El beso se deshizo lento, un hilo que se resistía a romperse. Mis ojos se abrieron, encontrándose con los de Daniel: ternura, preocupación, algo más. Nuestra respiración, errática, llenaba el silencio del apartamento. El aire, antes denso por la tensión, ahora vibraba con una electricidad innegable, una conexión que me asustaba por su profundidad. Permanecimos así, en silencio, el mundo exterior desapareciendo a nuestro alrededor. Daniel rompió el silencio, su voz apenas un susurro. —Alaia… Asentí, escuchando mi nombre verdadero en sus labios. La rareza de que él lo pronunciara, de que estuviera aquí, conmigo, en mi hogar, era abrumadora. —Es… es tan extraño —musité, mi voz apenas audible, como si pensara en voz alta. Lo miré a los ojos, sintiendo la necesidad de expresar lo que mi cu

