— María se río de mí, de nuevo. Siempre que me ve con usted, se ríe. Dice que nosotras, las putas, seguiremos siendo putas hasta el resto de nuestras vidas, que nosotras no tenemos oportunidad de nada. Le dije que quería una familia –se ríe suavecito. Manuel frunce el ceño, sin entender mucho— Es el sueño de todas las mujeres. Y a mí me gustaría. Tener algún día un esposo, niños, yo quisiera una bebita... una bebita para ponerle Daniela. ¿Le gusta ese nombre a usted, Manuel? Daniela.
—Es lindo.
— Es lindo –repite y reflexionando, restriega su mejilla por la remera de Manuel— Yo sería buena mamá... a mi bebita no le faltaría nada, tengo ahorros, ¿sabe? Pero lo más importante es que yo estaría con ella siempre. Siempre, siempre, siempre. Noía permitir que ni la muerte me quitara de su lado.
Manuel es pésimo comprendiendo las emociones de los demás, pero le han contado que cuando alguien habla así, en tono bajito, con la voz dulzona, con los ojos ahumados, es porque se está melancólica y para eso, no sirven nada más que las caricias en el cabello. Y él se las da, sintiendo como Catalina se relaja y sus músculos dejan la tensión que les invadía hace momentos. Oye su respiración calmada, siente lo húmedo de sus lágrimas en sus muslos y él simplemente la contiene ahí, porque, sinceramente, nunca ha tenido mucho para ofrecerle.
Solo con seguir la efímera trayectoria de aquellas caricias a veces frías, a veces cálidas, uniéndola toda, Catalina volvió a verso pequeñita, aferrada a la pollera de su madre, estrechándose ambas entre la multitud uniforme que henchía el interminable puerto que solían visitar para año. nuevo, donde se refugiarían las sombras de la noche, mientras arriba, sobre la extensión azul corrían haciendo zigzag los crespos luminosos de innumerables culebrillas de fuego.
Sintió otra vez los brazos de su madre cargándola, y sobre la masa del gentío, sus ojos, maravillados ante ese espectáculo de magia seguían con asombro el caprichoso ir y venir de la serpiente que persigue maripositas entre todo el ruido. Su madre tuvo la fuerza para sostenerla en brazos hasta el espectáculo final y al reventón de algunos cohetes aislados desde los barrios cercanos y no oficiales, comenzó el desbande general. Los niños miraban caer chispas por la pólvora como diamantes que se desgranan sobre un abismo insondable. Y se decidió a caminar, arrastrando los pies, con su poco de pena ante la oscuridad de las calles, después de que llevaban encandilados todavía los ojos por aquella fiesta de hadas que contemplaron de prisma y cuya fantástica gloria de luna deslumbraría sus sueños durante muchas noches... acaso durante una vida entera.
Volviendo a ningún lado, de la mano de su madre, aún miró una vez más a la inmensidad tranquila, donde ya solo lucían los destellos de las luciérnagas y los cánticos imperceptibles. Apretó más la mano de su mamá y partieron a vivir solas, como toda la vida.
Esa madre, que Dios le había arrancado a los quince años. Que la había dejado a su suerte. Que había cooperado poquito, poquito para ver a su niña convertida en la prostituta actual. La pobre Catalina vivió vulnerable a cualquier mano negra que quisiera jugar con ella.
Y hoy es simplemente lo que es.
oh
oh
— Oiga, jefe, ¿no quiere tomarse un traguito antes de...?
—No, no quiero trago. Te quiero a ti.
— Ay, tómese esta copita. Mire, es vino chileno, ¡sabe lo rico que es el vino chileno! Tómese un poquito, por mí.
— Hombre, yo quiero probar otra cosa chilena.
Manuel tira de él en un beso hambriento, y le abre las piernas sin recatos.
—Y lo va a hacer. ¡Hace tanto que no nos veíamos! Pero tómese este vinito primero, oiga, si se lo hice con tanto cariño. Tómeselo mientras yo le hago un regalito.
— ¡Manuel, Manuel, Manuel, cariño! ¡Te había extrañado mucho!
