A contratiempo capítulo 11

4916 Words
Bonus: — No sé, a veces me gustaría que los papás supieran que ellos existen, eso no más. Ián deja su vaso de jugo a medio tomar sobre la mesita de la terraza. — Probablemente lo saben. O se imaginan que pueden existir. No fuimos muy cuidadosos, tampoco, irnos justo en ese momento... — Sí, pero —insiste Gaspar— me gustaría que los conocieran y que los mellizos supieran que tienen abuelos. Me gustaría que Pa y el Papá vieran a la Alma y se dieran cuenta de que tiene el mismo pelo rojo que nuestro Tata... y que Noa es seco para el fútbol. Quisiera que los niños supieran que tienen tíos... Esas cosas. Ya, yo sé que es medio tonto, pero igual. — Yo también los echo de menos. A veces me pongo a pensar en cómo estarán. Si les falta algo, si los pendejos se graduaron —Ián se ríe— Si nos perdonaron... — ¿Tú creí que nos perdonarían alguna vez? Algo le grita Alma a Noa e Ián se les queda viendo por segundos. — Creo que quisieran conocer a los chicos, que estarían contentos. Gaspar mira hacia nada en particular. — No me arrepiento, en todo caso. Ni de irme contigo, ni de que nacieran los niños. Aunque admito que, cuando me los pasaron, estaba loco revisándolos a ver si no tenían una cola de chancho. — Lo noté —Ián le contesta, riéndose— También tenía un poco de miedo. De que no nacieran sanos, de que estuvieran enfermos o qué se yo... que les pasara algo malo. — Pero son niños super saludables, super normales... Estoy feliz de haberlos tenido. Estoy feliz de tenerlos contigo. Ián le puso una mano encima, acarició su dorso con cuidado y se quedaron viendo instantes. Compartían los mismos ojos verdes y el mismo pelo rizado. Nunca nada los había separado, en realidad. La vida entera la pasaron juntos. Desde que Manuel le dijo a Ián que iba a tener un hermanito con el cual podría jugar. Después vinieron los días de paseos, las tardes de conversaciones y las noches de cosquillas ansiosas. Compartir el cuarto hasta que Gaspar tenía 14. Dormir en la misma cama hasta que Marcos les dijo que eso era raro. Sufrir en silencio. Su primer beso, no en la mejilla, en la boca; no con los labios cerrados, con los labios abiertos. Los tantos "no le cuentes a los papás" que pasaron entre ellos y se quedaron en el aire. Después el miedo, siempre el miedo. De repente alguien podría escuchar, alguien podría verlos caminando de la mano por la plaza y entonces podrían sospechar. La gente iba a hablar. Los iban a separar y ellos no lo hubieran soportado. La culpa fue más grande al final y, cuando decidieron que todo se había acabado, Ián selló su partida con un beso en los labios. El último que se prometió darle a su hermano. Cuatro años en Argentina, sin embargo, no fueron suficientes y él lo había sabido desde el comienzo. Nada ni nadie le haría olvidar a Gaspar. Nadie podría borrar el sentimiento que nació desde que cruzaron sus miradas. Tenía su olor bajo la nariz y su sabor en la boca y en cada omega que pasaba por su nudo lo veía a él, se lo imaginaba a él. Le hizo el amor en sueños infinitas veces. Puso su rostro paliducho y sus rizos castaños en la cara de todos los demás. La vuelta a casa no le hizo sentir distinto y, en cambio, le ratificó lo que nunca pudo olvidar. Gaspar olía igual, Gaspar lo estaba esperando y su distancia al principio no hizo más que darle ánimos. Solo está confundido, se dijo a sí mismo, lo entiendo, yo estaría igual. Pero Gaspar no había cambiado. Gaspar estaba listo para él. Tantas veces se dijeron "terminemos esto..." Tantos "no le cuentes a los papás" que se escaparon de sus bocas en las noches frías donde se abrazaban para dormir. Y fue así. Se quedaron callados. Nunca pudieron abrir la boca para