Rodrigo había recibido la llamada de Carla temprano esa mañana, su voz al otro lado del teléfono cargada de una mezcla de alivio y apuro. Le dijo que no podría estar con Santiago hasta el mediodía porque lo llevarían con otros niños, y le propuso verse después en su casa a las diez. Él había aceptado de inmediato, encantado con la idea de pasar un rato fuera del hospital, conociendo más de su mundo, aquel que ella había creado apresuradamente desde que estaba allí en Madrid. Pero justo cuando estaba saliendo del hotel, el teléfono vibró otra vez: era Carla, diciendo que llegaría a las once porque tenía que rellenar unos papeles en el hospital. Rodrigo sonrió para sí mismo, ajustando sus planes sin problema. Una hora más no cambiaría nada; ella valía la espera. Llegó a la casa de Carla

