-¿han llamado? -preguntó, con voz rota.
Igual que él, recordaba la pasión que había sentido aquella misma tarde. Y a
tenor de su aspecto, sabía que Tom estaba pensando lo mismo. Lo deseaba tanto que su sentido de supervivencia había desaparecido durante las horas que había pasado fuera. Ya no tenía orgullo. La soledad y el amor se lo habían comido.
-No volverán hasta mañana.
Jane lo miró con ojos muy abiertos, algo asustada y excitada. Tom supo
entonces todo lo que sentía.
Con una sonrisa a mitad de camino de la confianza y la necesidad se acercó a ella lentamente después de cerrar la puerta. Mantuvo su mirada y apagó la luz.
La habitación quedó a oscuras. Ella se quedó sentada, respirando con dificultad, esperando. Vio su silueta, grande y amenazadora, avanzando hacia la cama hasta que finalmente se sentó a su lado. Y pudo sentir sus grandes y cálidas manos en los brazos, mientras le bajaba el camisón hasta la cintura.
Sintió un escalofrío y contuvo la respiración. Notó que el aire se escapaba de sus pulmones y que él era de repente lo más importante en su vida. Se arqueó con un gemido implorante.
-Deberían pegarme un tiro -dijo él.
Entonces besó sus senos desnudos, acariciándola.
Nunca había estado con un hombre, pero su respuesta fue tan apasionada que
Tom ni siquiera lo notó al principio. Su manera de aceptar los besos y las caricias, cada vez más íntimas, lo excitaron demasiado como para notar que había colocado las manos sobre su pecho.
Olía a flores y su cuerpo estaba terriblemente caliente bajo su boca. La besó
de los pies a la cabeza, en un silencio lleno de sensualidad.
Cuando estaba a punto de perder su escasa paciencia se quitó la ropa y la atrajo hacia sí. Ella contuvo la respiración de nuevo e intentó apartarse, pero su boca la detuvo.
-¿Tomas algún anticonceptivo? -preguntó él.
-¿Cómo?
-¿Tomas la píldora?
-No.
Tom gimió y buscó un preservativo en su cartera. Afortunadamente tenía uno, porque la deseaba apasionadamente.
Su pregunta casi había sido suficiente para que Jane recobrara el sentido común y se diera cuenta de lo que estaba haciendo, pero la besó de nuevo con tanta suavidad que todos sus miedos desaparecieron. Y sus apasionados besos y caricias la rindieron hasta el punto de que sólo deseaba llenar el deseo que sentía.
-Tendré cuidado -susurró él.
La atrajo hacia sí con mucha precaución, para no dañar su espalda, y la colocó de manera que pudiera acariciarla sin problemas.
-Tranquila.
Jane clavó las uñas en los hombros de Tom. Lo deseaba con toda su alma. Hundió la cabeza entre sus hombros, pero no se resistió.
Tom no había llegado tan lejos aún como para no darse cuenta de lo que sucedía.
Se enderezó, respirando con rapidez, con las manos sobre sus caderas.
-¿gane? -preguntó, asombrado.
Ella gimió, casi sin ser capaz de respirar.
Su poderoso cuerpo se estremeció con el esfuerzo de echarse hacia atrás,
aunque fuera durante unos segundos.
-Dios mío, no imaginaba que... ¡Tenía que haberme dado cuenta! Perdóname,
porque no puedo detenerme ahora. No puedo.
Entonces entró en ella, llevado por un deseo tan antiguo como imposible de
detener.
El dolor que Jane sintió fue terrible. Gritó. Tom escuchó su grito y se odió a sí mismo por lo que estaba sucediendo, pero estaba completamente a merced del deseo.
Sin embargo, el tormento dio paso al placer segundos después, placer que alcanzó cimas que no había sentido en toda su vida. Pero más tarde regresó a la fría realidad y volvió a sentir culpabilidad y angustia.
Besó sus lágrimas, acariciándola con tanta suavidad como deseo había
demostrado unos minutos antes.
-Perdóname. Lo siento. Cuando me di cuenta ya era demasiado tarde.
Ella apoyó la mejilla en su pecho húmedo y cerró los ojos. Había sido algo
doloroso e incómodo, y ahora le dolía otra vez la espalda.
