“Déjame decirle a Ana”, decía el mensaje insistente de Rosa. “No, te dije que no”, fue mi respuesta inmediata. Quizá era una oportunidad de pedirle a nuestra hermana su apoyo por esos cuatro meses, pero sabía bien que Ana tenía otros pensamientos, que ella no me tenía en la misma estima que Rosa Hilda. Nadie que no me quisiera, aunque fuera familia, querría a mi hija. Lo cierto es que el tiempo se me terminaba. La trabajadora social pasó de visita para ver mis avances e inspeccionó el estado de Irlanda. Ella me comentó que era necesario cubrir ese tiempo en el que mi hermana seguía siendo menor de edad y, además, comprobar que Rosa tenía ingresos económicos. Difícil requisito al ser todavía una estudiante. El miércoles en la reunión les conté a doña Imelda y doña Beatriz mi desventura

