Gaspar suspira con fuerza y repite, refregando su rostro en su pecho:
— Te amo, te amo, te amo, te amo, te amo, te amo...
— Gaspi —gime Ián ronco, buscando sus brazos y su guatita, lo que tenga al alcance para tocar, para contemplar.
— Ni por un minuto Ián, te lo juro, ni por un minuto me he arrepentido de esto.
Ián abre los ojos, hunde su nariz en su cabeza.
— ¿De nada de esto?
- De nada.
— Dijiste que odiabas la pieza, lavar, cocinar, a los bebés... que querías tu hogar de vuelta.
Lo siento separarse de él, muy poquito. El patio está rodeado de vastas y largas enredaderas, que hacen un portón natural para evitar alguna miradita indiscreta. Nadie podría verlos ahí, encerrados entre medio de un departamento, pero Ián no quiere que nadie los vea. Mucha gente ya ha mirado. En las calles de Vitacura, en el parque Bicentenario, en el metro cuando intentaban quedarse quietos en un rincón. Todo el mundo parecía siempre notarlo. ¿Habrá estado en sus ojos? La razón por la que ellos lo sabían. Los ojos de Gaspar tienen forma de almendra y podrían perderse en ellos. En su profundidad y su soledad y su melancolía y en su sonrisa inocente, tal cual como parece ahora, ahí frente a él, rogando ternura.
Le quita un mechoncito de cabello, no quiere que nada cubra su carita. No hay ninguna necesidad de fingir aquí, de agachar la cabeza o de pretender que las cosas son distintas. En realidad las cosas son distintas aquí. Son mejores.
— Tú eres mi hogar ahora —Gaspar se alza y toma de sus labios un beso casto. Nada más que bocas cerradas tocándose y palpándose, por segundos no más. Cuando se separan lo pueden oír. — Y donde estés tú y estén los mellizos, esa va a ser mi casa.
Ián lo abraza como puede, le permite escuchar su corazón que tarde desbocado por esas palabras.
— Si algún día me faltaras, Gaspar...
-
Martín se sentó en su escritorio e hizo lo mismo de siempre: teclear con rapidez, para no tener que mirarlos a la cara. Gaspar creía eso fervientemente.
— Es bueno verte de nuevo, Ián —pero Martín le contradijo el pensamiento. Ián es demasiado educado, muy correcto como para evitar fingir frente al doctor Hernández. Le sonríe cortésmente y devuelve el gesto y charlan de cosas triviales y del embarazo con una naturalidad increíble. Ián no sabe sobre las intenciones de Martín en la consulta anterior, Gaspar se ha negado a hablar. No hay necesidad de avivar el fuego.
— Pasaron varias cosas en este mes que no nos vimos, doctor —La sonrisa de Martín es puro misterio.
— Tenés olor a cigarro —dice el doctor, haciendo círculos en el aire con su dedo— No podés fumar cerca de Gaspar. Supongo que sabés eso, ¿o no?
—Él nunca fuma cuando está cerca de mí —Gaspar decide intervenir.
— ¿Fumás demasiado?
— No tanto como para preocuparme.
La misma rutina. Martín les entrega el recibo de la consulta, con algunas opciones de fórmula para los mellizos. Gaspar guarda los papeles en su mochila e intenta moverse incómodo, para hacerle saber a Ián que la hora ha terminado. El reloj marca las 3:15 de la tarde así que Gaspar le susurra a Ián al oído que se vayan luego, a comprar más ropita para los mellizos. La risa cómplice que comparte desata la curiosidad de Martín. Frente a ellos, Martín siempre es un beta fisgón, a veces un hombre que parece demasiado celoso de su intimidad.
— ¿Van a algún lado después de esto?
— Sí —responde Gaspar— a comprarle ropa a los mellizos.
— Qué lindo —Martín mira hacia abajo, hacia la mesa blanca— Gaspar, vos ya tenés siete meses, yo creo que deberías empezar a pensar tu parto.
Gaspar parpadea sutilmente.
— Yo pienso en mi parto todos los días.
