Capítulo 10

3695 Words
El sujeto que nos había explicado lo que debíamos hacer, abrió un bolso bastante grande y de ahí desplegó todo un arsenal de armas sobre una mesa. Por el rabillo del ojo, me fijé en Oscar quien permanecía serio y atento a todas las indicaciones de aquel hombre enviado por el Jefe para que nos indicara el trabajo.  —Toma, Novato.  La voz de aquel tipo me sacó de mis pensamientos y cuando me percaté, estaba extendiéndome un revólver, a lo cual me debatí entre agarrarlo o no. ¿Qué demonios? Yo nunca había tenido en mis manos un arma. ¿Qué se suponía que iba a hacer? —Dámelo. —Indicó Oscar sujetando el revólver con firmeza.— El Novato aún no está preparado.  —Y si no está preparado, ¿qué diablos hace aquí? —Replicó el sujeto con notable molestia.  —Órdenes del Jefe. —Respondió Oscar adoptando el mismo semblante a lo que el hombre me dedicó una mirada con desdén y continuó entregando las demás armas.  Una vez terminó, nos despidió y todos fuimos hacia nuestras motos para irnos al sitio donde iríamos a reclamar el dinero perteneciente al Jefe. Todo indicaba que el Jefe había prestado una cantidad considerable de dinero al líder de otro club de motos, pero el plazo que le dio para devolver el dinero ya se había vencido. Entonces iríamos nosotros a recuperar su dinero. El objetivo era hacer todo por las buenas, sin armar tanto alboroto, pero si la situación se ponía un poco pesada, las armas eran para defendernos.  Cuando ya estuve sobre la motocicleta, respiré hondo y la encendí.  —¿Nervioso? —Preguntó Oscar con una sonrisa, posicionándose a mi lado en su moto.  Bufé. —¿Te parece?  —Todo saldrá bien, hombre. Pero eso sí, —aclaró rápidamente— Por nada en el mundo vayas a caer ante los comentarios de esa gente. —Fruncí el ceño sin comprender bien y él prosiguió.— Tratarán de meterse con nosotros por el punto más “débil” —hizo comillas con los dedos— que aparentemente eres tú. Así que tú solo ignóralos, no les prestes atención. Que tú eres muy fuerte y eres muy buen corredor, y no necesitas demostrarlo.  Asentí firme y luego Oscar me hizo un ademán con la cabeza para que nos uniéramos al grupo. Avanzamos y con las motocicletas, salimos del club con los otros cinco colegas. Eran ya las altas horas de la noche cuando fuimos a reclamar el dinero, aparentemente estaba durmiendo en mi habitación como cualquier otro chico de mi edad que se levantaría al día siguiente para ir al Instituto, pero aquí estaba yo: En mi motocicleta, dirigiéndome con otros seis sujetos vestidos con chaquetas de cuero y mirada intimidante, a reclamar en un grupo donde lo más probable era que termináramos en pelea. Para un chico de apenas 16 años era una completa locura, pero para mí se estaba convirtiendo en mi trabajo a tiempo parcial. Al menos era una forma de conseguir dinero, y aunque esta fuese la primera misión de buena paga que me habían hecho partícipe, desde hacía un tiempo que había estado ganando algún dinero extra para apoyar a mis padres con su deuda.  Luego de casi veinte minutos de recorrido, llegamos a una zona bastante solitaria y rodeada de edificios abandonados. Tan solo algunas farolas iluminaban tenuemente la lúgubre calle en la cual se alcanzaba a visualizar un bar con muchas motos aparcadas a su alrededor. Oscar, quien estaba delante, se detuvo y todos aparcamos las motos unos cuantos metros antes del bar. Todos escondieron sus armas, de tal forma que pasaran desapercibidas y yo me aseguré de que la manopla de acero se encontrara en mi bolsillo. Entramos al bar sin hacer mucho escándalo, primeramente analizando la situación. El sitio era pequeño y casi no había gente, a decir verdad fue fácil distinguir al sujeto que buscábamos. En la mesa más grande, en un rincón del lugar, se hallaba un hombre cuarentón bien vestido y rodeado de un par de mujeres, jugando al póker en compañía de algunos sujetos vestidos con chaqueta de cuero, riéndose y embriagándose. Ellos nos superaban en número, pero estaba seguro de las habilidades de mis compañeros. Podría asegurar que el punto débil era yo, y eso era lo que me preocupaba.  