Carla estaba al borde del abismo, el cristal frente a ella empañado por su aliento mientras miraba a Santiago, su pequeño cuerpo inmóvil tras la convulsión que lo había devuelto al silencio. El pitido del respirador era lo único que llenaba la sala de cuidados intensivos, un ritmo frágil que le recordaba lo poco que le quedaba por perder. Habían pasado minutos desde que Morales pronunció esas palabras —"el próximo despertar podría ser el último"— y la impotencia la había consumido hasta que algo dentro de ella se rompió. No más espera, no más dejar que otros decidieran. Era su hijo, y ella tomaría el control. Se giró hacia Morales, los ojos encendidos por una mezcla de furia y determinación. —Hagan la terapia —dijo, la voz firme aunque temblorosa—. La que propuso Rodrigo. Háganla ahora

