Damián estaba sentado en el borde de la cama de su hijo, una caja de crayones y un cuaderno entre ellos. Carla estaba junto a la mesa cercana, revisando algo en su ordenador, sus ojos fijos en la pantalla mientras tecleaba. El teléfono de Damián no paraba de vibrar en su bolsillo: llamadas, mensajes, notificaciones que zumbaban como moscas insistentes. Él frunció el ceño, sacándolo para mirarlo —cinco llamadas perdidas de Priscila, su secretaria, y una ráfaga de correos urgentes— antes de apagarlo con un movimiento brusco y dejarlo sobre la mesita. —Nada de eso ahora —murmuró para sí mismo, volviendo su atención a Santiago. El niño lo miró, una sonrisa pequeña en su rostro pálido mientras jugaba con un crayón rojo. —Entonces, ¿vas a dibujarme algo? —¿Qué quieres que te dibuje? —pregunt