Oscar hizo un ademán con la cabeza y todos nos pusimos en nuestras posiciones tal y como lo habíamos acordado. Unos se dirigieron a la barra, mientras que otros buscaron algunas mujeres para camuflarse entre los que bailaban, por mi parte, permanecí al lado de Oscar, quien se dirigió de inmediato hacia nuestro objetivo, completamente apacible pero siempre pendiente a cualquier movimiento. No hizo falta que musitáramos palabra alguna, pues una vez nos acercamos a aquella mesa, todas las miradas se posaron en nosotros y no eran precisamente amistosas.  —¿Se les perdió algo? —Preguntó aquel hombre con una voz tan ronca que me puso de los nervios.  —Estamos buscando a Ricci Francesco. —Contestó Oscar cruzándose de brazos.— ¿Es alguno de ustedes? En menos de lo que canta un gallo, ya todos los motociclistas que se hallaban alrededor del susodicho se habían puesto de pie, retándonos con la mirada. Oscar y yo levantamos las manos en señal de paz, mientras que mi compañero sonreía divertido.  —No hace falta ponerse agresivos. —Comentó el castaño.  —¿Qué es lo que quieren? —Cuestionó tajante uno de los motociclistas.  —Estamos buscando algo que le pertenece a mi jefe. —Respondió Oscar.— “El Jefe”.  Aquel sujeto bufó y para nuestra sorpresa rompió en risas. Sus subordinados lo imitaron aún sin despegar sus ojos de nosotros, mientras que Oscar y yo solo intercambiamos una mirada.  —Puedes irte por donde viniste y decirle a tu “Jefe” —enfatizó despectivo en el seudónimo— que no pienso devolverle un centavo.  —Ya escucharon, fuera. —Añadió el mismo motociclista de antes.  Todos volvieron a sus lugares con intenciones de retomar el juego y los chistes que se estaban contando antes de que nosotros llegáramos. Oscar negó divertido ante la situación y se inclinó sobre la mesa donde estaban jugando.  —No me iré de aquí sin el maldito dinero. —Advirtió en voz fuerte y todos en la mesa guardaron silencio, sorprendidos ante la actitud de mi compañero.  En una de esas, pudo visualizar como un destello iluminó por debajo de la mesa por un instante y cuando me percaté, se trataba de una navaja, y uno de los sujetos estaba por sacarla con sus ojos fijos en Oscar. Sin esperar un segundo más, en un movimiento rápido lo sujeté de la muñeca y arrojé la navaja fuera de su alcance.  —Mocoso insolente… —Gruñó el tipo poniéndose de pie intimidante. —Silencio. —Ordenó el hombre y todos se volvieron hacia él. Ni siquiera supe en qué momento, las dos mujeres se habían apartado, pero incluso la música se había detenido y el ambiente estaba bastante tenso.— Se me está agotando la paciencia. ¿Por qué no se van de una vez?  —Quiero el dinero. —Insistió Oscar.— Dame el dinero y nadie saldrá herido. No queremos problemas.  El sujeto bufó. —¿En serio? —Ironizó— El mocoso, tú, ¿y cuantos más?  Oscar me hizo un ademán con las cejas y yo silbé fuerte, dando la señal para que nuestros compañeros se acercaran. De repente todos en el bar se dieron cuenta de la situación, y las pocas personas que habían, desocuparon el lugar en un segundo. Tan sólo eran ellos y nosotros, junto a la tensión que cada vez crecía en el ambiente. —Ya veo, ya veo… —Repetía Francesco asintiendo. La paciencia y el relajo con el que aquel sujeto se expresaba, estaba empezando a darme mala espina. No se veía para nada intimidado, y mucho menos parecía dar el brazo a torcer. Por lo visto la cosa se iba a poner fea y nos veríamos implicados en una revuelta con aquella gente.— Así que Chicago sobre ruedas, está enfrente de mí. ¿Quién lo diría? —Bufó.— Ustedes andan con el ego muy arriba muchachos.  —¿Estos son los de Chicago sobre ruedas? —cuestionó otro dirigiéndose a su líder en tono burlón.— Son unos simples insectos. Miren ese de ahí —me señaló con el mentón— Se ve todo escuálido y debilucho.  Puse los ojos en blanco mientras sus compañeros reían.  —¿Insectos? ¿Escuálidos? —Negó divertido Oscar— Estoy seguro de que cualquiera de nosotros aplastaría al mejor de los suyos en la pista.  —¿Cualquiera? —Repitió con una ceja alzada Francesco. De repente sus ojos se posaron en mí, y me sentí intimidado.  —Sí, cualquiera. —Afirmó el mismo.— Mejor dicho, vámonos a una carrera, ya mismo. Si  ganamos nosotros, nos llevamos el dinero. Ustedes escogen quienes compiten por cada lado.  Los integrantes de aquel grupo intercambiaron miradas y luego se fijaron en su jefe, expectantes a su decisión y deseosos por competir. En ese aspecto, se parecían bastante a nosotros.  —Derek, vas. —Ordenó el sujeto y uno de los motociclistas, el más alto y un poco más delgado que el resto, asintió firme sacando las llaves de su chaqueta.— De ustedes va el mocoso insolente. —Añadió recordando el apodo que me había puesto uno de ellos, tras el incidente de la navaja.  Mis ojos se abrieron de par en par, y las miradas de nuestro grupo cayeron sobre Oscar quien no tardó en protestar.  —Espera, espera. —Acotó mi compañero— Hay que ser justos; estás escogiendo a tu corredor alfa, entonces lo ideal es que por nuestro bando también vaya el alfa.  Francesco se cruzó de brazos en una expresión soberbia. En seguida deduje que aquel tipo se justificaría en lo que Oscar había dicho antes y me di un golpe mental por eso. Y a Oscar también, por bocaza. —¿No era que cualquiera de ustedes aplastaría al mejor de los míos? Demuestrenlo.  Oscar suspiró y uno de mis compañeros musitó un “ya valimos” que apenas nosotros pudimos percibir.  —Kevin. —Se dirigió a mí y yo asentí.— A correr.  *** En un santiamén el bar estuvo desocupado, todos nos habíamos trasladado un par de calles más abajo para proceder con la carrera. ¿Que si estaba nervioso? ¡Claro que sí! Joder era la carrera más importante en la que hasta entonces había participado. Y de paso correría solo.  Era yo, o era yo. Ganaba, o lo perdía todo. La responsabilidad de la misión caía completa y únicamente sobre mí.  Solté un suspiro y ubiqué mi motocicleta sobre la línea de salida. A penas y logré echar un vistazo al recorrido, a diferencia de las otras oportunidades donde corro y tengo un mayor chance de aprenderme el circuito. Se trataba de un tramo cerrado en aquel solitario vecindario de 2km de largo, atravesando un par de callejones para esquivar las vías más transitadas y después volver al punto de partida. No era muy complicado, sin embargo lo que me podía jugar en contra eran las calles mojadas que si no tenía cuidado podían hacerme resbalar, pues horas atrás había estado lloviendo en aquel sector de la ciudad.  —Evita hacer drifting en las curvas. —Comentó Oscar ubicándose a mi lado.  —Tampoco es que pueda ir muy rápido. —Añadí.— Unos 130 como mucho. Está muy mojada la carretera.  Asintió y luego me dio una palmada en la espalda. —Ve con cuidado, novato Estaba a punto de responder cuando uno de los compañeros se nos acercó bastante preocupado.  —Estos tipos no me dan muy buena espina. —Musitó entre dientes.  —No hay que confiarnos. —Advirtió Oscar.— Dile a los demás que estén atentos a cualquier cosa. —¿A cualquier cosa? —Cuestioné y ellos me chistaron.— ¿Qué demo..? —Tú solo corre. —Ordenó nuestro compañero al mando— Del resto nos encargamos nosotros.  Alexis y Oscar, sujetaron firme sus armas en sus cinturones y yo solo asentí para luego ponerme el casco. Los integrantes de aquel grupo comenzaron a lanzar comentarios desdeñosos y mis compañeros se vieron obligados a apartarse, pues la carrera estaba a punto de empezar. Encendí la moto y la calenté por unos segundos, a diferencia de las otras carreras, en esta no se escuchaban aullidos eufóricos ni la ambiciosa voz del sujeto de las apuestas, por el contrario solo se percibía una tensión en el ambiente, miradas de pocos amigos y todos a la defensiva, expectantes al resultado de la competencia, pero también, atentos por si alguno se atrevía a atacar a alguien del otro bando.  —¡A correr!  