decirles a Marcos y a Manuel que se habían enamorado. Que eran hermanos, que compartían sangre, que nacieron del mismo vientre y del mismo semen y que estaban completamente enamorados. Ián se pregunta si algún día serán capaces de romper ese mantra oscuro. Probablemente nunca ocurra, se dice después y, tal vez sea mejor así. El silencio tapa lo prohibido. Quizá Gaspar lo piense también. Puede que algún día le diga "Sí, Ián, teníai razón. Mejor quedarse callados". Ahí nadie los conoce. Ahí nadie se interesa por su pasado. Ahí nadie sabe y nadie puede oler. Ahí es como en sus sueños, en los que se paseaba de la mano de Gaspar sin tener que soportar ojos acusadores y lenguas ácidas y la vergüenza del mundo entero. Noa y Alma vinieron a probarle lo que supo toda la vida. Que Gaspar había sido creado para él y que él había sido creado para Gaspar. Ián le besa el dorso de la mano otra vez y la sonrisa de Gaspar no le hace tener ni una duda de que piensa lo mismo. Gaspar se levanta de la cama cada noche a las dos de la madrugada. No pone el despertador y nadie le avisa; es como si su cuerpo se hubiera acostumbrado con el correr de las semanas y fuera ya un acto propio, internalizado y constante. Cada madrugada se acerca a la ventana, aunque haga frío y caiga nieve y los vidrios estén llenos de escarcha y humedad. Pasa sus manos con suavidad, mira las calles desconocidas y ajenas de Delft y cierra los ojos por segundos. Entonces cuando no hay ruido, cuando no hay luces, bañado por la oscuridad y abrazado por el fresco impávido, se permite imaginar que la cama de la que acaba de levantarse es su cama en Santiago, que esta habitación es su pieza en su casa y en su barrio y que cuando cruce el umbral de la puerta se encontrará con la cara de Pa, de Papá, del Bruno, de la Colomba y habrá voces y risas... Pero cada dos de la madrugada su despertar es el mismo. Ián susurra desde la cama "vení a acostarte" y Gaspar no puede mirarlo, pero sabe que tiene los ojos bien abiertos porque él tampoco ha podido dormir. Así que se gira, no sin antes admirar un poco más el paisaje de la noche. En completo silencio abre las frazadas y se acurruca en un rincón. No hay necesidad de responder un porqué; Ián se da cuenta de las razones. Gaspar cierra los ojos y espera hasta que amanezca para que otro día vuelva a pasar y entonces pueda encontrar tal vez algo de tranquilidad por fin. - Ián ha estado hablando sobre su trabajo, pero Gaspar no está realmente escuchando. Desayunan en el comedor del hostal y son los únicos que hablan español de entre todos los chicos y las chicas que duermen en las piezas contiguas. Ián mastica sin cuidado una rebanada de pan tostado; Gaspar remueve con la cuchara el huevo revuelto en su plato blanco. No tiene ganas de comer. Su embarazo de dos meses debería haberle hecho subir de peso, pero ha perdido tres kilos desde que se fueron de Chile. La taza de té humea al lado. Los ojos de Ián están fijos en él. Al final Gaspar deja la cuchara sola y empuja con sus manos huesudas el plato hacia adelante. Luego mira el techo hasta que la voz de Ián le hace volver al hostal, a Delft, a Holanda, a Europa. - ¿What? —pestañea Gaspar, sutilmente. — No me estás escuchando, ¿verdad? Gaspar puede reconocer cuando Ián es molesto, pero en realidad ya no le importa demasiado. — Estabas hablando de tu trabajo... El bufido desde los labios de Ián parece lejano y frío y Gaspar se encuentra más atractivo mirar por la ventana otra vez. — Gaspar —es el primer llamado. Y la respuesta de Gaspar es el mutismo. — Gaspar —segunda advertencia y entonces la voz de Ián ya no es cálida ni reconfortante ni suave ni amorosa. Es un llamado autoritario de alfa que Gaspar aborrece