— Me lo imagino —el doctor carcajea— Pero ¿qué pensás en realidad? ¿Qué te gustaría a vos? Parto natural, cesárea... tus bebés se ven bien así que a mí me gustaría saber tu opinión para programar el parto, aunque yo creo que de verdad...
— Parto natural —dice Gaspar con rapidez, sin permitirle continuar— De hecho, el Ián y yo quiero tener un parto en casa. Estuvimos leyendo que acá igual es común y que tienen como un protocolo para esos casos. Nos cambiamos de casa hace poco así que realmente quisiera dar a luz en la casa.
— ¿Parto natural en la casa? —Martín repite y Gaspar mira a Ián como si le pidiera alguna explicación para el tono de voz del doctor.
— Sí —responde Ián— Lo pensamos y creemos que es lo mejor. Yo quiero ayudarte también, quiero estar ahí cuando nazcan los mellizos. Debe ser hermoso recibirlos.
- Claro, para vos debes ser lindo. Tener a tu omega ahí, ayudarte a parir, ver a tus bebés salir, todo eso debe parecerte genial. Pero ¿sabes cuál es el problema que yo veo, Ián? —pregunta Martín, levantando la barbilla. Sus ojos y los de Ián son explosión y rechazo y Gaspar busca la tranquilidad de su alfa con desesperación, totalmente capaz de sentir su olor y la tensión de su cuerpo entero— Es que el que va a estar pariendo es Gaspar y no va a parir un solo bebé, va a parir dos y hasta ahora ha subido solamente 10 kilos, ¿entendés lo que quiero decir? Con esa contextura que tiene, con ese peso y con esas caderas, un parto natural de dos hijos lo va a partir de dos. A mí me parece peligroso, de alto riesgo.
— Pero mi Pa era igual de flaco, igual de flaco que yo —Gaspar intercede cogiendo la mano fuerte a Ián para detener lo que él sabe que es rabia y enojo— y él me tuvo a mí ya mis hermanos de parto natural, a todos y nunca tuvo ningún problema y todo salió súper bien.
— ¿Tu Pa parió mellizos?
Gaspar pestañea rápidamente.
- No.
Martín lo mira como si la respuesta fuera obvia.
— Pero él hizo yoga —dice Gaspar— Hizo harto yoga, porque también era muy flaquito y yo me acuerdo de que él me contó que cuando iba a nacer mi hermana, la Colomba, el doctor también le dijo que por el poquito peso que había ganado era complicado, pero salió todo bien. Tal vez a mí también me podría pasar eso.
— Gaspar, querido, pensátelo bien. Tu bienestar es lo primero. Tu parto no va a ser menos bonito si optas por una cesárea controlada. Ián va a poder estar igual con vos. Este hospital está bien catalogado, los mellizos van a ser atendidos inmediatamente en caso de que se presente alguna complicación y en dos días vas a estar de alta. Y lo más importante, no vamos a poner en riesgo innecesariamente tu salud y la de los niños.
Fue como si él simplemente no pudiera rebatir ninguno de sus argumentos y Martín volviera a tener la razón de la misma forma que sus papás siempre la tenían ya él no le quedaba otra cosa más que acatar. Pero su parto era una cosa tan íntima, tan importante y tan inherente a él mismo, que Gaspar no creía que la opinión de alguien más contara de verdad. Los siete meses con los mellizos adentro habían sido una cruzada confusa que le hizo creer un par de veces que, en una de esas, nada había válido la pena. Ni el escape con Ián, ni la unión durante su celo, ni Holanda y Europa. Todas las situaciones y los escenarios y las personas se volvieron un revoltijo que, a fin de cuentas, más mal había traído que bien. Y de alguna forma siempre estaban fuera de su alcance o en sus manos para intentar moldearlo o encontrar una salida que no significara el alejamiento de todo lo que conocía y todo lo que amaba.
Los mellizos eran algo extraño. A veces algo precioso, y otras, algo a lo que temer y por lo que llorar en las noches. Cada uno de sus movimientos le recordaban, día tras día, que siendo lo que fuesen, estaban vivos y eran reales y que llegarían inevitablemente y entonces la vida tendría un curso muy distinto. Gaspar no podía saber si esa nueva dirección sería una mejor a la que transitaban ahora.
