2.¿Qué podría salir mal?
Christy
—¡Me robó, madre! ¡Tu noviecito me robó! ¿Y ahora qué se supone que haga?
Las palabras me salen como un disparo, cargadas de furia, de rabia contenida. Confié en ese hombre. Confié ciegamente. Y él se largó, se largó con esa mujer que apenas si tiene mi edad, mientras a mí me deja ahogada en problemas.
—Acepté que Víctor se hiciera cargo de la administración de mi cadena de restaurantes para que se sintiera comprometido con la familia… y, por supuesto, porque tú me lo pediste, madre.
Sé que mis palabras son duras, pero necesito que entienda la gravedad de lo que está pasando. Quiero que lo entienda de verdad.
Hace dos meses solicité un préstamo enorme al banco, con la esperanza de saldar la hipoteca que me persigue como una sombra y de invertir en remodelaciones. Sí, lo sé, llamarlo "cadena" quizás suene pretencioso: son apenas dos restaurantes. Pero son mis restaurantes. Son todo lo que tengo. El legado de mi padre. Mi orgullo.
—¡L-Lo siento, hija! No sé qué pasó… —La voz de mi madre tiembla, y mi rabia empieza a menguar, aunque no desaparece.
Siempre he tenido una debilidad por ella, y lo sabe. En el fondo, también me culpo a mí misma. Me enfoqué tanto en otras cosas… en crear nuevos platillos, en renovar el menú, en todo lo que me hacía soñar con ver prosperar el negocio. Debí haberlo notado. Debí haber sospechado.
—No sé qué voy a hacer… —murmuro, sintiendo cómo la desesperanza me estrangula la garganta—. Probablemente tenga que venderlo todo.
Me dejo caer en el sofá como si las piernas ya no me respondieran. La derrota me pesa en el pecho como una losa.
Cierro los ojos y, por un instante, me dejo arrastrar por los recuerdos.
Vuelvo a aquellas madrugadas solitarias, cuando después del divorcio me refugiaba en la cocina para ahogar mi dolor entre harinas y especias.
Ese lugar que levanté con mis propias manos. Pero también recuerdo la primera vez que vi la puerta del local abierto, las paredes vacías pero llenas de posibilidades. Lo pinté yo misma, con las manos temblorosas pero decididas. No tenía mucho, solo un puñado de recetas heredadas de mi padre y una fe ciega en que, de alguna manera, lograría salir adelante.
Las primeras semanas fueron un infierno. Apenas si entraban clientes, y yo dormía sobre sacos de arroz, revisando balances que no cuadraban y limpiando hasta que me ardían las manos. Pero no me rendí. No podía hacerlo. Cada plato servido era una victoria personal. Cada sonrisa de un comensal era un bálsamo que curaba las heridas que él —mi exmarido— había dejado.
Tras mi divorcio, mi trabajo se convirtió en mi salvación. En mi escudo. En mi manera de recordarme a mí misma que, aunque me hubieran roto el corazón, no me habían destruido.
Y ahora… ahora todo eso se está desmoronando frente a mis ojos.
Abro los ojos y miro a mi madre, que me observa con el rostro demacrado por la culpa y la preocupación. No puedo evitar preguntarme si ella alguna vez comprendió cuánto me costó llegar hasta aquí.
Mi madre siempre fue una mujer vulnerable, con la necesidad de sentirse protegida. Lo entendí desde pequeña. Después de la muerte de mi padre, se aferró a cualquier mano que le ofreciera consuelo, sin detenerse a pensar si era la adecuada. Víctor fue uno más en esa lista. Un hombre con encanto superficial, promesas fáciles y la capacidad de envolverla en falsas seguridades.
Nunca fue malintencionada. No lo hizo por egoísmo, sino por miedo a la soledad. Pero, sin quererlo, ese miedo la volvió ciega. Ciega ante las señales, ciega ante mis advertencias.
Suspira temblorosamente, y en sus ojos veo lágrimas que se resisten a caer.
—Quería creer que él sería distinto —murmura, casi como una niña asustada.
No sé si sentir compasión o más enojo. Quizás ambas cosas. La herida está demasiado fresca.
—Pues no lo fue, mamá —respondo en un susurro áspero, la voz a punto de quebrarse—. Y ahora somos nosotras las que tenemos que limpiar este desastre.
Mi madre se lleva una mano al pecho, como si mis palabras fueran un puñal. Tal vez lo sean. Pero ya no puedo endulzar las cosas. Ya no hay espacio para las delicadezas.
Un silencio pesado se instala entre nosotras. Un silencio incómodo, cargado de viejas heridas no dichas. Me cala los huesos. Me persigue como un eco de cosas que jamás nos atrevimos a decir.
La miro. Y por un instante, no veo a la mujer frágil que siempre traté de proteger. Veo a la madre que, tras la muerte de papá, se encerró en sí misma y me dejó sola con mi propio dolor. Tenía apenas dieciséis años y aprendí que las lágrimas no solucionan las cuentas por pagar ni llenan la despensa vacía.
Quizás por eso, desde entonces, me convertí en esa especie de pilar silencioso para las dos. Yo era la que encontraba la manera de seguir adelante, de tapar los huecos que la vida nos dejaba.
Pero estoy cansada.
Cansada de sostenerlo todo. Cansada de ser fuerte para ambas.
—Siempre elegiste mal a los hombres, mamá —escapo de mí misma en ese reproche. No lo había planeado, pero sale con un dejo de amargura que ya no puedo contener—. Siempre buscando que alguien te salvara. Y ahora… ahora me arrastraste contigo al fondo.
Sus ojos se llenan de lágrimas. No responde enseguida. Traga saliva, intentando encontrar palabras que no hieran más de lo que ya está dicho.
