Me hiciste una promesa cuando nos conocimos. Un día juraste que por siempre estarías conmigo. A pesar de mis defectos, fuiste la única persona que pudo sacar algo diferente en mí. Más que estar en mis pensamientos, te convertiste en una parte esencial de ellos. Desde entonces, estar junto a ti me hacía sentir completo, podía ser yo en realidad, sin miedo a mostrarme; junto a ti fui capaz de ver la pulcra luz en mi lúgubre oscuridad.
Ahora me pregunto, ¿Qué pasó? ¿En qué momento todo se arruinó?
Un dolor inmenso me invadía el pecho y ya no tenerla a mi lado me lastimaba. Nunca pensé que esto podía llegar a ocurrir, tener que separarme de ti y que ahora todo lo que vivimos juntos, solo sean recuerdos. ¿Por qué me abandonaste?
¡¿Por qué tenía que llegar este maldito día?!
Las lágrimas se deslizaron firmes por mi rostro, recordando aquellas palabras que salieron de los labios de Jasmine cuando le dije quién estaba frente a ella con el maquillaje de calavera.
—No… No puede ser. —Repetía una y otra vez mientras negaba con la cabeza sin poder creerlo.
—Jasmine…
—¡Aléjate de mí! —Gritó y yo me vi obligado a retroceder.— ¿Por qué, Kevin? —La observé confundido sin comprender bien lo que me quería decir.— ¿Por qué te empeñas tanto en intentar algo conmigo?
Y tal vez era el licor que había bebido, pero Jasmine estaba malinterpretando la situación. No podía negar mis sentimientos hacia ella, pero tampoco era un imbécil como para aprovecharme de su vulnerabilidad. Pero lo siguiente que dijo, definitivamente, acabó con la pequeña ilusión que hasta entonces permanecía en mí.
—¿Cómo podría estar contigo? —Preguntó algo indignada. Bufó.— Entiéndelo; tú y yo ahora somos dos mundos distintos. En mi mundo estoy rodeada por mis amigos, las fiestas… Esto —señaló a su alrededor— Esto es mi mundo, Kevin. ¿Y el tuyo?
—¿El mío? —Añadí.
—No lo sabes, ¿verdad? —Respondió.— Quizá es porque no perteneces a ninguno. Después de todo, eres como dicen todos en el instituto. Y nadie quiere tener cerca al bicho raro.
Mis ojos se abrieron de par en par y en ese instante la desconocí. Sus palabras me impactaron como afilados cuchillos. Yo lo sabía perfectamente, que en su nueva vida yo no tenía cabida, pero me negaba a aceptarlo. O al menos quería que dentro de mí, permaneciera aún un atisbo de esperanza.
Jasmine me dio una mirada desdeñosa y dio media vuelta para irse de la habitación.
—Y si te invité, —se detuvo por un momento aún dándome la espalda— fue porque mi madre insistió.
Agarré las almohadas que estaban sobre mi cama y comencé a azotarlas con fuerza contra la pared, una a una, en un intento por descargar mi ira. Estaba cansado, agobiado por aquella situación. Me sentía un completo fracasado, invadido por la impotencia.
Pero una parte de mí me recalcaba que Jasmine tenía razón. Quizá en un comienzo nunca debí ilusionarme con ella, pues al final de cuentas éramos de mundos diferentes, como bien lo dijo; y yo era el bicho raro, solitario y desadaptado.
La puerta de mi habitación se abrió de golpe y la silueta de Kendall apareció, iluminada a penas por la tenue luz de la luna que se alcanzaba a filtrar por la ventana.
—¿¡Qué es lo que te pasa!? —Gritó en un susurro.— ¿Acaso quieres despertar a tía Grace?
—La casa puede estarse incendiando y esa señora ni se inmuta, Kendall.
Al responder eso mi voz se quebró inesperadamente y mi hermana pareció notarlo. De inmediato cerró la puerta a sus espaldas, y permaneció inmóvil sin despegar sus ojos de mí.
—¿Qué te… pasó? —Cuestionó en tono apacible.
Sorbí la nariz y me froté el rostro con desesperación. Mi habitación estaba hecha un completo desastre y aún así podía sentir la impotencia recorriendo mi cuerpo. Porque podía destruir todo a mi paso, pero la realidad no iba a cambiar.