-Tienes veinticinco años -gimió, acariciando su pelo-. ¿Qué estabas haciendo,
guardando tu virginidad para el matrimonio?
-Eso no tiene gracia.
-Supongo que es exactamente lo que estabas haciendo. Eres tan tradicional...
Jane se mordió el labio.
-¿Quieres dejarlo de una vez? -El besó sus ojos.
-No, no hasta que te haya dado lo que yo he sentido.
-!No dejaré que vuelvas a hacerlo! ¡Duele!
La besó con suavidad.
-La primera vez duele en ocasiones, según lo que me han dicho -dijo con
suavidad-. Pero ahora verás hasta qué punto es distinto.
-!No quiero!
La besó con lentitud y gentileza. La besó hasta que ella se dejó llevar, y después empezó a acariciar todo su cuerpo, excitándola. Jane no supo muy bien cómo ocurrió.
Le había hecho daño, pero estaba dejándose caer otra vez en la pasión. Cerró los brazos a su alrededor y notó que sus senos se excitaban bajo sus manos. En su interior empezó a crecer una tensión que causó que sus piernas comenzaran a temblar.
Era muy cariñoso. Estaba tumbado de espaldas, acariciándola mientras la
colocaba sobre él. Entró en ella entre susurros de amor y cuando ella sintió su m*****o en el interior de su cuerpo se arqueó.
Empezó a sollozar impotente.
-Oh, no...
Entonces, sintió que sus sentidos alcanzaban una cota de placer que jamás habría creído posible.
-No luches contra ello -susurró él.
Su voz era suave, pero su respiración era rápida mientras se agarraba con
fuerza a sus caderas.
Cuando fue aproximándose al éxtasis, Jane se estremeció sobre él.
-Así -susurró-. ¡Así! Vamos, Jane, deja que suceda.
Oyó su voz mientras incrementaba el ritmo. Y entonces llegó a un punto que no esperaba, a un reino de placer que tomó el control sobre todo su cuerpo e hizo que lo olvidara todo, todo salvo el hombre que estaba con ella.
Empujó con fuerza y se concentró en lo que sentía, ciega de alegría entre los
brazos de Tom. Sólo cuando quedó completamente satisfecha, él se permitió el exquisito placer de dejarse llevar.
Acarició el pelo húmedo de Jane y permaneció tumbado, pensando en el precioso momento que acababan de compartir, hasta que ella también se tumbó sobre él.
Sus senos eran terriblemente suaves. Los acarició levemente antes de bajar
hacia su caderas y la atrajo hacia sí.
Ella carraspeó. El contacto de su cuerpo le resultaba increíblemente placentero, incluso entonces.
Tom malinterpretó su gemido.
-No te preocupes. He usado preservativos las dos veces. Nunca me arriesgo.
Estaba tan avergonzada que no supo qué decir. Se apretó contra él sintiendo su calidez, sin saber qué hacer.
Él la abrazó y rió.
-Aunque he estado a punto de cometer un error, tengo que admitirlo. ¿Te duele la espalda?
Ella se mordió el labio.
-Sí.
La dejó a un lado. Ella notó que volvía a la realidad, y la sensación no le gustó nada.
Tom salió de la cama para tomar su camisón y sus braguitas. Después se los dio y la besó.
-Póntelo, o tendrás frío.
Ella obedeció mientras él se vestía junto a la cama. Dejó escapar unas lágrimas y se odió a sí misma por haberse dejado llevar. Ni siquiera había sido capaz de pensar en los preservativos, aunque por fortuna él si lo había hecho. No sabía cómo iba a ser capaz de volver a mirarlo a la cara otra vez, después de lo sucedido. Sabía lo que sentía por él, pero no tenía idea de qué sentía él a su vez. No le había dicho una sóla palabra de amor, salvo unas cuantas frases cariñosas que en modo alguno podían considerarse una declaración.
Mientras andaba perdida en sus preocupaciones él le acarició el pelo y se lo
apartó de la cara.
-Duerme bien -dijo, intentando no mostrar lo que sentía.
Sus mejillas estaban húmedas. Se preguntó si lo odiaría o si sentiría lo que
acababan de hacer. Había intentado resistirse al principio, pero no había conseguido acallar el deseo. No estaba seguro de que le hubiera gustado la primera vez, de modo que había hecho lo único que podía hacer, darle lo mismo que él había recibido. Pero no sabía si sería suficiente.
