Carla llevaba despierta un par de horas, pero la realidad no era mejor que el sueño inducido del que había salido. El zumbido de la sala de emergencias había sido reemplazado por un silencio opresivo en la unidad de cuidados intensivos, donde ahora estaba, sentada en una silla dura frente a un cristal que la separaba de Santiago. Su hijo yacía al otro lado, su pequeño cuerpo conectado a máquinas que pitaban con un ritmo débil, su vida colgando de un hilo que nadie parecía capaz de sostener. Los tubos salían de su boca y brazos, el respirador moviendo su pecho en un vaivén artificial, y ella solo podía mirarlo, atrapada en una impotencia que le quemaba el alma. A unos metros, Damián estaba sentado en otra silla, Regina a su lado, los dos en un silencio que Carla no entendía ni quería d