Los días en los que los mellizos significaban todo lo bueno y lo puro del mundo, Gaspar no podía evitar mirarse en el espejo de la habitación de su departamento nuevo. Su cuerpo era una cosa complicada. Demasiado flaco como para lucir realmente saludable o atractivo encinta, más bien parecía llevar bajo la ropa la mitad de una pelota y nada más. Los momentos cuando se desabrochaba la camisa o se levantaba la polera eran los momentos más privados que podía llegar a tener con sus hijos. Era capaz de ver el reflejo de su guatita, de su piel de leche marcada por líneas suaves que miraban como cicatrices de amor. Acariciaba lentamente el contorno del único hogar que sus hijos habían conocido. Les hablaba despacito, se reía cuando podía sentir sus respuestas en forma de pataditas.
Esos días eran hermosos. Esos instantes de intimidad con sus mellizos se sintieron únicos, duraderos, casi eternos.
Los días malos eran pocos. Cada vez menos desde la mudanza y desde que el término del embarazo se acercaba a zancadas. La pena se iba transformando en expectación, en emoción y en ansiedad. Un poquito en miedo, también, en inseguridad.
Su parto era algo tan suyo. Podía no ser la gran cosa, podía ser un parto más entre millones de operaciones que los doctores realizaban todos los días. Podía no ser importante para nadie más que para Ián y para él, podía ser la cosa más trivial del mundo y podía significar errores y equivocaciones y nostalgia infinita y todos podrían notarlo, pero por Dios, era suyo. La única decisión que era realmente suya. El único amor que no era de nadie más. Martín podía ser un doctor y podía querer lo mejor, pero nadie más en el mundo sabía qué era lo mejor para los mellizos, solamente él.
— Voy a tomar en cuenta su opinión, doctor —Gaspar elige decir como el punto final de su charla— Pero no creo que cambie la mía.
La mirada de Martín no le presiona, no le atemoriza, no le intimida ni le manipula ni le influye en nada. No le produciremos absolutamente nada.
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La última imagen del ultrasonido que habían recibido permitía delinear los cuerpecitos de los mellizos casi sin problemas. Eran dos cosas chiquititas con unas manitos adorables y unos piececitos de punto y con corazones que latían perfectamente. Saludables en cada aspecto y creciendo sanísimos, habían ido aplacando cada pensamiento negativo que Ián podía tener (y que sabía que Gaspar compartía) sobre los horrores de la genética. El doctor dijo que iban a ser niños normales, sin ni un rastro de patologías extrañas o dificultades diferentes a las de todos los recién nacidos. Más pequeños que el promedio, con seguridad, pero nada por lo que alarmarse. Se veían bien. Ián piensa eso mismo, se ven bien , mientras pega la foto sobre la hoja blanca del libro de tapadura que compraron como su diario de vida más íntimo. Ocho meses, dice el título ahí arriba y bajo la foto está el testimonio de Gaspar, sobre la vida y los cambios y las emociones y las ideas y los pensamientos que le habían llegado por sus guaguas de ocho meses de gestación. En la página siguiente, estaba el de Ián.
Por título, la tapa de la libreta lleva simplemente escrita El Caminito y en la primera hoja están formados los nombres de los mellizos con letras recortadas de revistas: Alma y Noa. Ián había querido que los niños llevaran nombres cortos, así como ellos mismos tenían y Gaspar había decidido que la niña debía llamarse Alma por un libro francés que leyó durante un tiempo. Le parecido indicado en todas las maneras posibles. Como la palabra correcta para juntar todo lo que era de los dos. Noa, para el niño, lo habían elegido juntos. A Ián siempre le había llamado la atención. Alma y Noa eran un dueto que sonaba bien, que se complementaban cuidadosamente.
Ián cerró el libro sin poder hacer que se le borre la sonrisa de la cara. Lo guardó en el estante del rincón de su habitación, dispuesto a abrirlo otra vez para la ecografía del mes noveno y para cuando Noa y Alma eran lo suficientemente grandes como para entender lo que estaba colocado ahí.
