gafas, revisando