El moreno se retuerce y deja a Arthur sentado en la cama, con la copa de vino en la mano, pero sin beberla aún. Sus manos frías y blancas van a desabrochar el botón de los jeans, luego a bajarlo por sus rodillas y repite el procedimiento con la ajustada ropa interior negra. El contraste entre lo cálido de la piel de Arthur y sus manos congeladas es tan extremo que el inglés da un saltito. Después se ríe y pasa sus uñas por los cabellos de Manuel, felicitándolo, porque es un buen perro.
— ¿Se tomó la copa? –pregunta él, como hablando con un niño.
Oye a Arthur tragar y de reojo lo ve limpiando la boca. La midazolam debe ahora hacer efecto en cuánto, ¿membrillo, diez minutos? Manuel se entretiene jugueteando con los muslos pecosos de Arthur, ¡le encantan sus pecas! Le encanta la gente con pecas. Cuando se acostó con Martín, estuvo rozando las pecas de sus hombros toda la noche, ¡no puede evitarlo! Es como un fetiche. Al igual que el pelo rubio, a él le hubiera gustado ser rubio. Nunca he pensado en tener un hijo, pero si lo tuviera, ojalá fuese rubio.
Arthur no hizo más movimientos en exactos quince minutos, tal cual la enfermera le había dicho. Manuel se limpió los labios con elegancia y se puso de pie, dejando que su jefe cayera dormido en sus edredones azules como un infante. Buscó entre los bolsillos de sus pantalones la llave del subterráneo que estaba unida a otra más pequeña, supuso que era la de la jaula en la que Alfred estaba atrapado y con todo en mano se dispuso a terminar con este embrollo.
Cuando llegó al lugar oscuro, que solo alumbró con su celular, tenían tres jaulas. Dos de ellas vacías. Alfred se encontró en la última y el olor a muerto era más fuerte de lo que hubiera podido imaginar.
— ¿Por qué ese olor, Alfred? –preguntó, pero no hubo respuesta. Manuel podía sentir los ojos azules del gringo fijo en él—.
— Deberías saberlo –dijeron por fin. Manuel irritante.
— ¿Arthur te disparó?
— Las curaciones a mi pie no han sido suficientes.
- Lo siento. Un montón. No, realmente no. En fin, Alfred, hace mucho que no nos veíamos.
— ¿A qué vienes? –y finalmente se dejó ver. Manuel observó a un hombre demacrado, sucio y apestoso.— ¿Me vas a matar por haberle dicho todo a Martín?
— No. Yo no soy de tu calaña. A mí no me sirves muerto, Alfred. A mí me sirves vivo. No como tu pololo. Tu pololo era un inútil que no servía para nada, no, supongo que algo bueno tendría que haber tenido, porque, ¿te acordai de tus caderas? Se le movía como...
— ¡No te atrevas a hablar así de él, hijo de perra! –gruñó Alfred, apretando entre sus manos los fríos fierros de la jaula.
— ¡No, Alfred, no insultes a mi mamá! Mis padres me criaron y me cuidaron lo mejor que pudieron. Yo no los culpables. ¡Y no me seai' tan pesao' conmigo tampoco! Yo vine aquí para liberarte –y como si nada comenzó a abrir el candado que aseguraba el presidio de Alfred. El rubio lo miraba pasmado y desconfiado—.
— ¿Por qué harías eso? ¿Qué pasa con Arthur?
—Arthur no sabe nada. –contestó concentrado, hasta que consiguió su cometido. Sonriente, meneó el candado de un lado hacia el otro, abriendo la jaula para que Alfred fuera libre.
Pero Alfred dio unos pasos con miedo, que luego detuvo y volvió a imitar. Cuando se encontró fuera de la jaula, miró fijamente a Manuel. La sonrisa inalterable en los delgados labios del sicario hizo que se le pusieran los vellos de punta.
— ¿Por qué? –cuestionó por vez última.
— Esos niños te necesitan –respondió Manuel con naturalidad— Necesitan a daddy Alfred. Mami Matthew ya se fue al cielo.
El gringo se le quedó viendo con la mirada propia de los que temen. Manuel lo sabía. Él sabía. Y si él sabía, quizás muchas otras personas más también y entonces sus niños...
— No te preocupa, gringo, nadie más sabe. Solo yo. ¿Te dai cuenta? Los dos sabemos cosas de ambos que son bien valiosas.
