Habían pasado varios días desde que Regina le exigió un hijo a Damián a cambio de salvar Urbania Global, y su negativa aún flotaba entre ellos como un veneno silencioso. La casa estaba fría, los encuentros entre ambos reducidos a miradas cortantes y palabras escasas. Damián había pasado esos días lidiando con las secuelas de su pelea con Javier, intentando contener el daño que Regina había infligido a su empresa, pero el teléfono no dejaba de sonar con malas noticias: socios nerviosos, acciones tambaleantes, rumores que se extendían como fuego. Esa mañana, sin embargo, una llamada diferente lo sacó de su rutina: Arturo, el padre de Regina, lo invitó a un almuerzo en su club privado. No era una petición; era una orden disfrazada de cortesía. Damián llegó al club a mediodía, el sol de Mad