—No me pasa nada —contesté tajante.— Ahora, largo.
Ella se cruzó de brazos. — Vienes de esa dichosa fiesta. ¿No es así?
Puse los ojos en blanco y me dejé caer sobre la cama. Ya sabía perfectamente el sermón que venía encima.
—¿Qué te dijo esa bruja? —Añadió.
Chasqueé la lengua. —Nada que no supiera ya.
—¿Sabes que no te creo? —Replicó y yo lamenté tener una hermana tan terca y entrometida.— Si ya lo hubieses sabido no estarías llorando, Kevin. ¿Hasta cuando seguirás desviviéndote por esa chica? ¿Acaso no ves que lo único que hace es lastimarte?
Sin embargo, cuando estuve a punto de responder, la pantalla de mi teléfono se iluminó en medio de la oscuridad anunciando una llamada entrante.
—Son las cuatro de la mañana, Kevin. —comentó— ¿Quién te está llamando?
Intenté visualizar el nombre desde donde me encontraba pero estaba muy lejos. No obstante, ya podía imaginarme de quién se trataba. Después de todo, era mi nuevo trabajo.
El sonido de las notificaciones se hizo notar, tras varios mensajes de what’sapp. Kendall intentó acercarse al celular, pero de un salto me levanté y se lo impedí.
—¿En qué lío andas metido? —Preguntó con sus ojos entornados hacia mí, inquisidora buscando intimidarme.
—Que te vayas, Kendall. —Respondí señalando la puerta, simulando perder la paciencia. Abrió la boca nuevamente para intervenir, pero la interrumpí.— Dije: Fuera.
Mi hermana me observó con los ojos entornados, pero supo en ese instante que no debía indagar más en el tema. Así que se limitó a salir de la habitación e irse. Suspiré y me dejé caer sobre la cama. Cuando sujeté mi teléfono para saber de quién se trataba, me di cuenta que efectivamente había sido Oscar.
Oscar: Novato, ¿recuerdas los trabajitos de los que te conté?
Oscar: Mañana tenemos uno.
Oscar: Nos vemos a las 7 a.m. si nos quieres acompañar.
Oscar: No llegues tarde.
***
Eran cerca de las 7 a.m. cuando llegué al club de motos, como había acordado con Oscar. Lo que me sorprendió fue que no había ni un alma en el lugar; y no era para más, un sábado a las 7 de la mañana no se hacían carreras. Incluso, aún habían por ahí botellas de licor y colillas de cigarrillo, de la noche anterior. Estaba a punto de llamar a Oscar y preguntarle si se trataba de alguna broma por ser el novato, porque la verdad no me hacía gracia. -Mucho menos después de la terrible noche que había pasado.- Pero entonces vi su motocicleta aparcada a la entrada de uno de los callejones del club, normalmente eran utilizados para vender cierto tipo de sustancias las cuales no estaba interesado en consumir.
—Oscar… —Lo llamé cuando entré al callejón. Sin embargo no escuché respuesta alguna. De hecho, era un silencio casi que sepulcral, me atrevería a describirlo.— Os…¡Ouch! —Intenté llamarlo nuevamente pero me vi inmovilizado y acorralado contra una pared. Mi brazo estaba siendo doblado en mi espalda en una llave, presionando mi cara sobre aquel muro en el callejón.— ¿Qué diablos…?
Entonces me soltó. Tomé una bocanada de aire y tras dar media vuelta, encontré a Oscar cruzado de brazos y observándome con una expresión burlona pero al mismo tiempo de decepción.
—Pésimo, novato. —Comentó negando con la cabeza.
—¿Se puede saber por qué me hiciste eso? —Reclamé mientras estirando los brazos, resentidos por la presión de aquella llave.
—Ni siquiera le puse tanta fuerza, hombre. —Respondió y yo bufé.— Aunque si vas a hacer los trabajos con nosotros debes saber que son altamente peligrosos, así que no hay que descuidarse. Primera falla.
—¿Primera falla? —Repliqué con una ceja alzada.