—No quise arrastrarte, hija —susurra, y su voz es apenas un hilo de aire—. Solo… estaba cansada de la soledad.
Su confesión es un eco de la mía. Porque, aunque no lo quiera admitir, también yo cargaba con esa misma soledad. La diferencia es que yo no busqué refugio en un hombre. Lo busqué en mi trabajo, en los fogones encendidos hasta la madrugada, en los aromas de los platos que aprendí de papá.
Respiro hondo, tratando de controlar el temblor de mis manos. Mi pecho arde, pero una chispa dentro de mí —pequeña, casi imperceptible— se niega a apagarse del todo.
—No podemos darnos el lujo de rendirnos —le digo, y aunque mi voz es ronca, lleva la firmeza de una promesa—. Tal vez… tal vez tenga que vender uno de los restaurantes. Tal vez tenga que empezar de nuevo. Pero no me voy a quedar de brazos cruzados. No después de todo lo que me costó llegar hasta aquí.
Sus ojos se agrandan, sorprendidos. Tal vez por primera vez ve en mí no solo a su hija, sino a la mujer que he tenido que ser.
—Te ayudaré —responde al fin, con una determinación torpe pero sincera—. No sé cómo, pero te prometo que esta vez no te voy a fallar.
La miro, esta vez sin reproche. Solo con un cansancio profundo, pero también con una sombra de esperanza. Porque, aunque el mundo se nos venga abajo, tal vez no todo esté perdido si al menos encontramos la manera de sostenernos la una a la otra.
Apoyo la cabeza en mis manos, respiro hondo y por primera vez en mucho tiempo, dejo que una lágrima silenciosa me caiga por la mejilla.
—Vamos a salir de esta, mamá —murmuro—. De alguna manera, vamos a salir.
Y en lo profundo de mi pecho, esa chispa casi apagada empieza, por fin, a encenderse de nuevo.
*****
—¿Y entonces? ¿Qué harás? —Mis mejores amigos vinieron a verme tras enterarse de lo que pasó. Viola, la hermosa chica de cabello cenizo y ojos verdes y Mario, el chico elegante que suele venir a cenar cada noche, sabiendo que no le voy a cobrar.
—Levantar la demanda. Estoy reuniendo las pruebas para que mi abogado las presente y se busque a ese maldito calvo.
Incluso en eso mi madre tiene mal gusto. Ese feo pelón, con su cara de inocencia consiguió conquistarla.
—Pero…¿Y si el dinero se ha ido? —Eso es lo que más me preocupa.
—Tengo una oferta para tí. —Mario me extiende un papel.
—¿Qué es esto? —Le pregunto sin entender.
—Es el nuevo concurso del canal. Es un programa estilo Masterchef. Van a convocar a los mejores y el premio será un millón de dólares. Con eso podrías liquidar la deuda y en caso de que recuperes lo que el calvo te robó, puedes hacerte de un ahorro para emergencias. Piénsalo y te recomiendo.
Me quedo viendo el papel, analizando la propuesta.
—Voy a consultarlo con la almohada. Bueno chicos, voy a seguir atendiendo. —Me marcho, pero la idea comienza a germinar en mi cabeza. ¿Podría ser?
*****
Johnatan
Doy un último embiste mientras los gemidos de la mujer se desbordan bajo mi cuerpo. Su clímax la estremece por completo, y cuando finalmente la sacudida final la abandona, me concentro en conseguir el mío.
—Oh, cariño, cariño… ha sido fantástico —dice entre jadeos cuando salgo de ella y me retiro el preservativo con desgano. Me dejo caer de espaldas sobre la cama, la nuca hundida en la almohada. Ella suspira, complacida, pero lo único que quiero es un cigarro.
Christy siempre me reprochaba eso.
Christy.
Maldigo en silencio. Odio que cada vez que estoy con alguien, su maldito nombre se arrastre hasta el borde de mis pensamientos, como un fantasma que no sabe morir.
—¿Has pensado en lo que te propuse? —pregunta Rossana, mientras le doy un par de caladas al cigarro. Sin esperar respuesta, me lo arrebata con destreza de entre los dedos y le da una calada propia.
—Lo estoy pensando —respondo, seco. Rossana intenta acurrucarse en mi pecho, pero me aparto con frialdad. Solo ella tenía derecho a ese lugar. Solo Christy.
—No deberías pensarlo tanto —insiste Rossana, exhalando una nube de humo hacia el techo—. Sabes que tu popularidad cayó en picado desde que te mudaste a esta ciudad de mierda. Necesitas volver a Nueva York. Ese es tu sitio. Además, el premio no está nada mal.
No puedo discutirlo. Las cuentas no cuadran desde hace meses, y la sombra de la ruina empieza a alargar sus dedos sobre mí.
—De acuerdo —cedo al fin, no sin cierta resignación—. Creo que aceptaré. ¿Qué tendría que hacer?
Rossana se endereza, casi emocionada, y empieza a explicarme los pormenores. Es un certamen de cocina de alto nivel, retransmitido a nivel nacional. Tengo talento, lo sé. Soy un gran chef, y si me lo propongo, puedo ganar. Pero hay un problema. Uno que me eriza la piel solo de pensarlo.
La competencia será en Nueva York.
La ciudad de ella.
De Christy.
No sé si estoy preparado para volver a cruzármela, para enfrentar los escombros de lo que alguna vez fuimos. Pero al menos, durante las doce semanas del concurso, estaré prácticamente encerrado en la competencia. No debería haber riesgo.
Un millón de dólares.
Fama recuperada.
Redención.
¿Qué podría salir mal?