profundamente. Lo mira, pero no para prestarle atención sino para desafiarlo. Hay una complicidad entre ellos que nunca ha podido borrarse y que se mueve desde el "podría decirlo todo" hasta la advertencia cruda de "estoy llevando a tu hijo y no me está gustado". Como si cualquiera de los dos pudiera cruzar la línea y mandarlo todo al carajo. Las cosas eran mucho más fáciles cuando tenían que esconderse y pretendiente y Gaspar no puede entender por qué, pero Ián tampoco. — Ya van a ser las ocho y media, se te va a hacer tarde. Deja las cosas ahí, yo voy a lavar. —Gaspar no espera la confirmación de Ián y se pone de pie. En una mano lleva su plato con huevo a medio comer y en la otra la taza de café vacía de Ián. Nadie les presta atención alrededor. No son nadie importante en realidad. Cuando Gaspar quiere avanzar hasta la cocina que comparte con el resto de los huéspedes, la mano de Ián en su cadera lo detiene abruptamente. Se miran a los ojos, como buscando al perdedor. Quién aguanta menos. Quién sucumbe primero a hablar ya decir "'¿qué nos está pasando?". Gaspar quisiera. Él quisiera sentarse en la cama y llorar abrazado a Ián y pedirle que por favor vuelvan a casa o que haga algo para que todo esto no se sienta tan mal como se está sintiendo ahora. Pero no tiene el valor y en una de esas sus ojos lo demuestran e Ián puede leer. Gaspar no sabe si Ián lo leyó. Se siente un poco mareado. Ián le da un apretón en su cadera y después se pone de pie y parte hasta su habitación. Se mete al baño y se va a los quince minutos y no le dice chao aun cuando sabe que él sigue lavando las cosas en la cocina. - A Ián no le gusta su trabajo, pero pagan bien. Está sentado en una oficina frente a un ordenador y tiene una buena vista de los canales que cruzan las calles. Su horario es desde las 9:30 hasta las 16:30 porque no se toma su hora de colación. Los primeros días de trabajo corría de metro en autobús para llegar a casa y comer con Gaspar, solo para darse cuenta de que Gaspar no había salido de la cama desde que él se marchó en la mañana. Le ha costado entender a Ián. Pensó que todo iba a ser más fácil. Creyó que el escape iba a ser una especie de idilio utópico que solo los preocuparía a ellos dos y al bebé. Se lo había prometido desde el día en que todo ocurrió. Una tanda de besos por la mañana, una espera ansiosa durante la tarde, noches en vela de pasión y de calor, pero nada de eso había sucedido. Por alguna razón, Gaspar no sonreía, no se erizaba cuando lo tocaba, no dormía abrazado a él, no correspondía sus caricias, se levantaba en las madrugabas, actuaba como si todo el mundo supiera ahí que ellos eran hermanos y nadie debía notar nada extraño. . Es una rutina agotadora e Ián piensa que tal vez hicieron algo mal. Delft es tan bella que no puede entender en dónde se equivocaron. Ese día, decide llegar al hostal a la hora que sea. No corre hasta alcanzar el metro, se suelta la corbata, acepta salir con sus compañeros de trabajo a tomar algo y mira con indiscreción a la omega rubia que le ha estado dando señales desde el día que llegó allí. No le avisa a Gaspar. No le dice "voy a llegar más tarde". En realidad, le da un poquito igual. Capaz que a Gaspar no le interesa. Capaz que se sienta mejor estando solo. Ián acepta bailar una que otra canción pegajosa cuando los demás alfas le preguntan si es verdad eso de que los latinos se mueven bien. Toma hasta que se siente un poco mareado. La omega rubia está siempre ahí, siempre pendiente, siempre observándola desde la cabeza a los pies. A las doce y media de la noche, pide un uber. Aleja a la omega rubia que le sugiere quedarse en su casa por protección. Su teléfono tiene varias llamadas perdidas