La habitación 312 de la Clínica San Rafael estaba llena de una luz que Carla no había sentido en días, una calidez que no venía del sol sino de la risa de Santiago resonando contra las paredes. Eran las 9:45 del 9 de marzo, y ella estaba sentada en la silla junto a la cama, desmenuzando las tortitas con miel que Rodrigo había traído mientras observaba a su hijo y al hombre que había cruzado un océano por ellos. No necesitaba nada más en ese momento: ver a Santiago tan feliz, con los ojos brillando y las mejillas llenas de vida mientras hablaba sin parar con Rodrigo, era suficiente. El dibujo del dragón rojo con su sonrisa torcida estaba sobre las sábanas, y el niño no paraba de señalarlo, explicándole a Rodrigo cómo las llamas eran perfectas y cómo la sonrisa lo hacía su favorito. —Nunca