— Ocho meses nos tardamos para elegir Alma y Noa, ¿vos creés que les gusten sus nombres? ¿No nos reclamarán cuando sean adolescentes, quejándose de que son nombres horribles? —le preguntó a Gaspar, girándose para observarlo. Gaspar yacía de costado en la cama, con una mano apretujando su espalda dolorida.
— Si de adolescentes son iguales a ti, pucha, yo creo que sí, van a lesear por eso siempre.
La risita se cruzó entremedio de ellos y de la tele sonando vagamente como si fuera la única cosa sincera ahí mismo. Ián dio unos pasos y se sentó al lado de Gaspar, observando su nuca y su pelo revuelto en la almohada.
— ¿Te duele mucho la espalda?
—Un poco. Se supone que la Alma está metida justo cerca de mi columna y eso hace que me duela, pero no me dolía tanto antes.
— Porque se está acomodando para salir —Ián responde— antes no estaba en esa posición.
— Bueno, debió haber acomodado antes, no cuando apenas me puedo parar de la cama.
—No te enojes con ella, pobrecita.
— No estoy enojado con ella, pero ¿por qué no puede ser igual de tranquila que Noa? —Ián lo oyó suspirar profundamente y después lo vio sentarse en la cama, flexionando los hombros.
— ¿Quieres que te dé un masaje?
Gaspar debe pensarlo por algunos segundos.
— ¿De verdad?
— Sí —asiente Ián, acomodándose tras él— Sacate el piyama.
Ián deja la parte de arriba del piyama de polar azul sobre la almohada y comienza con la yema de sus dedos a tocarle la nuca y el cuello ya presionar con suavidad. La piel de Gaspar bajo sus dedos se siente tensa y dura, así que sus manos se abren despacio para bajar hasta sus hombros y quedarse en su espalda, apretando con los pulgares. De tanto en tanto Gaspar deja salir algún ruidito, como un gemido quebrado o un quejido de dolor, moviéndose hacia adelante y hacia atrás por el peso de sus manos.
El olor de Gaspar ha estado haciéndose más fuerte con el acercamiento del término del embarazo. Huele como una fruta madura, como si fuera a entrar en celo en cualquier momento. Ese aroma lo ha estado trayendo loco, preguntándose cuándo debería simplemente dejar que las cosas sucedan. La piel de Gaspar sigue llamándolo con insistencia; el lunar que tiene cerca del hombro grita su nombre. Ián se atreve a dejarle un par de besos por todos sus hombros desnudos, luego por su espalda, luego por su nuca, aspirando todo de él.
Es cuando Gaspar deja escapar el primer gemido sincero, que Ián cierra los ojos.
— Tu olor —dice Ián, moviendo la cabeza de izquierda a derecha— Tu olor...
- ¿Mmm? ¿Qué tiene? —le responde Gaspar, pero sin mirarlo.
—Te quiero coger.
Deja vus siempre hay, en todos lados.
— ¿Sí? ¿Cuánto?
— ¿Cómo que cuánto? Hace cinco meses que no lo hacemos, ¿cuánto creés vos?
Gaspar se ríe e Ián, por primera vez en la vida, odia su risa. Lo mira darse vuelta hasta que están cara a cara y Gaspar, con un poco de pecas y las mejillas coloradas y su sonrisa petulante, arrogante, no parece ser el omega quejumbroso de hace minutos atrás. Tiene un brillo diferente, un aura intrigante. Ián lo observa desde las pestañas hasta los labios, le ataca la boca, pero su beso no dura demasiado, Gaspar se hace hacia atrás e Ián rechina los dientes.
— ¿Te acordai de algo?
— ¿De qué? —Ián le pregunta medio cabreado, entones Gaspar le enreda los brazos en el cuello.
— El doctor dijo que no había problema si yo no estaba acostado y si tú no estabai encima de mí...
La mujer en la tele está dando el tiempo. Va a llover mañana, pero Ián no se fija en eso.
— Creí que te dolía la espalda —Ián le contesta, con una ceja arqueada.
—Y yo creí que tú queríai.