Alfred se acarició las muñecas por pura costumbre. Luego echó a correr escaleras arriba.
Y ni recordé que su tobillo estaba hecho añicos.
oh
oh
— Y nos llega una noticia del último momento. Hace pocos minutos fue encontrado un cuerpo mutilado en un prestigioso club de la ciudad, correspondiente a una mujer, de edad indescifrable y rostro completamente destrozado. Se hallaron escritos propios a su condición de prostituta en su estómago y sus piernas, y se presume que murió desangrada, debido al corte en su cuello. El cuerpo ha sido llevado al hospital más cercano donde se harán las pruebas necesarias para confirmar su identidad. El caso ha sorprendido en principio por la brutalidad y el ensañamiento. Estaremos informándoles pronto acerca de cómo va evolucionando.
Victoria apagó la televisión y Martín le miró abierto.
— ¡Adiós a nuestro trío!
Advertencia: en este capítulo hay referencias a abuso s****l infantil.
Leer bajo precaución.
El aspecto del salón se ha modificado a tal extremo, que parece como si un huracán hubiese arrasado con toda la bonita decoración de su interior, rebajándolo a nada peor que la anarquía completa, llena de papeles recortados, armas en el suelo y el hastiador, el molesto ruido de los instrumentales de The Clash sonando una y otra vez en el único artefacto que mantiene sus funciones correctamente: la vieja radio alemana de Arthur. El resto de sus cosas bonitas, sus sofás caros, sus adornos exclusivos, sus cortinas holandesas, sus otros muebles daneses han pasado a formar parte del caos absoluto que reina dentro de su otrora rígida habitación, aunque hay que admitir que nada, nada, es más frustrante que mirar los rostros aturdidos y fastidiados de sus sicarios, sin que ninguno, ni un puto hombre se atreviera a hablar.
— ¿Entonces se fue solo? ¿Se construyó una llave, abrió la jaula, caminó por el pasillo como un gran invitado, le dijo adiós a los guardias y se marchó? ¿Es eso lo que están tratando de decirme? ¡Respondan, carajo!
Luciano carraspea tocándose el cuello, pues está nervioso. Roderich se ve ofendido. Kiku luce tan calmado como siempre, los Vargas tiemblan con ligereza y Manuel se tambalea hacia uno y otro lado como lo hace cuando está aburrido.
— ¡Así que no quieren hablar! ¿Qué tendría yo que suponer? ¡No! ¿Cómo debería yo castigar este atrevimiento suyo?
La vieja radio alemana hace un ruidito molesto y poco después comienza a escucharse en el despacho la voz de Paul Simonon, grave, seductora y ronca, tocando la fibra más íntima del único sicario que tiene la cabeza en las nubes en este mismo momento. Y es que Paul Simonon le trae tantos recuerdos. Se sonríe solo. Cruza las piernas por ese estremecimiento que le recorrió las entrañas dejándole con la exquisita sensación de lo ocurrido. When they kick you out from door, how you gonna come? With your hands on your head or on the trigger of your gun? ¡Eso! Cuando lo echen a patadas de aquí, ¿cómo se va a ir? ¿Con las manos en la cabeza o...? ¡Con las manos en otra parte! Manuel se tapa la boca porque es de muy mala educación reírse cuando el jefe está hablando. Pero es que Paul, Paul, The Clash y The Guns of Brixton. Manuel es definitivamente no un exhibicionista pero no tendría ningún problema en sentarse sobre Arthur en este precioso momento, mientras habla con tal tono, y montarlo como en los viejos tiempos. Así, con todo el mundo mirando y con Las armas de Brixton de fondo, viéndole las pupilas tan dilatadas, ese pelito pegándosele en la frente, las pecas de su nariz y su pecho lampiño que rasguñaría gustoso.
Las ganas que el recorren el cuerpo ahora. Los deseos que siente. Y Arthur habla que habla sin callarse nunca. Echa un vistazo a sus compañeros. ¡Por qué es tan buena persona! Curva su carita. Jefe, por favor.
— Igual, si usted sigue interrogándonos de ese modo, probablemente no vaya a saber nunca quién dejo irse a Alfred –dice, y los muchachos se le quedan mirando. El ceño fruncido de Arthur no hace más que avivarle el calor de la ingle.
