Eran las siete de la mañana cuando Rodrigo entró a su habitación del hotel, la llave nueva que había pedido en recepción girando suavemente en la cerradura. Había pasado la noche en el hospital con Santiago, asegurándose de que todo estuviera bien, dejando a Carla dormir hasta el otro día. Sabía lo agotada que estaba, lo mucho que necesitaba un respiro después de todo lo que había enfrentado. La imagen de ella derrumbándose en sus brazos la noche anterior lo había convencido de darle ese descanso, y ahora, al entrar, una mezcla de alivio y curiosidad lo llenó. La puerta se cerró tras él con un clic suave, y sus ojos se posaron en la cama. Allí estaba Carla, dormida, su cuerpo envuelto en una de sus camisas, las sábanas empujadas a un lado como si el calor de la noche la hubiera liberado