— No estoy diciendo lo contrario, pero ¿podés dejar de nombrar al doctor? Es mata pasiones —a Ián le gustaría pasarle los brazos alrededor de su cintura, pero el roce de su guatita contra la suya es suficiente. También es suficiente el gesto de Gaspar, que se lleva la mano a la boca como cerrando sus labios indefinidamente.
No por mucho, de todas formas.
A Ián le agrada la vista. Gaspar está sentado sobre él, de piernas abiertas encima de su pelvis así que él puede mirarle la cara y la forma en que rebotarán sus rulos y su pancita de pelota. Los dos están desnudos, anhelando el contacto de la piel del otro así sin más, como hace meses no sucedió. Gaspar tiene la intención de darle un beso, él lo sabe y se inclina inmediatamente hacia adelante para corresponderle, para deslizarle las manos por su pecho y su guatita y para dejarlas sobre sus muslos, hinchados y latentes desde el día de la concepción.
Gaspar tiene las palmas sobre su pecho y su contoneo provocador, hacia adelante y hacia atrás, consigue de Ián todo lo que quiere. Su erección duele contra sus glúteos, necesitada y caliente. La humedad de Gaspar es un bálsamo para su calor eterno, pero su imagen sensual, sonrojada y anhelante es el estímulo preciso. Ián se lame los labios.
— Garchar con mi omega encinta de ocho meses debe ser la cosa más erótica que hice en toda mi vida.
Gaspar suspira fuertemente.
— Espero que los mellizos no tengan un trauma después.
— ¿Por qué lo tendrían?
— ¿Por qué estoy culiando con su papá mientras los tengo a ellos en la guata?
Ián se ríe, bajito y cómplice y no se avergüenza de dejar el último beso ahí, donde están Alma y Noa. La cara de Gaspar no tiene precio.
— Nah, ni se van a acordar.
— Si algún día preguntan, tú les tení que responder.
—Tomo nota.
Ián puede sentir la mano de Gaspar en su erección, guiándola al paraíso. Puede sentir también las paredes apretadas, más apretadas que nunca, ahogándolo en calor y en pasión, ¿no será como el infierno? Se pregunta inevitablemente, con los ojos cerrados. Cuando los abre, Gaspar está meneándose cándidamente, cabalgándolo con inocencia, con su mirada ingenua que no se va nunca. Es, en definitiva, el paraíso. Gaspar es la puerta de entrada que le permite rozar la plenitud que solo está en su cuerpo, en su interior, junto a todo lo que es bueno y puro en el mundo.
-
Gaspar da vueltas alrededor de todo el departamento mientras Martín e Ián lo miran en silencio. Se ha llevado así desde la madrugada. Camina entremedio de los sillones del living, de la cocina limpia y del dormitorio que será de los mellizos cuando crezcan y se apoya de tanto en tanto en la pared amarillenta, observando con indiferencia el correr de la ciudad afuera que no se detiene nunca. Las contracciones llegan a él rápidamente, en intervalos cortos y punzantes. Parecen un estremecimiento y un calambre que le hacen doblarse en incomodidad y dolor, pero que soporta con demasiado orgullo y demasiada dignidad en frente de su alfa y de su doctor.
Su respiración se vuelve agitada en algunos momentos. En otros, parece muy calmado. La sensación entre medio de sus piernas es inexplicable, como una humedad que no se detiene nunca. Su cuerpo se abre con mucha suavidad y la presión la puede sentir constantemente. Gaspar sabe que los mellizos se mueven despacio, abriendo camino entre su cuerpo y que su llegada es inminente.
No sabe qué tan dilatado está su canal de parto y le hubiera gustado dar a luz en la habitación de los niños. Su pieza es tan cálida. El ventanal que da al patio la ilumina toda. Gaspar piensa después que será bonito, tenerlos ahí a los dos en su cuna e ir a verlos durante la noche, sonreírles en la mañana, darles la papá sentada en el sofá cerca del ventanal. Esa fue idea de Ián. Ián ha pensado en todo. Su amabilidad lo abruma algunas veces, le hace quedarse viéndolo sin saber si sonreír o reírse o ponerse a llorar o enojarse. Ián le dice que esas son las hormonas, después le da un beso en la coronilla y se acurruca en su cuello. Gaspar quiere su mano cogiendo la suya, quiere escuchar su voz susurrante sobre su oído.