de Gaspar, pero ha estado en silencio, así que pasaron inadvertidas para él. Al hostal llega a las una. Su habitación está en penumbras, pero a los ojos de Gaspar, esos ojos de gato, los pueden reconocer incluso dentro de una tormenta. - — ¿Estuviste tomando? —esa es la primera pregunta que Gaspar le hace cuando cierra la puerta. Al principio no le contesta y se sienta en la cama, se saca los zapatos, se desabrocha la camisa y Gaspar le sigue, como un perrito o un animalito enojado, dando vueltas a su alrededor. — Gaspar, déjate de joder un rato, por favor. —responde harto, acurrucándose en la cama, sin piyama, sin lavarse los dientes, sin hacer nada y eso parece poner a Gaspar más ansioso o más alerta o más molestoso, no está seguro. Lo siente cerca de él, siente su mano agitando su hombro y gruñe entonces para que lo deje tranquilo, pero no sirve, no sirve nada. Gaspar abre la boca de nueva. — No estoy jodiendo, solo te estoy preguntando si tomaste. Son la una de la mañana, ¿por qué no me avisaste que ibai a llegar tarde? ¿Te viniste en auto? No conocemos este barrio, no sabemos cómo son las cosas... y te estaba esperando para comer. Pudiste haberme llamado. Te llamé un montón de veces, pero no me contestaste nunca. Ián cierra los ojos con fuerza. — Salí con mis compañeros del trabajo a tomar algo, ¿contento? No escuché el celular y mirará, Gaspar, estoy demasiado cansado —dice, sin atreverse a mirarlo— No tengo cabeza para esto ahora, lo único que quiero es descansar, ¿dale? Gaspar se aleja lentamente, con el ceño fruncido. No hay ningún ruido y recién ahí Ián se decide a verlo, con los ojos medios nublados por el trago y por el sueño. La mueca en la cara de Gaspar es indescifrable. Parece herido o consternado o abatido o una cosa entre medio de todas esas, Ián no lo sabe. La parte de él que le grita abrazar a su omega y consolarlo lucha con rabia frente a las situaciones ya la realidad. Al final cierra los ojos, apoya la cabeza en la almohada, pero Gaspar no tiene ganas de quedarse callado. — ¿De verdad podría ser tan egoísta? —musita, con mucha suavidad y entonces Ián parpadea y lo mira desde la cama. Se incorpora lentamente, con las cejas juntas y un hormigueo incómodo en las manos. Gaspar luce como el día en que lo abandonó en el aeropuerto, esforzándose por no llorar. - ¿What? —responde él, sin entender. — ¿De verdad podría ser tan egoísta? —repite Gaspar— Tú estás cansado, tú estás chato, tú no tengo cabeza para escucharme... tú nunca tengo cabeza para escucharme. Yo también estoy cansado y estoy chato. Me carga este lugar. Me carga dormir en esta pieza, me carga tener que comer afuera con toda la gente, me carga tener que cocinar y lavar, me carga estar esperando guagua, pero a ti eso te da lo mismo. —Las lágrimas que están peleando por bajar con parsimonia por las mejillas pálidas de Gaspar, Ián podría contarlas todas— Lo único que quiero es volver a mi casa. Quiero volver a ver a mis papás ya la Colomba y al Bruno. Pero a ti esa hueá te da lo mismo. A ti todo esto te da lo mismo. Antes de tener la opción, Gaspar se gira, le da la espalda y camina a la ventana, con pasitos cortos, pero rápidos e Ián salta desde la cama con el corazón retumbando dentro de su pecho. Él puede olerlo. Puede oler su pena y su rabia y su nostalgia y lo rodea hasta que Gaspar deja de moverse y cae rendido a él, llorando su tristeza con fuerza justo ahí en su pecho. La luz de la luna empinada fijamente los ilumina en el recorrido hasta la cama. Ián se deja caer y se lleva a Gaspar con él. Lo abraza tanto y tan fuerte que no se da cuenta de que él también ha comenzado a llorar y que se han convertido los dos en un estropajo húmedo y un revoltijo de