— ¿Y por qué no?
— Porque nadie sería tan tonto de decírselo.
— Y tú te crees muy inteligente.
Jefe, jefe, jefe, si supiera usted cuánto lo calienta cuando lo desafía. Manuel se lame los labios.
— Manuel tiene razón –susurra Roderich, con su pose aristocrática.— Además, ¿por qué no va e interroga a los guardias? Esos inútiles tuvieron que ver algo.
— Sí, bueno, me mataron a dos. –ironizó Kirkland tocándose la frente. Cada uno de sus movimientos era vigilado incansablemente por Manuel, y you know it means no mercy.
Hubo unos instantes de silencio largos, donde no se oyó nada más que a Paul cantando, crush us, bruise us, and even shoot us. Arthur estaba pensando la situación y su mente está llena de brumas, se le hace difícil, se siente tan molesto, tan enojado consigo mismo y con la gente que lo rodea, golpea bruscamente la mesa con sus puños y echa afuera a todos, a cada uno de sus inútiles trabajadores. Pero Manuel no se va y se acerca con disimulo a la radio alemana para colocar la canción desde el principio y asegurarse que no se cambie nunca más, suavecito abraza a Arthur por la espalda, apoyando una de sus mejillas en su nuca que huele tan bien.
El inglés suspira resignado.
— ¿Quién crees tú que fue? –Pregunta con un tono afligido— ¿Quién fue el que liberó a Alfred?
Manuel le da un beso en los cabellos más cortitos de su cabeza.
— Yo creo que no fue nadie. Yo creo que se fue solo.
— ¿Y cómo podría haber sido eso? Me preocupé de cuidarlo tanto, las llaves siempre estuvieron conmigo, ¿y no te das cuenta de la suerte que tiene ese hijo de puta? Cuando me dijo que Martín sabía todo y tú estabas con él... Tuve tanto miedo –y se da la vuelta. Manuel le mira con los ojos templados y la respiración agitada. Arthur le acaricia las mejillas— Tuve tanto miedo de perderte. Si a ti te pasara algo, si alguien se atreviera a arrancarte de mi lado...
Esos ojos preciosos que tiene Arthur han sido siempre la perdición de Manuel. Ese acento, la voz rasposa también. Sus narices tan cerca, puede sentir su calor de tal manera, puede olerlo, saborearlo, probarlo, lanzársele encima y devorarle la boca pero habla él primero, arruinando cualquier amague de cazador.
— Cómo es imposible tenerte siempre junto a mí, Manuel, dime cómo eso puede ser imposible –Arthur murmura acaloradamente contra su cuello, deslizando con la suavidad de un ave sus dientes blancos contra la piel firme y dulce.
— No es imposible. Usted me tiene siempre donde quiere.
— Te quiero tener más. Esto no es suficiente. Cuando estoy contigo nada es suficiente. Te quiero para mí, todo para mí y solo para mí.
Manuel exhaló, extasiado.
— Si fuera posible amarrarte, mi amor, tenerte siempre cerca para poderte controlar; saber cada paso que das... si sales o si entras, si vienes o si vas...
Un pequeño oh, fue lo único que abandonó los labios de nuestro sicario.
— Te quiero para mí.
Fue cuando Arthur lo besó, bruscamente contra sus fríos labios, al ritmo de Guns of Brixton, con toda la euforia de la desaparición de Alfred y esa extraña confianza en él, en su inocencia, en su delirio, en su locura, que la siempre intocable coraza de hielo que protegía todo su contorno se deshacía de a poquito por el fuego que se desprendía de su sola piel lechosa. Esos labios jugando con los suyos, matándole como solamente Arthur tiene el poder de matarle, sus pechos subiendo y bajando, en sintonía, sus piernas uniéndose, sus manos recorriendo, como un rompecabezas, encajan perfectamente, me encajas perfectamente, aráñame, muérdeme, amárrame se le escapa de entre sus dientes filudos y Arthur, Arthur le mira como si no hubiese mañana.
Es que este día va a durar para siempre.
