El día había sido un caos absoluto, y Carla solo podía sentirse agradecida de que finalmente estuviera terminando. Damián se había encargado de comportarse como un perfecto idiota, arruinando cada momento con su sarcasmo, sus provocaciones y esa arrogancia que la hacía hervir de rabia y vergüenza. Todavía sentía el calor subiéndole por las mejillas al recordar cómo había humillado a Rodrigo frente a ella, cómo había usado a Santiago como un arma en su juego retorcido. ¿Por qué se creía con el derecho de hacerle la vida imposible? Ella no lo amaba, no lo quería, pero él parecía convencido de que sí, como si sus palabras pudieran doblegar la realidad a su voluntad. Salió del baño de la habitación, el vapor de la ducha aún pegándosele a la piel mientras se ajustaba una camiseta vieja y u