pena y de dolor. Ián se pregunta cuándo fue que sucedió, ahora más que nunca. Cuando el sueño se hizo pedacitos. Quisiera preguntárselo a Gaspar, pero Gaspar está llorando y le está mojando el cuello de baba y de mocos. Ián le deja un beso en el pelo y después lo separa y le deja otro beso en los labios también y no se atreve a decir ni una palabra porque no tiene idea de cuáles son las palabras correctas para sanar el dolor o para pedir perdón o para arreglarlo todo. - El día luego de la pelea y el llanto es sábado y no hay prisa por nada, así que Ián se toma su tiempo para hacerle el amor a Gaspar. Recorre con sus manos todo su cuerpo y toca entre sus dedos sus costillas tersas y delicadas con mucho temor. No quiere romperlo. Gaspar tiene los ojos hinchados de tanto llorar y él tiene la nariz roja, entonces son una buena mezcla. Se lo susurra despacito y Gaspar sonríe apenas, cerrando los ojos, pero Ián no sabe si lo hace para que no pueda verlos o porque tiene ganas de irse volando a algún lugar más allá. Él tiene deseos de cogerlo tan profundo que no vuelva a querer irse más de aquí, de su hogar que es solo a su lado. Sus manos aventureras cruzan por el pecho de Gaspar y cuando gira su dedo por la aureola de sus pezones consigue el primer sonido prohibido. Un conjunto de rabia y de goce al mismo tiempo. Gaspar no abre los ojos e Ián cree que no tiene planeado abrirlos durante todo esto y no sabe qué pensar. La primera vez le dijo "te quiero estar mirando". Hay un millón de cosas que hacen esta vez diferente y él no sabe si eso también supone que sea mejor. Es una reconciliación difícil. Una llovizna que sucede de repente. Ián le deja un beso en el vientre. Uno solo primero y como no tiene reacción, deja otro y entonces Gaspar suspira y abre los ojos para mirarlo hacia abajo, juntando las piernas, estirando los dedos, Ián le mantiene las piernas abiertas y vuelve la máscara de insensibilidad. A punta de besos lo va relajando. A punta de besos lo va pillando. No ha habido otro cuerpo como este, piensa Ián al rato. Mientras lame la puerta de su interior, lo puede oír gemir, lo puede mirar hacia arriba y darse cuenta de sus ojos cerrados y sus pómulos colorados y su boca abierta. No habrá nunca otro cuerpo como este, no habrá nunca otro omega como este. Su sabor le calma, sus sonidos lo aceleran, su olor lo enloquece. Dentro de su cuerpo está el calor del infierno y él lo toma con gusto. Acomodándole las piernas sobre sus hombros, el roce de sus pieles, el ir y venir... Gaspar no abre los ojos hasta que Ián cabalga su orgasmo, su voz ronca cruza toda la habitación. Cuando está más tranquilo, Ián le da un beso y cae al otro lado, entonces Gaspar no cierra los ojos ni le quita la vista de encima en ningún momento. A Ián no le importa en realidad, así que le besa el hombro. Un ronroneo suave, suave, suave e Ián pestañea y pregunta: — ¿De verdad odias tener al bebé ahí? —y le toca su guatita y por primera vez en dos meses, Gaspar se encrespa entero. — No —le contesta e Ián puede oír su voz desvaneciéndose poco a poco— No realmente. - Gaspar está sentado en la salita de espera y sonríe cuando ve cruzar a Ián desde el primer piso. Su encuentro es una necesidad muda. Se dan un beso rápido y después se mueven hasta el mesón de atención, donde una muchacha morena los ve con amabilidad y les pregunta con qué doctor tienen hora. Martín Hernández, murmura Ián y Gaspar mira las imágenes pegadas en la pared: mujeres con sus hijos, hombres con sus hijos, una calendarización de las semanas de embarazo, precauciones y qué no hacer, qué hacer... el médico que eligieron es un latino, se lo dijo la señorita por el teléfono. La muchacha en el mesón les pide