Carla estaba sentada en una silla junto a la cama de Santiago, las manos apretadas en el regazo mientras miraba a su hijo con el corazón en un puño. Era el día de las últimas pruebas antes de iniciar el tratamiento experimental, un paso que los médicos habían prometido como una esperanza tangible, pero que ahora la llenaba de un nerviosismo que no podía sacudirse. El dolor de cabeza que la había acompañado toda la mañana latía en sus sienes, un resultado de los días sin dormir bien, atrapada entre la preocupación por Santiago y la tensión con Damián. Había estado más estresada desde que llegaron a Madrid, pero los últimos días habían sido un torbellino de emociones: la pelea con Regina, la videollamada con Rodrigo, y la ausencia constante de Damián, quien había prometido llegar hacía una

