Capítulo 12

3172 Words
 Me agaché y agarré otra piedra que había por ahí para volverla a arrojar hacia la ventana, esta vez con un poco más de fuerza. Luego de unos segundos, una cabellera negra se asomó en la ventana del tercer piso, viéndome con fastidio y una expresión somnolienta. La había despertado.  —¿Qué haces aquí? —Cuestionó.— ¿Acaso no fui lo suficientemente clara con los dos? Asentí con la cabeza. Ella tenía razón. Desde un comienzo siempre la tuvo y no le hice caso. —Lo sé, Nina. Y por eso vine hasta acá.   Ella me observó con una ceja alzada. —¿Te descubrió su hermano?  Reí algo divertido ante su deducción. —Casi. —Respondí y la pelinegra soltó una risita burlona. —No estuvieras aquí para contarlo. —Añadió.— Ven, sube.  Sacó el brazo por la ventana y dejó caer un juego de llaves, a lo que yo puse las manos para sujetarlas. Eran las horas de la madrugada, ya dentro de poco amanecería y estaba demasiado lejos como para conducir hasta mi casa. Por eso era que las noches de celebración en el club, Oscar y yo dormíamos en el apartamento de ella. Sin embargo, había momentos en que… —¿Así que por esto no querías que nos quedáramos a dormir? —Pregunté una vez pasé por la sala tenuemente iluminada, donde habían cerca de unas cinco chicas durmiendo en el sofá y unas colchonetas.  Nina asintió guiándome hacia una de las habitaciones.  —Mi compañera de piso invitó a sus amigas a pasar la noche. —Comentó y luego me vio por el rabillo del ojo con una expresión burlona.— ¿Acaso creíste que lo había dicho por lo que pasó en el bar? —Eh… —Sé perfectamente que estoy lidiando con niños.  Abrió la puerta de una habitación y me indicó que entrara. Era pequeña y la dulce fragancia del perfume de Nina se hallaba concentrada en ella. De todas las veces que había venido a su apartamento, era la primera vez que entraba a su habitación. Había posters de bandas de rock colgados por todas partes, así como también diseños de tatuajes esparcidos en un pequeño escritorio junto a la cama doble con sábanas estampadas de Green Day.  —¿Te cuidaste? —Preguntó de repente sacándome del trance.  —¿Qué?  —Me refiero a si usaste protección. —Aclaró cruzándose de brazos. Hasta entonces no me había fijado que la única prenda que llevaba se trataba de un camisón n***o que la cubría hasta un poco más arriba de sus rodillas, su cara estaba sin una gota de maquillaje y era increíble como aún así y con el cabello atado en un moño despeinado ella podía verse tan atractiva.  Negué con la cabeza.  Nina puso los ojos en blanco y luego sacudió la cabeza como ya dejando de lado el asunto. Abrió un cajón en el armario y de ahí sacó una sábana doblada, luego me observó e indicó en dirección a la cama. —Duerme. —Dijo—. Ya falta poco para que amanezca.  —¿Cómo? Pero si es tu cama. —Repliqué.— ¿En dónde dormirás entonces?  —En la sala. —Contestó con obviedad.  Negué con la cabeza intentando quitarle la sábana que llevaba en sus manos. —Iré yo a la sala. Tú te quedas en tu cama.  Ella bufó. —Será para que a todas esas mujeres les dé un infarto cuando despierten y te vean ahí. —Suspiró al darse cuenta que yo no iba a ceder.— Está bien, dormiremos juntos. Pero nada de manos inquietas. —Rápidamente advirtió.  Levanté las manos en señal de rendición. Di media vuelta y comencé a quitarme la ropa. La chaqueta y la camiseta las coloqué sobre el escritorio donde Nina acumulaba sus dibujos, sin embargo me dejé los jeans puestos para no incomodarla. Bostecé cansado y luego me dejé caer sobre la cama, donde ya se hallaba acostada la pelinegra. Sus somnolientos ojos se abrieron una vez estuve en la cama, la tenue luz que se filtraba por la ventana, hacía un bello contraste entre su nívea piel cubierta de pecas y aquellos ojos negros tan profundos que tenía Nina.  —Lo siento.  Ella frunció un poco el ceño sin comprender el motivo de mis disculpas.  —Lo siento por no haberte hecho caso en cuanto a Ruby. —Susurré pues eran pocos centímetros lo que nos separaban.  —Ya duérmete. —Contestó esbozando una sonrisa ladeada para luego darse la vuelta.— Buenas noches, novato.  