Manuel se despierta y no está seguro qué día es; cuánto ha pasado desde que él y Arthur no se dan tregua el uno al otro. Cuando abre los ojos y pestañea dolorido y quiere levantarse porque tiene un vacío raro en el estómago, se da cuenta de que su muñeca está sujeta a uno de los pilares de la cama y recuerda así nada más que no ha terminado todavía. Hay una sensación de hormigueo recorriéndole desde la punta de los pies hasta los cabellos de la nuca, como si estuviese lleno y se sintiera completamente satisfecho y cuidado.
Perezoso, se mira hacia abajo, se mira los muslos blanquitos y lampiños que tiene, están llenos de moretones ahora, las piernas largas, contorneadas, arañadas y moradas, las caderas parecen haber sido sostenidas por garras, y su brazo, ese que está sujeto, tiene varias marcas de pinchazos. Manuel sonríe, mañoso. Arthur se sienta a su lado acariciándole la frente, alejando algunos pelillos que se le cuelan y le tapan esos ojitos que tiene, le da un beso en la punta de la nariz y otra vez la aguja se le mete adentro de su vena azul. Manuel aspira profundamente.
De nuevo el hormigueo.
Por el brazo primero, pasan los minutos, y por todo el cuerpo y se siente tan bien.
Es como si estuviese flotando, se siente así, exactamente así, vuelve al comienzo, es un feto flotando en el cálido ambiente de mamá. Sin preocupaciones, sin temores, sin recordatorios, libre completamente.
Se retuerce, se estira, se vuelve a enroscar.
— You like it? –susurra Arthur, y Manuel asiente, abriendo las piernas, invitándolo, se siente en el cielo pero le falta Arthur.
El inglés inyecta en su brazo la misma aguja que le clavó a Manuel, negando con la cabeza, riéndose un poquito, estoy limpio, estoy limpio, le asegura, y casi de inmediato él es presa también del encanto que rodeaba todo el cuerpo del sicario. A duras penas le sujeta las piernas en los hombros, y llevado simplemente por los deseos que le caminaban entero, vuelve a sumergirse en el dulce infierno que vive todos los días desde que se vieron por primera vez. Vuelve a disfrutar, a sentirlo, a rasgarlo, a destrozarlo, a quererlo, a adorarlo, a romperlo, a abandonarlo. Vuelven los dos a empaparse del orgasmo exquisito que durará para siempre; vuelven los dos a gozar el sexo y la heroína como dos compañeros inseparables. Vuelven a pertenecer a esa habitación por el tiempo que dure el efecto de la droga. Vuelven a fundirse junto a las Armas de Brixton.
En el instante en que se termina, ninguno de los dos sabe quién es el primero en buscar la jeringa, pero ya no queda nada, está vacía.
Manuel sonríe tranquilo.
Le gusta encontrar la jeringa vacía, porque entonces significa que puede detenerse. Y que tiene una excusa para no probarla otra vez. Por lo menos hasta que Arthur se lo pida.
O
O
— Me da asco este tipo de gente, siento náuseas. Bueno, no es mi problema de todas maneras, pero el hombre ese me debe dinero. Si te encuentras a alguien más, me da exactamente igual lo que hagas con él, pero no me llegues aquí con estorbos, Manuel –murmura Arthur, casi compuesto de nuevo, mientras busca la ropa que ha sido abandonada en el piso.
Manuel asiente, todavía un poco mareado, lo ve mirarse al espejo y acomodarse la corbata.
— Tengo hambre. ¿Puede darme viático?
El inglés se ríe. Esa sonrisa es tan preciosa. Se gira y le tira la billetera, despreocupado.
— Saca lo que quieras. Estás muy delgado, Manuel; come mejor, niño.
— Mmm, ¿por qué no me da de comer usted?
— ¿Qué quieres comer? –pregunta con ojos vivos.
— Longaniza con huevos.
Manuel se echó a reír, tapándose la cabeza con la almohada, ese lado tan infantil que resalta solo cuando está con Arthur hace que le brille la cara.
— Ponte de pie, holgazán. Hay mucho que hacer hoy.
En fin, que Manuel se frotó la cara y se pone de pie en un santiamén. En menos de quince minutos se ha duchado, peinado, vestido y perfumado, echa un vistazo al reloj que marca las doce del día siguiente. Cuando está con Arthur, el tiempo vuela.
