El aire de la Ciudad de México me golpea con la fuerza de una bofetada. Es un calor pegajoso y húmedo que contrasta con el lujo seco de la mansión en Caracas. El aeropuerto es un hervidero de gente, con voces que se mezclan con el rugido de los aviones y el claxon desesperado de los taxis. Matías está a mi lado, rígido, su traje impecable parece una armadura incómoda en este caos. Yo, en cambio, respiro hondo, saboreando el caos. Este es el tipo de terreno en el que me gusta jugar. Nos subimos a un auto que nos espera. Matías se sienta al volante y yo, en el asiento del copiloto, disfruto de la vista. La ciudad es un monstruo de cemento y asfalto, un laberinto de colores, olores y vida cruda. El auto se abre paso entre el tráfico, y yo me recuesto, observando a Matías con el rabillo del o