Negué divertido ante su reacción tan infantil. Ella podía ser mayor que yo, pero en ocasiones podía parecer realmente una niña. Suspiré. No tenía ni idea de qué horas eran, pero ya el cielo se había tornado en una escala de tonos moradas señalando que pronto amanecería. Así que me dispuse a dormir, ya que partiría temprano antes de que ese montón de mujeres en la sala de estar descubrieran al intruso que había dormido en el mismo apartamento que ellas. No supe cuánto tiempo había pasado, cuando me despertó el tacto de la mano de Nina sujetando con delicadeza la mía y llevándola lentamente hasta su cintura.  —¿Nina? —Susurré con voz ronca.— ¿Qué pa…? Antes de que pudiese terminar, ella había tirado de mi brazo apegándome más a ella y sintiendo el calor que emanaba su cuerpo. ¿Estaría dormida? Pensé. En ese caso, lo mejor sería no despertarla, además de que ya lo había hecho antes cuando recién llegué a su edificio y suficiente me había ayudado ya. Así que me acomodé y la abracé un poco en vista de que tenía mi brazo prisionero.  Ya me asesinaría al día siguiente cuando despertara. Porque claramente no iba a creerme que fue ella quien me abrazó primero.  *** Con todo lo que había pasado la noche anterior, había olvidado por completo que Kendall llegaría a Chicago. Me di un golpe mental por eso. Mi madre seguro estaría odiándome en ese momento. Salí del apartamento de Nina, temprano cerca de las diez de la mañana con 20 llamadas perdidas de mamá en el teléfono. ¡Justo mi casa tenía que quedar al otro lado de la ciudad! Ni porque fuese a más de la velocidad permitida iba a llegar a tiempo. Por eso cuando arribé al vecindario, mi padre ya estaba preparando el auto para salir, aunque mi madre aún estaba en la casa. Tragué saliva cuando disminuí la velocidad.   Ya presentía el sermón.  Mi padre deslizaba un trapo por el auto, sacudiendo un poco el polvo, cuando apagué la motocicleta. De inmediato levantó la cabeza y me dedicó una mirada de pocos amigos. Solté un suspiro mientras aparcaba la moto en la entrada del garaje.  —¿Se puede saber donde diablos estabas? —Cuestionó notablemente enojado.— ¿Crees que puedes desaparecerte toda la noche y luego regresar al día siguiente como si nada hubiese pasado?  —Yo… Salí a dar una vuelta, —mentí— y luego dormí en la casa de un amigo.  Mi padre hizo un gesto de molestia al sentir un olor repugnante. —¡Maldita sea! ¡Qué aliento!  —Exclamó y yo suspiré en mi mano para sentirlo.— Sabes que no puedes beber licor mientras tomas tus antibióticos. Además Kendall está por llegar y tu… ¿Acaso piensas recibirla así?  Puse los ojos en blanco. —Fue solo un poco… —volví a mentir— Iré adentro.  Decidí dejar la discusión ahí con mi padre para no alargarnos más. Estaba demasiado cansado y era cierto que mi aliento apestaba a mil demonios, necesitaba darme un baño y mi cama urgente. Al entrar a la casa, encontré a mi madre alistando su bolso mientras echaba un ojo en la cocina. Al verme su cara se transformó totalmente. Otro sermón… —¡¿Qué fue lo que hablamos anoche, Kevin?! —Me gritó— ¡Mira la hora que es! Dijiste que solo darías una vuelta… ¡Y LLEGASTE AL DÍA SIGUIENTE! Bufé un poco divertido. Mi madre tenía razón, tal vez si me había pasado un poco. Cuando estaba a punto de responder, ella se me adelantó.  —Ya no hay tiempo de nada. —Añadió.— Tu hermana estará aquí pronto. He dejado una lasaña en el horno, necesito que estés pendiente, por favor. ¡Kevin! —Di un respingo.— No dejes quemar la lasaña, hijo.  Asentí con la cabeza sintiendo algunas punzadas producidas por la resaca. —Sí, sí mamá. —Contesté.— Voy a lavar la moto de paso, que ya está un poco sucia.  Luego de eso, salió de la casa y maldije por lo bajo cuando cerró la puerta, pues nuevamente me abordaron las punzadas. Pasé un momento por la cocina y pensé: La lasaña aguanta en el horno un rato más mientras me doy un baño.  Cuando subí las escaleras, saqué el teléfono del bolsillo trasero de mis jeans y lo revisé. La noche anterior, nos vimos rodeados al estar su hermano del otro lado de la puerta del apartamento. Lo único que se nos ocurrió fue que yo me escondiera en su habitación, Ruby ese día había preparado algo de comer y esa era nuestra salvación: El Jefe entró, mientras que yo con el corazón latiendo a mil, esperaba la frase clave de la pelirroja para que yo pudiese salir de la habitación e ir directamente a la puerta, sin que su hermano me descubriera.  