Un tipo del otro club nos dio la salida y ambos corrimos al tiempo. Aprovechando para sacar ventaja en el primer tramo recto, aceleré sintiendo la brisa zumbarme y de vez en cuando luchando por empujarme a un lado de la pista. Nos manteníamos iguales los dos, de vez en cuando volteaba a verme e insultarme, todo para desconcentrarme, pero no le puse cuidado. Me concentré en la carrera y unos metros más adelante vislumbré unos contenedores de basura, lo cual indicaba que se aproximaba la primera curva cerrada. Esa era mi oportunidad, aquí iba a distinguir qué tan astuto era mi oponente. Aceleré un poco y lo observé por un momento pendiente a su reacción, la curva estaba a 400 metros. Y tal como lo supuse, el susodicho aceleró, pudo más su instinto competitivo y se esforzó por rebasarme, acelerando aún más cuando ya estábamos a menos de 200 metros de la curva.  Entonces frené, justo a tiempo, apenas para agarrar firme la curva y él, por su lado, derrapando en el pavimento. Por fortuna, no cayó porque realizó un drifting al final de la curva, que no lo hizo desequilibrar tanto, pero para mi suerte, me sirvió para tomarle una ventaja considerable en el resto del circuito. Así que no tuve necesidad de arriesgarme y tomar las curvas con calma, por ello cuando crucé la línea de llegada, mi contrincante arribó con más de 5 segundos de retraso.  Los de Chicago sobre ruedas, gritaron gozosos de que yo ganara la carrera, porque aparte de eso, significaba que nosotros nos quedaríamos con el dinero que habíamos venido a buscar desde un principio. Pero como era de esperarse, iba a ser demasiado sencillo para ser verdad; una vez los chicos se apartaron de mí después de felicitarme, los integrantes de aquel club de motos, desenfundaron sus armas apuntándonos con decisión a nuestras cabezas.  —Fuera de aquí. —Ordenó enojado Francesco, quien no parecía ceder.  Las piernas me dejaron de responder y un nudo se me formó en la garganta al ver tantas armas apuntando en nuestra dirección. Mis compañeros no parecían sentir miedo alguno, más bien estaban firmes y ceñudos, algunos con sus manos puestas en su cinturón, esperando a la señal de Oscar.  —Dame el dinero, hombre. —Advirtió condescendiente Oscar.— O sino… —O sino, ¿qué? —Cuestionó el mismo.  En ese momento Oscar se abalanzó sobre uno de ellos, el que tenía más cerca, y en un movimiento ágil lo desarmó, empleando esa misma pistola para apuntarle. En ese mismo instante, sin darle tiempo a los demás de responder, mis compañeros sacaron sus armas empuñándolas con firmeza en dirección a nuestros enemigos.  —Les volaremos los sesos a todos estos hijos de puta. —Amenazó Oscar con una voz profunda e intimidante. Que incluso a mí, me puso la piel de gallina.  La tensión en ese momento era increíble. Nunca en mi vida esperé ver tantas armas juntas, parecía incluso de película. Todos expectantes a algún movimiento brusco, un solo disparo y ahí se formaría una misma balacera. Ellos eran tan experimentados, tenían la sangre fría y no les temblaba el pulso al momento de sujetar un revólver como esos. Aunque yo estuviera desarmado, con mis piernas casi que temblando y el corazón latiendo a mil, ya era parte de ellos. Pertenecía a Chicago sobre ruedas, los motociclistas más respetados del estado, así como también los mejores corredores y las tipos más osados que alguna vez haya conocido.  *** Un par de meses habían pasado ya desde que empezaron a incluirme en los trabajitos del Jefe. Había podido conseguir más dinero de lo que esperaba y esto había ayudado enormemente a la deuda de mi padre, así como también a ganarme cierta fama en el club. Ya incluso había dejado de ser “El Novato”, ahora gozaba del mismo respeto que los demás competidores. Sin embargo, el mismo tiempo había transcurrido desde que Kendall fue enviada a Londres, sin tener noticias de ella. No sabía por cuánto tiempo estaría allá, pero esperaba que no lo estuviera pasando mal. Lo que me llevaba a recordar sus últimas palabras cuando nos despedimos en su habitación.  ~°~°~°~ —Cuídate, Kendall. —Dije después que nos separamos del abrazo.— Estando tan lejos, no sé… Yo… No sé.  Sin embargo mi hermana sonrió, tomándome por sorpresa su reacción. —Si algo me llega a pasar, serás el primero en darse cuenta.  Fruncí el ceño sin comprender bien. —¿Yo? ¿C-cómo? —Aquí. —Puso su mano en mi pecho y luego se acercó para susurrar algo en mi oído.