A pesar de que todavía se siente extraño y un poco extasiado, conduce por las calles de Londres en busca de la dirección que Arthur le escribió. Es un conjunto de departamentos en los barrios más pobres, y él se extraña porque su jefe no suele hacer contratos con ese tipo de gente; pero es su trabajo, por lo tanto estaciona el auto (y no teme que se lo roben porque por allá saben que él es un sicario y que quien lo toque no vive para contarlo), habla con la mujer que limpia los costados de la calle y pregunta por cierto hombre. Le dicen que vive en el piso quinto. Manuel asiente y camina tranquilamente, en el pasillo se topa con un muchacho que le entrega una llave y le sonríe y se va como apareció, de la nada.
El quinto piso está solitario y la puerta 304 está manchada. Manuel la abre y entra y es como si no hubiese nadie. Y se prepara él para empezar todo otra vez, con un arma entre las manos.
La casa estaba oscura y los pasillos rodeados por leves penumbras. El silencio se imponía y creaba tal sensación de incomodidad que Manuel jamás pensó sentir, era como si se la vertieran desde la cabeza hasta los hombros y se deslizara por su cuerpo como agua, sentía que estaba mojado y húmedo, pesado e incómodo, y como si no avanzara nada a pesar de que sus pies se movían más rápido de lo que podía controlar. Es que caminar a través de la oscuridad de esa departamento tétrico le ponían los vellos de la nuca de punta, lo que era raro, porque Manuel no le temía a nada, pero los inquietantes sonidos que venían de la habitación del fondo con la puerta abierta y la leve luz que emergía desde dentro le atraían tanto como le repudiaban, quizá, de cierta manera, porque muy íntimamente, en su palacio de la memoria, los suaves quejidos que oía estaban grabados a fuego, los ahogados gruñidos le carcomían la cabeza cuando se atrevía a abrir esa puerta. Le titubeó la pistola. Iba a abrir esa puerta.
A Manuel siempre le había sorprendido lo cíclica que era la vida. De qué forma los hechos de su infancia se recreaban en su niñez, cómo venían a él para pisotearle y recordarle que no era mejor que la miserable humanidad a la que solía sobreponerse con arrogancia, cómo le destrozaban y le llevaban a gatas a recorrer esa trágica línea divisoria entre un estadio y otro.
Siempre le apreció curiosísimo.
Y no fue la excepción verse otra vez ahí, bajo el cuerpo pesado y sudoroso de alguien más que no daba tregua al suyo tan delgado. Se oyó a sí mismo, esos débiles gemidos que escapaban a través de su pequeña boca rota, sus párpados apretados como si esperara despertar de un sueño que no se acababa nunca. Vio su ropita tirada a un lado de la desordenada cama, sus pantaloncitos azules de pana. Se miró tembloroso con su camiseta blanca más allá de sus hombros. Se miró largamente y fue como si algo se rompiera en su cabeza, o en su corazón, o en eso que algunos llaman alma. No estaba seguro dónde, pero con certeza, dolió tanto como antes.
Se le cayó la pistola, que hizo un ruido sordo en el suelo y afortunadamente no se disparó. Se quedó callado como antaño porque si decía una palabra, si se quejaba, si le contaba a alguien, lo iban a matar. A él y a su mamá. Y su mamá era lo más preciado que tenía en la vida. Qué terrible situación, tan dolorosa, todo su cuerpo arde de una manera, las primeras veces rogó para que se detuviera pero pronto entendió que no obtendría más que bofetadas. Así que ahí se quedó, calladito, su cintura y sus caderas pequeñitas moviéndose hacia arriba y hacia abajo, rozándose impuramente con las sábanas blancas que crean la paradoja. Y el dolor, la vergüenza, la suciedad, el ardor. Los ojos con furia viéndole despóticos. Todo, lo vive todo otra vez, tiene él también ocho años otra vez.
También tiene los labios rotos, también le duele todo. También alguien está sudando sobre su cuerpecito de lana. También le tiemblan las piernas. Y quiere correr, quiere escapar, escapar por fin, pero, ¿cómo hacerlo, si él es incapaz? Se queda ahí, todo él siente las embestidas y los obscenos ruidos como si los viviera en carne propia. Me quiero ir. Me quiero ir.
