Dos semanas después Me encontraba saliendo del hospital. Mi cabeza, aunque sin los puntos, aún palpitaba con un dolor sordo, un recuerdo constante del golpe que casi me quita la vida y me la devolvió en pedazos. Solté un suspiro que sonó a lamento ahogado, y con piernas temblorosas, me subí a mi carro. Apoyé la frente contra el volante, el cuero frío contra mi piel. Cerré los ojos, tratando de contener la oleada que sabía venía. Un nudo apretado en el pecho, una presión que me ahogaba, mi respiración se volvió errática, superficial. —Otro ataque de ansiedad, no, por favor... —susurré, mi voz una súplica silenciosa que se perdió en el aire del coche. Cada inhalación era un esfuerzo, cada exhalación un temblor. En estas dos semanas, la cama había sido un campo de batalla. No había podido