—Asintió. Necesitas entrenar un poco antes de acompañarnos. —Advirtió y luego comenzó a balancearse como un boxeador.— Venga, tírame un golpe.
Fruncí el ceño algo dudoso y me observé las manos. Oscar repetía una y otra vez que le arrojara un golpe, pero yo sentía que no podía. Simplemente no tenía intenciones de golpearlo y así él me lo pidiera, no sentía ganas. De pronto Oscar, intentó otra estrategia y comenzó a insultarme, tal vez si me decía cosas hirientes pensó que podía hacerme enojar y darle una “golpiza”.
Claro, como si fuese tan fácil derribar a un tipo que pesa por lo menos 15kg más que yo en puro músculo.
Entonces ocurrió, lo siguiente que dijo Oscar hizo eco en mi mente más de lo que creí. —¿O acaso eres un cobarde? —Su voz resonó en mi cabeza. De repente ya no se repetía únicamente con la voz de Oscar, sino con una y cada una de las voces de aquellas personas que tanto me habían hecho daño en mi vida.— Eres un perdedor. —Eso último fue como un puñal atravesando lenta y dolorosamente en mi interior, porque no lo escuché con la voz de Oscar, sino con la dulce pero hiriente voz de Jasmine.
Y lo hice. Lancé con todas mis fuerzas un puñetazo hacia el rostro de Oscar. Sin contar con que él fácilmente me detendría sujetando mi puño en el aire.
—Bien. —Añadió con una sonrisa de oreja a oreja.— Eso era lo que quería ver.
Solté el aire pesado y me zafé de su agarre, aunque fue más brusco de lo que esperé y él pareció notarlo.
—¡Epa, tranquilo bestia! —Exclamó pasando su brazo por mis hombros.— Solo lo dije para despertar tu instinto. Pero yo… Espera. —Se detuvo y me observó por un momento.— ¿A ti te molestan en el instituto? ¿Acaso tu eres… “El bicho raro”? ¿El del video?
Me aparté de Oscar nuevamente con la cabeza agachada. Por supuesto que Oscar sabía quién era el bicho raro; el día que lo conocí, estaba recogiendo a su hermana en mi Instituto, así que seguramente sabía del video “el bicho raro”. Ese mismo donde los deportistas, me daban una golpiza y rompían las hojas de mi cuaderno. Ese día, no escuchaba más que risas y burlas hacia mí, pero más que los golpes me dolió que Jasmine estaba ahí viendo todo sin decir ni hacer nada, dejando que aquellos que eran sus amigos me molieran a golpes. Todo quedó grabado y fue subido a r************* .
—No más, novato. —Dijo Oscar cuando me alejaba de él.— Te entrenaré y nadie más te volverá a joder el culo. Te lo aseguro. —Me giré hacia él y cuando lo vi, estaba sacando unas vendas y un saco de boxeo de un bolso grande.— Empezamos ya, venga.
Una pequeña sonrisa se asomó en mi rostro. —Gracias. —Fue lo único que salió de mis labios y Oscar me observó sonriente.
Ese día representó un cambio en mi vida, Oscar más que mi entrenador, se había vuelto como un hermano mayor para mí. Aunque no los acompañé en el “trabajito” que en un comienzo me había hecho llegar hasta ese callejón aquel día, Oscar se encargó de mí, enseñándome técnicas de boxeo y defensa personal así como también entrenando en el gimnasio de calistenia que habían improvisado los mismos integrantes del club. Y pese a que me llevé varios golpes en el proceso, con el pasar de los días mis movimientos se volvían mucho más ágiles y ya era capaz de librar duelos con el mismo Oscar, quien estaba más que orgulloso de mí. Y yo feliz de haber encontrado en él un gran amigo. Cada día estaba mejorando y esperaba que pronto me asignaran un trabajo adicional para poder empezar a ganar dinero. En las carreras ya había tenido la oportunidad de competir y había ganado sorprendiendo a todos los integrantes del club.
—¡Arriba! —Exclamó Oscar.
Lancé una patada alta hacia las manoplas de boxeo que sujetaba frente a mí.
—¡Abajo! —Volvió a gritar.
Esta vez un rodillazo acompañado de una patada baja, hicieron su aparición en escena.
—¡Frente!