Algo dijo parece el hombre robusto que estaba ahora frente a él, pero Manuel no pudo escucharlo. Salió de su interior dolorido y se acercó a él y Manuel sintió todo. Le agarró las muñecas y entonces lo inmovilizó. Se miraron los dos a los ojos, Manuel parece un pajarito. Tiene ganas de llorar como antaño. Déjame. Pero él no lo deja. A pesar de que ahora tiene veintitrés años y podría tomarle con sus uñas y partirle el cuello, es como si de nuevo fuese ese alguien completamente superior.
No puede matarlo.
Manuel le ve a los ojos aterrado. No quiere que se lo lleve a esa sucia habitación otra vez. Quiere que lo suelte. Eso quiere. Quiere verlo muerto, pero no tiene el valor de matarlo por sí mismo. En ese cuarto solo existen ellos dos.
Aislado.
No de nuevo.
Cierra los ojos con fuerza y repite, como cuando niño, que con eso puede hacer que los monstruos se vayan. Los monstruos nunca se iban. Oye entonces un ruido estruendoso, que le obliga a abrir los ojos rápidamente. El monstruo ha desaparecido.
Manuel se toca la cara, siente una sensación viscosa, sin embargo ahora no es aquello que tanto le repugnó en sus días infantiles, ahora es con lo que sueña cada noche. Se mira los dedos manchados de sangre caliente y frunce el ceño. En el piso está la figura del hombre muerto, pero no ha sido él quien lo ha matado. Mira al rincón. En el rincón hay un niño rubiecito, hipando por el llanto contenido, pero es como si no lo viera, mira hacia el otro lado, y se encuentra, finalmente, con el causante de su gracia.
Martín le mira con una expresión que él no puede distinguir (siempre ha sido pésimo con el lenguaje facial) pero que asocia con la preocupación, aunque esos pensamientos se disipan con rapidez, tiene en su mano una pistola que baja suavemente y solo le observa en silencio.
Manuel no sabe muy bien qué es lo que tiene que hacer, pues su cabeza está solo funcionando al ritmo de la metamorfosis de sus recuerdos dolorosos. En su palacio mental logra derribar la puerta que tan cruda había sido y el monstruo que albergaban sus entrañas se desvanece en la oscuridad. En su lugar, se queda la imagen del nene rubio que sigue llorando, recogiendo sus pantaloncitos azules y tratando de cubrir su desnudez, y la imagen de Martín y su pistola.
Ahora, en el mundo real, no puede dejar de mirarle. Resulta que no quiere dejar de mirarle.
Se despertó en una habitación que no era la suya, pero tuvo el presentimiento de que no había nada que temer, incluso cuando no tenía pantalones y la camiseta que llevaba encima le quedaba grande. Las paredes que lo rodeaban estaban pintadas de verde y había un balcón que aseguraba una bonita vista en las noches y en los atardeceres para ver los crepúsculos. El piso estaba cubierto con ropa desparramada y había cojines en un rincón desierto. Manuel frunció el ceño y se miró hacia abajo, por lo menos tenía su ropa interior y eso era una buena señal.
El contacto que hizo el piso alfombrado con sus pies fríos y descalzos le agradó y el tiempo se le hizo corto para caminar hasta la puerta abierta y salir al espacio exterior y mirar. Era un departamento bonito, con lujos, pero no innecesarios, con todo en su respectivo lugar y olía agradable. A Manuel le recordó con vaguedad a los despertares en casa los fines de semana, al aroma a pan caliente y a té humeante y eso hizo que se sintiera cómodo y bien.
— Hola –dijo despacito, carraspeando la garganta. Martín parecía inalterable a su presencia y sin embargo le contestó:
— Hola.
— ¿Puedo sentarme contigo?
El rubio sonrió echándole una bebida a su café matutino. Esto es como un déjà vu. Pero asiente. Manuel se acomoda a su lado, echando un vistazo a la comida encima de la mesa, hay tostadas, hay manjar, hay mantequilla, hay queso, hay jamón. Hay una taza vacía también.
— ¿Te preparo un té caliente? –murmura Martín mirándole a los ojos y Manuel curva su cabeza sin entender.
— ¿Por qué estás siendo tan amable conmigo?