El almuerzo había sido un auténtico festín para los sentidos. Cada bocado que Lisette probaba parecía diseñado para deleitarla; los sabores, meticulosamente equilibrados, bailaban en su boca como una sinfonía. La joven no pudo contener una risa ligera mientras comentaba: —Valreth, si seguimos comiendo así, no tendré tiempo para extrañar la comida de casa. Valreth le devolvió una sonrisa, sus ojos brillando con satisfacción al verla disfrutar tanto. —Me aseguraré de que cada comida aquí te guste más que la anterior —respondió con tono juguetón, aunque en el fondo ya había decidido que hablaría con las cocineras para que prepararan platos que sorprendieran y deleitaran aún más a Lisette. Ella le sonrió, esa sonrisa suave que siempre hacía que su corazón latiera con fuerza. Cuando termin