que tomen asiento y esperen e Ián conduce a Gaspar de vuelta a las sillas y le ayuda a acomodarse, aunque Gaspar rueda los ojos. Habían hecho un acuerdo tácito con sus miradas después de esa mañana, de trabajar para hacer las cosas mejores. Esta es su primera ecografía, justo a las 12 semanas y hay muchas cosas extrañas que le dan vueltas alrededor. Ián le coge la mano con delicadeza, enreda los dedos con los suyos y en sus ojos siempre hay un poder tranquilizador innato y conmovedor, así que Gaspar apoya su cabeza en su hombro y mira a algún otro lugar y se quedan así hasta que oyen la voz del doctor a través de los parlantes, diciendo su nombre: Gaspar Follert, consulta 3. El doctor Hernández se parece a Papá y Gaspar frunce el ceño cuando lo ve por primera vez y busca de inmediato la mirada de Ián, solo para ver si él ha tenido la misma impresión. Ián parece más ocupado examinando la consulta, oliendo los alrededores, asegurándose de que el médico es un beta, tal cual se lo dijeron allá afuera. Martín les sonríe mucho, los invita a sentarse, les habla en neerlandés hasta que Ián levanta la mano y le dice que hablan español, con ese tonito, ese acento que no ha querido olvidar y Gaspar puede ver cómo al doctor le cambia la cara. — ¿Sos argentino? —pregunta Martín e Ián enarca las cejas. Gaspar rosa su rodilla con su propia rodilla. Es confuso e inesperado. — No, somos chilenos los dos —responde Ián, pero el doctor no deja de sonreír. — Yo viví unos años en Argentina, por eso se me pegó el acento. — Pero de todas formas, nos separaba una cordillera nada más. Yo soy de Buenos Aires, hace años que no veía sudamericanos por acá —Martín contesta, anotando algo y después de una cháchara emocionada, que Ián y Gaspar corresponden con menos emoción, se dedica a preguntar por el embarazo incipiente— Muy bien, ¿hace ¿Cuánto hizo la unión? Gaspar mira a Ián e Ián entiende. — Tres meses —contesta con cuidado. — ¿Tu primer embarazo? —le pregunta Martín a Gaspar, mirándolo con fijeza y entonces Gaspar puede notar recién ahí que tiene los ojos verdes y pecas en la nariz y de pronto, fugazmente, aparece en su mente la cara de su Papá y tiene que pestañear muchas veces para evitar cualquier sentimiento que pudiera filtrarse fuera por sus hormonas y los cambios. — Sí —sonríe levemente, como si nada estuviera pasando. La mirada de Ián está sobre él de todas maneras y, de repente, siente su mano colarse por debajo de la mesa, hasta atrapar la suya. — ¿Tu primer cachorro? —pregunta a Ián. — Por supuesto que es mi primer cachorro —la voz a la defensiva de Ián hace a Gaspar rizarse levemente. El doctor Hernández no responde y, en cambio, teclea con velocidad viendo a la pantalla sin parpadear. — ¿Tomaste el vasito de agua como te indicaron? — Sí, no, él fue al baño. Tengo ganas, pero me estoy aguantando. Gaspar hace una broma inocua y Martín sonríe, pero todavía no lo mira. — Vale, solo necesito saber algunas cosas y pasamos a la camilla, ¿está bien? Primero, ¿alguna enfermedad congénita en la familia, de parte de cualquiera de los dos? Tenemos la misma familia, Gaspar piensa en su cabeza y sabe que Ián está imaginando lo mismo. —No, nada. Ay, mi Tata tenía glaucoma. Mi abuelo —aclara inmediatamente— Pero nada más. — ¿Número de partos naturales en la familia de los dos? — Yo y mis 3, perdón, mis 2 hermanos nacimos de parto natural. —la tensión para Gaspar es ardiente y quema y no hay ninguna forma de salir de esto y saberlo duele aún más. — Soy hijo único —Ián miente— También nací de parto natural. — Perfecto —murmura Martín y deja de escribir con un sonidito seco— Recostate en la camilla, subite un poco la capucha y desabrochate los pantalones. Te voy a