— Si a mi me pasa algo, lo sentirás aquí. Yo lo he sentido por ti, todos estos años cuando esos imbéciles te golpeaban. Somos mellizos, al fin y al cabo.  —Pero.. ¿Qué se supone que debo sentir? Kendall frunció sus labios como pensándolo por un momento. —Es difícil de describir. —Respondió.— Lo único que te puedo decir es que tú mismo te darás cuenta.  ~°~°~°~ Un sonoro golpe en el casillero a mi lado, me sacó de mis pensamientos. Maldije por lo bajo cuando me di cuenta de quién se trataba. Hace meses que los había estado evitando pues no quería más problemas, además que hasta hace unos días mi cuerpo tan solo era un costal de magullones, producto de tantas peleas en las que estuve por el dinero.  —No te habrás olvidado de nosotros, Cruise. ¿O sí? —Preguntó Rick con una fingida nostalgia. Unas cuantas risas se escucharon a mi alrededor.  Suspiré y me giré hacia él, en un intento por liberar todo mi odio contenido. —Permiso.  Colgué mi morral en un hombro y me aparté de ellos, pues no quería más problemas. Todo había estado bajo control las útimas semanas, pero claro, debe ser que se gastaron la mesada que les dan sus papitos y ahora querían venir a rebuscarse conmigo.  Pues estaban muy equivocados, porque de mi parte no les daría un solo centavo.  —Quién carajos se cree este renacuajo… —Masculló Rick y pude sentir sus pasos acercarse con firmeza.  Mi corazón aceleró sus latidos y por un momento temí, recordando las palizas que anteriormente me habían dado aquel grupo, las veces en que barrieron el piso conmigo y todas las humillaciones. Tanto así, que sentí mi sangre hervir y justo en el momento que Rick se abalanzó sobre mí, lo esquivé provocando que el cayera de boca al suelo. Al encontrarse en una posición tan vulnerable no dudé en ponerme sobre él y apretar su brazo contra su espalda en una llave.  —¡Aghhhh! ¡Suéltame! —Repetía una y otra vez mientras yo ejercía presión.  De repente todas las miradas se posaron en nosotros y fue cuando sentí unos brazos que me empujaron a un lado, desestabilizándome por completo. Se trataba de uno de los amigos de Rick, otro deportista, entonces me puse de pie y empezó un tira y afloje de puñetazos, que en ninguna oportunidad me tocó pero que yo en más de una ocasión le desajusté su mandíbula. Los gritos inundaron el lugar cuando gotas de sangre comenzaron a caer en la cerámica blanca del piso del pasillo. Rick se levantó y con dificultad hizo un intento por sujetarme, pero yo me giré y de un rodillazo en el estómago lo derribé.  —¡¡¡DÉJALOS!!!  El desgarrador grito de Jasmine me detuvo. Cuando volví a la realidad, me percaté de que ambos chicos estaban en el piso; Rick con dificultad para respirar y a un lado su amigo, escupiendo sangre mientras me miraba con recelo.  —¡Eres una bestia! —Me reclamó Jasmine al mismo tiempo que me empujaba con todas sus fuerzas.— Mira cómo los dejaste. ¡Casi los matas! ¿Bestia? ¿Casi los mato?  Me contuve de responder a sus reclamaciones, más por el hecho de que fuese ella quien me reprochara haberme defendido cuando ellos me habían estado jodiendo por tanto tiempo. No los iba a matar, por supuesto que no. Mis técnicas son de defensa personal, pero sí quería asegurarme de que al menos por un tiempo dejaran de buscarme pleitos.  Ya estaba harto. Cuando levanté la vista, todos a mi alrededor tenían sus ojos clavados sobre mí. Algunos con asombro, sin poder creer aún lo fuerte que se había vuelto aquel bicho raro que habían estado pisoteando todo este tiempo, pero otros me observaban con miedo, temerosos porque yo fuese a irme a los golpes con alguno de ellos.  Y así fue, desde entonces mis días en aquel Instituto cambiaron por completo. Había dejado de ser el bicho raro que todos humillaban y golpeaban, para convertirme en Kevin Cruise, el chico frío y a quien todos le temían. Algunas cosas no cambiaron, y fue el hecho de que seguí siendo el mismo tipo solitario, pero la diferencia era que ahora todos me respetaban pues sentían que el mínimo contacto conmigo los enviaría al hospital.  Y lo prefería así. 
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