Jane apartó la cara con un susurro y Tom la dejó.
Ya tendrían tiempo para hablar por la mañana. Para disculparse y para explicarse.
Jane estaba entumecida cuando se despertó. Abrió los ojos y parpadeó para
defenderse de la luz del día, y entonces recordó lo sucedido. Se sentó en la cama, y al recordarlo se ruborizó y se excitó de nuevo.
Apartó la sábana y observó que había manchado la cama. Se levantó con rapidez y tomó la sábana inferior y su ropa interior y la tiró al suelo. Después caminó hacia el cuarto de baño y se duchó antes de ponerse los vaqueros, una camiseta amarilla y unas zapatillas deportivas. Después metió la ropa sucia en la lavadora y la puso en marcha antes de que se presentara Meg.
-Eh, ése es mi trabajo -se quejó Meg cuando la descubrió.
-No tenía nada que hacer -explicó con cara de inocencia y una sonrisa-. Todo el mundo estuvo fuera el fin de semana menos Tom, y anoche llegó muy tarde. Creo que llevó a Micki Lane a bailar.
-Es muy bonita -dijo, frunciendo el ceño-. Pensé que Tom te gustaría.
Ella se encogió de hombros.
-Es encantador. Un gran contable.
Meg suspiró mentalmente, pensando que sus sueños de verlos juntos no tenían base real, y salió de la cocina para preparar la mesa.
Puso los platos, pero Tom seguía sin aparecer. Jane había estado muy nerviosa toda la mañana, pensando en qué iba a hacer cuando lo viera de nuevo. Se sentía avergonzada por lo sucedido y tenía miedo de haberse comportado como una persona sin experiencia.
-¿Dónde está Tom? -preguntó Meg cuando puso la ensalada y el pan sobre la
mesa.
-No lo sé. No lo he visto en todo el día.
-No es propio de él perderse una comida -dijo, mirando por la ventana-. Su coche no está.
-Puede que tenga una cita con Micki -dijo Jane, sin levantar la mirada.
-Supongo que en tal caso habría dicho algo.
Jane sonrió.
-No tiene por qué darnos explicaciones.
-Supongo que no. Bueno, iré a decirle a Joe que vamos a comer.
Fue una comida breve y placentera. Meg estuvo hablando soba su hija y sobre el primo lejano que los había visitado. Jane se mostró extrañamente silenciosa, pero nadie pareció notarlo.
Justo antes del anochecer, Tom apareció con su hija. Evidentemente se había
acercado a Victoria para recogerla, a pesar de que Cherry había dicho que regresaría en el autobús. Cabía la posibilidad de que se sintiera tan incómodo como ella, que quisiera olvidar lo ocurrido y que necesitara poner tierra de por medio entre ambos.
Jane estaba sentada en el sofá viendo las noticias cuando entraron.
-¿Qué tal tu fin de semana? -preguntó a la joven.
-No muy bien -contestó sonriendo, sin dar más explicaciones-. Estás pálida. ¿Te encuentras bien?
Jane tuvo que hacer un esfuerzo para no mirar a Tom.
-Sí, estoy bien. He estado todo el día sin hacer nada.
-Necesito echar un vistazo a los libros, de modo que me los llevaré a la casa, si no te importa -intervino Tom, mirándola por primera vez.
Su tono era formal y remoto.
-Por supuesto -dijo sonriendo-. ¿Habéis cenado?
-Hemos tomado algo por el camino -contestó Tom-. Ahora, dale las buenas
noches y despídete, Cherry.
Quería escapar de allí cuanto antes.
-Buenas noches -dijo la joven, obediente.
Era consciente de la extraña tensión que había entre los dos adultos, pero tenía suficiente sensibilidad como para no mencionar nada en absoluto. Su padre se había comportado de manera extraña, de modo que pensó que con toda seguridad habrían discutido de nuevo. Le entristecía pensar que su nueva amiga y su padre no se llevaban bien.
Jane se despidió de ella y siguió viendo la televisión. No miró directamente a
Tom, ni él hizo lo propio con ella. Se preguntó si las cosas podrían volver a la
normalidad algún día.