Le había dado mi número a Ruby para que me escribiera en caso de que ocurriese algo con el Jefe, pero hasta el momento no tenía ningún mensaje de ella, así que supuse que todo estaba en orden. Por el contrario, tenía un mensaje de Nina, quien me había enviado una foto, se trataba de mí, durmiendo sin camisa y con los jeans en su cama. En el pie de foto había escrito “tierno como si no matara una mosca”. Negué divertido con la cabeza y tras enviarle unos emojis, arrojé el teléfono en la cama y busqué la toalla para ir a la ducha.  *** Llevaba ya un rato lavando la motocicleta, mientras escuchaba un poco de música con mis auriculares. Al enjuagar la espuma sobre la coraza, muchas imágenes vinieron a mi mente. Tantas cosas habían pasado en mi vida los últimos meses, que ni yo podía creer la persona en la que me había convertido. Definitivamente Kendall se llevaría una gran sorpresa al enterarse que su hermano ya no era más el bicho raro, pues ahora era el estudiante más temido de su antiguo Instituto. Tal vez antes andaba solo, sin amigos y era molestado por mis compañeros; pero ahora mi soledad era diferente, desde la pelea de aquel día con los deportistas, nadie se volvió a meter conmigo, ya no me quitaban el dinero de la mesada ni tampoco me golpeaban cada que les daba la gana. Hasta Jasmine, del poco contacto que hasta entonces mantenía con ella, quedó en el olvido, pues desde ese día dejé de existir para ella, la que por siempre sería mi amor inalcanzable.  —¡¡¡¡¡KEVIN!!!!!  Di un respingo al escuchar mi nombre por encima de la música de los auriculares. Cuando me giré, me encontré de frente con dos chicas: Una con una larga cabellera negra y de tez extremadamente pálida, bastante reconocible para mí pues se trataba de mi hermana melliza. Por otro lado la otra chica, de cabello castaño y quizá un poco más alta, era la primera vez que la veía y entonces me di cuenta, por su expresión de molestia, que la estaba mojando con la manguera que usaba para lavar la motocicleta.  —¡Mierda! —Exclamamos los tres al unísono.  Sin pensarlo dos veces arrojé la manguera lejos de donde nos encontrábamos. Me di un golpe mental al ver cómo había mojado a la pobre chica, pues el suéter blanco de crochet que llevaba había quedado empapado y su rostro goteando agua mientras tiritaba de frío.  —Discúlpame… —Fue lo único que pudo salir de mis labios.— Iré a traerte una toalla.  Pero cuando estaba a punto de entrar a la casa, alguien me sujetó del brazo impidiéndomelo. —¿Y tu hermana? —Preguntó Kendall soltándome, y al girarme la encontré con los brazos abiertos.— ¿No me piensas saludar?  Un intento de sonrisa se formó en mis labios al escucharla decir eso y ver lo distinta que estaba luego de este tiempo. Entonces me acerqué y la envolví en mis brazos, se sentía algo pequeña a comparación de hace unos meses, o tal vez había sido yo que me estiré un poco más y había ganado algo de músculo.  —¡Kendall! —Exclamó la desconocida que al parecer era la amiga de mi hermana.— ¡Estoy teniendo principios de hipotermia!  La pelinegra soltó una risita en mi oído y se apartó de mí para reclamarle a su amiga.  —¡Ya, mujer! No seas tan dramática. —Puso los ojos en blanco para luego sujetarla de la mano mientras aquella chica hacía un puchero y sus mejillas se sonrojaban un poco por la vergüenza.— Ven, vamos a mi habitación.  —Ahora te subo una toalla. —Añadí rascándome la nuca, algo apenado por lo que acababa de suceder.  —¡¡¡¡¡KEVIN!!!!! —Rugió mi madre desde el interior de la casa.— ¡MI LASAÑA AHORA ES CARBÓN!  Mis ojos se abrieron de par en par. ¡Había olvidado por completo la lasaña! Rápidamente me introduje en la casa, dejando a las dos mujeres riéndose a costa de mi mente tan distraída. Cuando entré en la cocina, un guante cayó con fuerza sobre mí y al ver de donde provino, me encontré con la mirada asesina de mi madre.  —Lo siento… —Confesé acercándome con cuidado, pues mamá Lydia se había convertido en ogro por su lasaña.  —¡Una sola cosa! —Exclamó.— ¡Una sola cosa te pedí, Kevin! ¿No pudiste echarle un vistazo al horno? ¿Tanto te costaba? —No mamá… —Alargué cabizbajo.  —¡¿Entonces?! —Reclamó.  —Es que se me olvidó… —Respondí con la esperanza de que me dejara en paz.— Y antes de que también se me olvide, debería llevarle la toalla a la amiga de Kendall para que seque.  —¿Para que se seque? —Cuestionó ceñuda.— ¿Por qué tendría que secarse Melanie? —¿Porque tal vez tu despistado hijo la mojó con la manguera con que lavaba la moto? —¡¡¡¡¡¡KEVIN!!!!! —Gritó mi madre y yo salí a toda prisa de la cocina, antes de que lo próximo que cayera sobre mí no fuese un guante sino un sartén.  Rápidamente busqué las toallas en el armario de lavandería y cuando estaba por llevarlas me di cuenta que mi ropa también estaba mojada, así que hice una parada en mi habitación para cambiarme la camiseta. Al verme en el reflejo del espejo, noté que la cicatriz en mi abdomen ya lucía como una tenue línea que se camuflaba con los músculos abdominales. Mi teléfono vibró en el bolsillo trasero de mis jeans y al revisarlo, encontré un mensaje de Oscar.  Oscar:Te veo en una hora en el club, hay trabajo.  Suspiré. Me sentía agotado con todo lo que había pasado la noche anterior y la verdad no tenía el más mínimo interés en verle la cara a Ruby, y en el peor de los casos, al Jefe.  Salí de mi habitación para llevarle la toalla a aquella chica, que al parecer se llamaba Melanie. Vi a Kendall salir con prisa de su  habitación algo cabizbaja, pero no me atreví a preguntarle qué le pasaba. Entonces entré y vi a la chica, de espaldas a la puerta, apreciando el mural animalista que había pintado mi hermana con su novio. Ella se veía distinta a las otras amigas que había tenido que Kendall, era más delicada y transmitía una ternura descomunal. Hasta podía deducir que venía de algún tipo de familia adinerada. ¿Pero qué podía estar haciendo ella en un internado?  Algún secreto debía tener y no creía que fuese algo precisamente bueno.  Pero yo no era nadie para juzgarla. Sea lo que sea que haya hecho aquella chica de mi incumbencia, y la finura con que palpaba el mural detallándolo en su totalidad, me hacía olvidar todo mal juicio hacia ella.  —El tigre también es mi favorito. —Comenté detrás de Melanie, provocando que diera un respingo. Al darse la vuelta, sus grandes ojos verdes se fijaron en los míos, como si quisiera saber algo de mí, solamente con usar su mirada. Pero me llevé una gran sorpresa cuando llevó su vista a mis labios, y no conforme con solo verlos, lentamente sus dedos se dirigieron a estos palpándolos con suavidad. Entonces me pareció extremadamente raro.  —¿Qué ganas con tocarme el rostro? —Pregunté frunciendo levemente el ceño.  Melanie ahogó un grito y de inmediato se apartó de mí, con sus ojos color esmeralda abiertos de par en par. Una sonrisa burlona estaba por formarse en mis labios, de verdad que sus expresiones tan tímidas me producían mucha ternura. Parecía una niña.  —Te has puesto roja. —Afirmé señalando su cara para fastidiarla un poco más. —Claro que no. —Refutó.  —A mí se me hace que sí. Ella gruñó. —¡Que no! Puse los ojos en blanco fingiendo molestia a lo que ella se mordía el labio, sin saber que hacer, totalmente avergonzada. Entonces observé por un momento la toalla que tenía en mis manos y la colgué sobre su cabeza, cubriéndole su rostro.  —Ahora no estás roja. —Añadí burlón y solo pude escucharla refunfuñar debajo de la toalla.— Adiós extraña que manosea a las personas.  Sin esperar a que se quitara la tela de encima, decidí salir de la habitación de Kendall, encontrándome a la susodicha de camino en el pasillo, llevando consigo un par de toallas más. —¿De donde sacaste a esa chica? —Cuestioné poniéndole lo que ella llamaba “cara dura”. Kendall bufó divertida. —¿Por qué lo dices? —Es muy rara. —Contesté con una ceja alzada.  Ella puso los ojos en blanco. —Mira quien habla de rarezas. —Me empujó y yo me aparté.— No la asustes que ella es muy sensible. Fuera de aquí.  Levanté las manos en señal de rendición y seguí hasta mi habitación. Admito que me divertí un poco, aprovechándome de su inocencia. O tal vez era porque tenía un ligero parecido con… No, definitivamente no. ¿En qué demonios estaba pensando?
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