Capítulo Seis
Sin embargo, las cosas no salieron como pensaba. Micki era sin duda una
acompañante magnífica, pero cuando la tomó entre sus brazos al salir a bailar no sintió nada en absoluto. La excitación salvaje que le provocaba Jane con sólo mirarlo con sus grandes ojos azules había desaparecido.
-Ha sido encantador que me invitaras -dijo Micki sonriendo-. Pero, ¿no le
importará a Jane?
-Jane es mi jefa -contestó.
-Oh, lo siento. Por el modo en que te miraba...
-¿El modo en que me miraba? -preguntó, intentando no parecer interesado.
Ella rió, disculpándose.
-Pensaba que estaba enamorada de ti -explicó.
Tom se ruborizó y dejó de bailar.
-Eso es absurdo.
-No lo es. Obviamente has sido muy amable con ella, y por si fuera poco ha
tenido un accidente muy grave. Supongo que es inevitable que una mujer sienta algo por el hombre que la ayuda cuando tiene problemas. El señor Kemble, su abogado, dice que la has salvado literalmente de la bancarrota en unas pocas semanas y que la estás ayudando a sacar el rancho a flote.
-Puede. El rancho tiene un gran potencial, sólo necesita unas cuantas
modificaciones.
-Modificaciones de las que te encargas tú. Jane es encantadora, ¿no te parece?
Nuestro departamento de publicidad está deseando sacar una campaña en televisión aprovechando que es tan fotogénica.
-Es atractiva -dijo, como si no fuese importante.
-Y sorprendentemente modesta sobre ello. He sabido de ella desde hace años,
desde mi niñez en Jacobsville. Oí que el doctor Coltrain se rindió más o menos en la época en la que llegaste a su rancho. Ha estado intentando casarse con ella durante muchos años. Y no es un hombre particularmente romántico. Se trata de un hombre de gran carácter, pero al parecer no le gusta a Jane. Todo el mundo pensaba que harían una gran pareja.
-¿De verdad? -preguntó con cierta irritación-. Sólo va de vez en cuando a
visitarla al rancho, y únicamente para examinarla.
Micki hizo un esfuerzo para no sonreír.
-Oh, ya veo.
-Estoy seguro de que ya se habrían casado si ella quisiera.
-No lo sé. Muchos hombres piensan que una mujer tan encantadora como ella
debe tener muchos admiradores, y muchas mujeres guapas se quedan solas porque nadie se atreve a proponerles nada. De hecho, no recuerdo que Jane haya salido con nadie en serio. Exceptuando al doctor Coltrain, claro está.
Empezaba a estar cansado de oir cosas sobre el médico.
-A su edad, puede perfectamente dedicarse a amores menos serios.
-¿Eso crees? -preguntó-. Si ha mantenido alguna relación, lo ha hecho con suma discreción, porque su reputación es impecable.
Tom siguió bailando con ella.
-¿Qué te parece la orquesta? -preguntó con una sonrisa encantadora.
Ella rió.
-Muy bien, ¿no te parece? Siempre me ha gustado bailar una buena pieza.
Tom estaba de un humor extraño cuando llevó a Micki a su casa. La dejó en la puerta con un simple beso antes de marcharse al rancho. Había sido una velada encantadora, pero no había sido capaz de quitarse los besos de Jane de la cabeza. Y por si fuera poco, tampoco había olvidado el comentario que Micki había hecho, sugiriendo que Jane estaba enamorada de él. Le preocupó tanto que se despidió de
Micki mucho antes de lo que lo habría hecho en otras circunstancias.
Cuando se marchó de allí apenas eran las once de la noche, y no tenía intención de regresar tan pronto, de modo que se detuvo en un pequeño bar y tomó un par de cervezas antes de continuar el camino. Para entonces ya casi era la una, una hora más que respetable para un hombre que se suponía que estaba divirtiéndose.
Planeaba ir directamente a la casita donde vivía con Cherry, pero las luces del
rancho aún estaban encendidas y no vio que el coche de Joe se encontrara en el garaje.
Frunció el ceño, preocupado, y caminó hacia la puerta delantera. Estaba abierta.
Más preocupado que nunca, entró y cerró con suavidad. Después, empezó a comprobar todo la casa, desde el vacío salón hasta el despacho pasando por los dormitorios.
Había luz tras una de las puertas. La abrió y Jane lo miró, sorprendida. Estaba sentada en la cama, leyendo, con un camisón de satén. Llevaba el pelo suelto, de tal forma que le llegaba a los hombros, y en su posición se podía ver la parte superior de sus senos.
Pensó que la luz de la lamparita de noche la mejoraba aún más. Era la mujer más bella que había conocido nunca y todo su cuerpo se puso en tensión al pensar en lo que había bajo aquella fina tela.
-¿Por qué has dejado abierta la puerta principal? -preguntó.
-No la he dejado abierta. La cerré y encendí las luces por si Meg necesitaba
entrar.
-Pues no estaba cerrada. Yo entré. Y ellos no han regresado. ¿Has comprobado el contestador automático?
-No. Me tomé un par de aspirinas porque me dolía la espalda y después vine a la cama.
-Iré a ver si han dejado algún mensaje -dijo, apartando la vista de su cuerpo.
Se marchó, agradecido por tener algo en lo que ocupar su mente. Caminó hacia el aparato, que estaba en el salón, y presionó el botón del contestador. Suponía que Joe habría telefoneado para decir que tanto él como Meg iban a quedarse en casa de su hija a pasar la noche para poder aprovechar la mañana siguiente en su compañía. Un familiar lejano iba a visitarlos y querían estar con él.
Escuchó los mensajes. Su corazón latía a toda velocidad. Dos cervezas no eran suficiente para afectarlo, pero no había comido nada en mucho tiempo, y entre la visión de Jane y lo que Micki había comentado estaba confuso. Se preguntó qué pasaría si entrara en la habitación y le quitara aquel camisón. Se preguntó si lo deseaba, y si por tanto harían el amor.
Se pasó una mano por el pelo, enfadado. Debía salir de aquella casa de inmediato, antes de que ocurriera algo realmente estúpido.
Pero sólo pudo llegar a la puerta. No pudo traspasarla. Después de un pequeño conflicto interior, cedió a la tentación que estremecía todo su cuerpo. Se dijo que en todo caso ella siempre podría negarse. Pero sabía que no lo haría. No podía hacerlo.
Cerró con llave, apagó la luz exterior y después hizo lo mismo con las del salón y las del despacho.
Jane dejó a un lado el libro. Cuando entró en su dormitorio estaba sentada en el mismo sitio, con aspecto más vulnerable que nunca.
-¿han llamado? -preguntó, con voz rota.