El camino de vuelta a su cuarto es mucho más lento, pero también más anhelante. Las contracciones le llegan al cuerpo y lo pillan rendido, jadeante y ardiente. Quiere desmayarse sobre el suelo y yacer en el piso frío, abrirse de piernas y que los mellizos se deslizarán, de alguna forma mágica, en un charco de sangre y fluidos indoloro. Que los segundos corrieron sin dejar a nadie lastimado en medio.
Ián dice su nombre, pero él no puede contestar, entonces Martín lo repite y Gaspar mira la cara de la matrona que se está lavando las manos en el baño. Su habitación ha sido preparada para ser el primer lugar que los mellizos conozcan. La cama está cubierta con una funda de plástico sobre la que hay sábanas azules y las almohadas están desparramadas encima. Las alfombras del piso también están tapadas y las toallas están apiladas en el estante más pequeño. Hay agua caliente yendo y viniendo desde el baño, en la que la matrona empapa un paño blanco y se lo pasa por la cara para quitarle el sudor. Gaspar solo está vestido con una camiseta vieja, que solía usar de piyama en la casa de Vitacura. Tiene el olor a familia.
Martín le dice que se suba sobre la cama para revisarlo, pero Gaspar no puede contestar porque le tiembla el cuerpo entero con cada contracción insondable. Asiente apenas, dejando libres las lágrimas que atraviesan sus mejillas. Ián le ayuda a encaramarse en la cama ya apoyar su espalda en las almohadas y le separa las piernas tiernamente; a él aún le avergüenza abrir sus piernas frente a Martín, como si fuera una cosa prohibida o algo indebido de hacer.
— Me duele mucho —se las arregla para decir, pero no mira a su doctor, sino que mira a su alfa al lado. Estoico ahí, apretándole la mano.
— Lo estás haciendo muy bien —dice Martín, pero Gaspar no sabe si es la verdad o solo está siendo condescendiente— Siete centímetros, muy bien. Respiración profunda, bota. Eso es, perfecto. ¿Las estás sintiendo ahora, las contracciones?
Gaspar se dobla en la cama, apretando la mandíbula con fuerza. Ián no le suelta la mano hasta que Martín le dice que lo deje ir, entonces Gaspar se puede acomodar, puede esconder la cara para que Ián no lo vea. Cada contracción es una tortura. El dolor es inexplicable, inalcanzable para ninguno de ellos así que cuando Martín le dice que respira, Gaspar quiere golpearle encima. Las piernas le tiemblan solas. Se voltea hacia la derecha, apretando las sábanas con las uñas. Sus gritos no son altos, son más bien quejidos quebrados, como llantos sufridos.
Cierra las piernas, en un intento desesperado de sentarse en el borde de la cama. El dolor es tan fuerte que siente que va a morir. No hay ninguna posición que le de paz, ni sosiego. Se estira sobre la cama, se sienta rasguñado las frazadas, después se pone en cuclillas, luego en sus manos y sus rodillas. Refriega la cara encima, llena de lágrimas y de babas y de mocos. La garganta se le aprieta.
— Quiero vomitar —habla, entre medio de sus tos seca— Quiero vomitar.
— Dale, vomitá, no hay problema. —responde Martín, con demasiada calma.
Gaspar lo intenta, pero no puede.
— ¿Es normal? ¿Que vaya a vomitar? —Ián pregunta con el ceño fruncido, pero Martín solo asiente con la cabeza, no dice nada.
—Vení, Gaspar. Acomodalo Ián, para revisarlo.
Gaspar niega con la cabeza, le dice que no, que duele demasiado, pero Ián le besa su pelo sudado, le besa su mejilla y también su hombro.
Si Gaspar pudiera pensar, se le habría ocurrido que parir es humillante. Abrirse de piernas ahí, para cualquiera. Ojalá hubieran estado solo él e Ián.
— Escúchame, Gaspar —comienza Martín, después de mirarle y tocar sobre su canal de parto— Tus bebés ya vienen. Quiero que busques la forma que más te acomode y empieces a pujar, ¿está bien? Como vos quieras, como te hagas sentir bien. Solo escucha a tu cuerpo. Ya se va a acabar, te lo prometo. Maida, calienta el agua. —murmura al final, en neerlandés.
