Carla estaba sentada en una silla junto a la cama, las piernas cruzadas y las manos apretadas en el regazo, mirando a su hijo con una mezcla de preocupación y culpa. Santiago había pasado la tarde callado, hundido en las almohadas con el oso de peluche entre los brazos, los ojos vidriosos tras el susto de la pelea con Regina. No había preguntado mucho después de su "Mamá, ¿me van a llevar?", pero el silencio que siguió fue más pesado que cualquier palabra. Ella lo había abrazado hasta que se calmó, pero la tristeza seguía aferrada a él como una sombra. Carla se inclinó hacia él, apartándole un mechón de cabello oscuro de la frente. —¿Cómo estás, pequeño? —preguntó, su voz suave mientras le acariciaba la mejilla. Santiago alzó la vista, los labios apretados en una línea fina. —No sé —mu

