Damián estaba de pie junto a la ventana, el teléfono en la mano, la camisa blanca desabrochada colgando sobre los pantalones que aún no había cambiado desde la noche anterior. Eran las 8:00, y el timbre del móvil cortó el silencio, un número internacional parpadeando en la pantalla. Socios chinos. Respiró hondo, enderezándose mientras contestaba, la voz firme y controlada. —Buenos días, señor Zhang —dijo en inglés, el tono cortante pero profesional—. Espero que las cifras estén listas. Al otro lado, la voz de Zhang, grave y precisa, confirmó lo que Damián había estado negociando: un acuerdo multimillonario para expandir Velasco Energía en Asia. Escuchó los detalles —fechas, porcentajes, firmas—, asintiendo en silencio mientras su mente calculaba cada movimiento. Era un triunfo, un ladril