Van a ser las seis de la tarde. El departamento está tan calentito y hay un olor raro revoloteando por todos lados. No molesto, sino desconocido. Gaspar se imagina que ese es el olor del parto. Como a sangre ya leche, lo que es curioso porque él no tiene leche. El dolor no le hace demasiado consciente, pero la cama que huele a él ya Ián es reconfortante y suave, conocida, al menos. Ián le sujeta la mano para ayudarle a incorporarse, pero estar en cuclillas es demasiado doloroso y demasiado agotador y se da cuenta de que no puede y llora un poco más, porque lo único que quiere es que se termine ahora.
De costado es imposible. No puede pujar. Ni siquiera es capaz de mover sus piernas. Y las náuseas en su garganta, el ardor en su guata... puede sentir algo presionando entre medio, quemándole sin descanso. Es la primera vez que grita y también la última.
— No puedo —se queja entre lágrimas, negando con la cabeza. No le habla a Martín, está viendo a Ián a la cara— No sé qué hacer.
Ián le deja un beso en la mano que aún sostiene con fuerza.
—Sí, sí sabés. Falta poco. Yo sé que podés. Te amo. Te amo un montón. Gracias por soportar todo esto. Sos el mejor.
— Haz que se acabe, por favor.
Gaspar siente el olor de su alfa encima de su nariz, cerca de su cara caliente. Reconoce sus manos grandes tomando las suyas, pero le cuesta mirarlo porque el llanto que había evitado por orgullo sale ahora de todo él. Ián es muy dulce, muy suave cuando se acomoda a su lado de rodillas y también cuando lo ayuda a incorporarse e imitarle la posición. Martín los observa en silencio, Maida prepara las mamaderas. Afuera el sol se ha escondido hace rato.
— ¿Me dejas ayudarte? —susurra Ián, justo cuando están frente a frente. Podrían rozarse los pechos, si deciden acercarse un poco más. — Déjame ayudarte.
Los rulos castaños de Gaspar se desparraman con rapidez ante su movimiento de cabeza, lo único a su alcance para hacerle saber a su alfa que sí, que él lo dejaría hacerle cualquier cosa.
— Afírmate de mí, como quieras —Gaspar le pasa los brazos por el cuello, con los ojos cerrados y apretados y se encoge ante la sensación apabullante de una contracción lenta, intensa.
En la seguridad de los brazos de su alfa, Gaspar se permite esconderse en su cuello e inhalar su olor hasta que le duela la nariz. Ián también suda y sus orejas están calientes y húmedas, pero Gaspar descubre, con gracia y con sorpresa, que su olor le calma, le hace cosquillear el cuerpo, le tranquiliza el dolor lacerante. Las contracciones vienen como olas. Más separadas unas de otras, con un intervalo de minutos que le dejarán expectante. La cosa más dulce son las manos de Ián, sujetas en su cintura y recorriendo su espalda, palpándola y acariciándola, con la mayor de las delicias. Tenerlo ahí es una anestesia.
Su cuerpo inexperto reacciona de maneras desconocidas. Se han ido perdiendo sus gritos, entremedio de las respiraciones y los susurros de Martín y de Maida. Ián le canta a veces, le dice cosas al oído y Gaspar puede sentirla, complicada y aterradora, a la forma en la que sus piernas intentan asentarse en las colchas suaves y su canal de parto se dilata y se expande.
Ián baja sus manos y las mete entremedio de sus muslos, se lo ha dicho cerca de sus labios: poné las manos aquí, sintió la cabeza del bebé. Lo está desgarrando, partiendo en dos, separando su cuerpo hasta la crueldad. Los dedos le tiemblan, le pican cuando le obedece, cuando roza con mucho cuidado un poquito de pelo viscoso y mojado. Mira a Ián con la boca abierta y los labios quebrados y llora en su cuello y en su hombro y en todo él y lo abraza hasta que su visión es oscura y borrosa, hasta que Ián es un punto muerto en frente.