Mis puños se dirigieron con fuerza hacia Oscar en dos ganchos firmes.
El susodicho bajo los brazos y retrocedió soltando el aire. Yo me quité las vendas de los nudillos y estiré un poco los dedos, cansado de la sesión de hoy. Entrenaba con el castaño tres veces por semana y los sábados era más intensivo. Los primeros días terminaba con el cuerpo molido y Oscar la verdad no era muy considerado conmigo en ese aspecto, para ser sinceros era bastante exigente, pero todo se lo debía a él, ya había pasado casi un mes y había mejorado notablemente mis habilidades a comparación de cuando empecé.
Pero no todo en la vida era color de rosa, desde que puse un pie por primera vez en el club me había ganado una molestia con moño de regalo incluido, su nombre era Tyler y tenía el ego por los cielos. Era de los más jóvenes por lo que era un inmaduro con todas las letras. Constantemente hacía comentarios desagradables, para buscar conflictos por doquier y no perdía oportunidad para meterse conmigo.
—Vaya, vaya… —Canturreó el susodicho haciendo su aparición como de costumbre.— ¿Aún sigues de niñera, Oscar? Deben pagar muy bien, por lo que veo.
Puse los ojos en blanco tratando de no seguirle el juego.
—¿Por qué no te vas por donde viniste, Tyler? —Cuestionó Oscar con molestia.— Estamos cansados y no tenemos muchas ganas de escuchar tus estupideces.
Pero él persistía, incluso se acercó a donde estábamos y comenzó a curiosear el equipo de boxeo que usábamos para entrenar.
—Pero yo también quiero entrenar. —Añadió con sorna.— Tal vez darle una paliza a un novato me sirva para calentar un poco antes de correr.
Bufé y observé a Oscar, quien me hacía un ademán de que solo lo ignorara.
Tyler se acercó más a mí, rodeándome y recorriéndome de pies a cabeza para finalizar con una expresión de burla. —No me aguantarías un golpe, por lo que veo.
Me limité a poner los ojos en blanco y seguir guardando los implementos, las carreras de la noche ya iban a empezar y no quería perdérmelas.
—Kevin está en mejores condiciones de las que crees. —Respondió Oscar.
—¿De verdad? —Exclamó Tyler fingiendo sorpresa y volviéndose hacia mí.— Entonces vamos a darle: Una peleita. Tú y yo. —Esperó unos segundos pero al no obtener respuesta alguna de mi parte, continuó.— ¿O acaso tienes miedo?
Me giré firme hacia él y lo observé con los ojos entornados. —No te tengo miedo, Tyler. —Contesté con los dientes apretados.
—Kevin, no lo hagas. —Ordenó Oscar desde su lugar.
Tyler me observaba con una sonrisa de satisfacción. De repente miró a su alrededor y chifló fuerte, para luego comenzar a gritar “pelea”. Fruncí el ceño confundido por aquella acción, pero luego entendí. En menos de un minuto, ya una multitud de gente se encontraba rodeandonos en un círculo, al cual Oscar se metió y me intentó jalar del brazo.
—Vámonos de aquí, hombre. —Intentó convencerme el castaño.— Solo intenta picarte, no le prestes atención.
—Déjalo, Oscar. —Añadió Tyler aún con esa sonrisa que me provocaba borrarla de un gran puñetazo.— ¿O es que acaso no confías en tu pupilo?
Mi amigo tensionó la mandíbula por un momento y luego me observó. —Por supuesto que confío. Es solo que no estoy seguro si es lo que él realmente quiere.
Yo asentí con la cabeza firme. —Quiero hacerlo.
Oscar esperó unos segundos como esperando el momento en que yo me arrepintiera, pero entendió que yo hablaba en serio y asintió. Entonces se sumergió con la multitud a nuestro alrededor que llevaba rato coreando “pelea, pelea”, no sin antes susurrarme en el oído: “Abdomen bajo para desequilibrar y luego gancho a la mandíbula. Tú puedes novato”. Luego me dio tres palmadas en la espalda y se fue.