aplicar un gel en la panza y vamos a ver a tu bebé. Ián —Martín le llama, como si intentara recordar su nombre— podría traer la silla y sentarse justo aquí al lado de tu omega. — ¿Es verdad que podemos escuchar su corazón? —pregunta Ián, después de ayudar a Gaspar a subirse a la camilla. Gaspar se pone a reír, pero muy despacito, acomodándose encima mientras Ián luego levanta la silla gris y la pone tan cerca como puede. El doctor Hernández enciende la maquinita, toma un tubo y asiente muchas veces. Gaspar suspira profunda y dolorosa por la sensación fría y húmeda en su guatita. —Sí, es verdad. También puedo darles una impresión de la primera imagen de su bebé, como recuerdo. Hay muchas cosas extrañas en esa habitación. La camilla, el olor, las fotos pegadas en la pared, los instrumentos, la maquinita que suena, el transductor que Martín coge y comienza a deslizar justo sobre su vientre y Martín, Martín... Gaspar piensa en Marcos y se le ocurre que tal vez estaría feliz, dándole un abrazo y besándole el pelo y acunándolo o sentándolo en sus piernas y repitiendo que él era su nene, su bebé, su niño y que la guagua que estaba ahí no era un error, que iba a traer, en vez, felicidad a la casa. Que no puede creer que su bebé vaya a tener un bebé. Y Manuel... Gaspar quisiera preguntarle tantas cosas. Pa, ¿es normal todo esto? Pa, ¿es normal que me duela la espalda? No tengo ganas de comer, ¿me voy a enfermar? Oye Pa, ¿te acuerdas de las canciones que me cantabas cuando yo era chiquitito? Le voy a cantar las mismas a mi guagua. Pero Marcos no está, tampoco está Manuel, no está la Colomba ni está el Bruno. Ahí en Holanda, en ese hospital y en esa habitación están Ián y un doctor que se llama Martín Hernández y si Gaspar cierra los ojos por instantes, el pensamiento de las imágenes mimetizadas de Martín y de su Papá le deja tranquilo. — No veo bien —Ián rompe el mutismo en el que habían caído, así que Gaspar parpadea remisamente. La imagen en la pantalla está bien difusa, le hace fruncir el ceño. Observa a Ián e Ián le ve de vuelta con la misma mueca. Es una cosa gris y blanca y un poco negra y no tiene mucha forma, hay un poco más de color aquí y allá... — ¿Dónde está el bebé? — No se ve un bebé en la pantalla... —Martín mueve en círculos el transductor y Gaspar se incorpora un poco. La mano de Ián, agarrada a la suya, le acaricia el dorso hacia arriba y hacia abajo. — ¿Tiene algo malo? —vuelve a preguntar Ián, pero Martín sonríe, siempre sonríe. — No, al revés, no es uno solo, son dos bebés. Miren, ahí hay un feto y el otro está justo al lado, esas son sus cabecitas y esas sus piernas y sus manos. Son mellizos, eso sí, no gemelos. Se notan dos placentas. Los mellizos nacen de dos óvulos distintos, pero ¿quieren escuchar sus corazones y así nos aseguramos? Ián tiene que contestar que sí porque Gaspar está mudo, pero él tampoco habla cuando los tres se quedan en silencio y el cuarto se llena de latidos fuertes y retumbantes, boom boom, boom boom, boom boom; el doctor dice que sí, que son dos. Gaspar se da cuenta de que es verdad. De que sus hijos están ahí, creciendo a pesar de la rabia y de la pena y de la melancolía y la nostalgia, que se han quedado pegados, bien agarraditos, se da cuenta de que todo esto que está pasando, está pasando de verdad. Mira a Ián con los labios entreabiertos. La cara de Ián está en un punto nebuloso; parece confundido, sorprendido, emocionado, pero feliz, feliz, feliz, porque lo mira de vuelta y le sonríe al final, le aprieta la mano, con la otra le acaricia las mejillas y Gaspar cierra los ojos, respirando su olor y sintiéndose tranquilo, Cuidado, querido y en paz.
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