De repente, abrió los ojos de par en par por la sorpresa, mientras que una lenta sonrisa asomaba a sus carnosos labios. - Eres un astuto diablo, ¿no es así, Tom? Pero tu astucia te puede meter en un pequeño problema. La miró con los ojos entrecerrados. Sus dientes se veían muy blancos a la luz del fuego. - ¿Se me olvidó mencionar que la última persona lo suficientemente impertinente como para ganarme una partida de ajedrez, fue arrojada a la mazmorra y torturada durante treinta años? - Supongo que entonces tendrías unos… dos años - bromeó con la mirada fija en el tablero. Bruscamente, se le cortó la respiración. Se había sentido tan a gusto junto a ella, sentía que lo aceptaba totalmente. Obviamente ella lo creía mortal, con poderes telepáticos muy superiores a los suyos. Tom