Cuando salí de mis pensamientos, todos coreaban el nombre de Tyler mientras gritaban apuestas a favor de él. Seguramente no me veían como un oponente a la altura de aquel imbécil. Algunos anunciaban 20, otros 50 y uno que otro se atrevía a apostarle 70 dólares.
—¡Por el novato! —Gritaba el sujeto de las apuestas.— ¿¡Quién le va al novato!?
Nadie respondía. Y lo entendía, les juro que los entendía a la perfección, porque yo tampoco quisiera arriesgar mi dinero con alguien a quien nunca había visto pelear y que a leguas por el físico se veía que no le aguantaría un golpe a alguien tan fornido como Tyler. Porque aunque llevara ya casi un mes entrenando y mi cuerpo se había vuelto más fuerte, mi complexión aún era delgada y comparado con aquellos bíceps de mi rival, aparentemente no le haría ni cosquillas.
—Voy 250 dólares al novato. —Añadió una voz femenina en medio de la multitud y todos se callaron por un momento sorprendidos por la apuesta que se había atrevido a hacer aquella mujer. Ahí estaba ella, con su vestido ceñido al cuerpo y su extravagante labial rojo, Nina me observaba con una sonrisa de oreja a oreja mientras le entregaba su dinero al tipo que se encargaba de las apuestas. Yo le devolví la sonrisa acompañado de un “gracias”.
—¡Que empiece la pelea! —Gritó de repente alguien en la multitud y todos aullaron emocionados.
Estiré mis brazos por un segundo, preparándome para el enfrentamiento y tras hacer masajear un poco los nudillos, fijé mi vista en mi oponente, recordando breve pero atentamente cada una de las lecciones que me había dado Oscar. Y ahí estaba Tyler, riéndose con el público mientras me veía de reojo, esta era mi oportunidad para bajarle los humos y de paso dejarle las cosas claras a ese imbécil para que me dejara en paz.
Y pasó, Tyler se fue sobre mí lanzando el primer golpe, el cual esquivé ágilmente, provocando que él cayera con torpeza al suelo. La multitud lo abucheó y el sujeto se vio molesto. Entonces de un salto me ubiqué sobre él aplicándole una llave que lo hizo gemir un poco mientras su cara era presionada con el pavimento, entonces con fuerza se dio vuelta y atrapándome con sus piernas quedé yo abajo de él. Los nervios me invadieron, pues este tipo de movimientos me inmovilizaban y el peso tenía mucho que ver, por lo que me limité a esquivar los puñetazos que acertaron en una ir otra ocasión provocando que mi cabeza diera vueltas por unos segundos. Entonces recordé que debí seguirle el ritmo, cuando determiné cuáles eran los tiempos de cada golpe, lo sorprendí sujetando uno de sus puños en el aire. La multitud aullaba con adrenalina, de pronto ya tenía decenas de personas gritando a favor de “el novato” mientras Tyler recibía más y más golpes de mi parte.
La pelea había estado sumamente pareja durante todo el rato, incluso ya Tyler y yo nos habíamos hecho suficiente daño. Sin embargo él no contó que en un descuido suyo, cuando se inclinó para escupir un poco de sangre que corría por su boca, yo le propinaría una patada en el abdomen bajo tal cual me había indicado Oscar antes de empezar, y en el momento que Tyler perdió el equilibrio llevé mi brazo hacia atrás y con fuerza le atesté un gancho en la mandíbula, tumbándolo de una vez por todas en el suelo.
Tyler respiraba con dificultad y dos integrantes del club tuvieron que ayudarle a ponerse en pie. El sujeto de las apuestas dio por finalizada la pelea, anunciándome como el vencedor. La multitud aullaba eufórica, emocionados con tal acontecimiento, mientras que yo me encontraba ahí, completamente estático sin poder creer aún lo que acababa de suceder.
Había ganado por primera vez una pelea.
Le había ganado a Tyler.
Me observé los nudillos y me di cuenta que estaban bastante enrojecidos, incluso podía sentir sangre corriéndome por el labio. Pero mi corazón latía velozmente y con la respiración agitada veía como toda la gente se venía sobre mí, coreando mi nombre mientras me abrazaban como símbolo de apoyo. Entre ellos alcancé a distinguir a Oscar y a Nina, tal vez de los más emocionados, mirándome con orgullo.