3. Amor a medias, no es amor
Christy
—¿Estás decidida? —La voz de mi abuela Georgia suena suave pero firme, como si ya conociera la respuesta.
Asiento en silencio, sin apartar la mirada de sus ojos llenos de sabiduría. Ella me observa desde el borde de la cama, sus manos cruzadas sobre el regazo. Había decidido interrumpir su retiro espiritual apenas supo que yo estaba en problemas. A veces siento que tiene un sexto sentido para estas cosas.
—Sí —respondo con determinación, mientras lanzo sobre la cama algunas de las cosas que había estado guardando—. Es mi única esperanza.
Ella no dice nada al principio, simplemente me mira con una mezcla de orgullo y preocupación, como si estuviera evaluando cuánto había crecido. Yo aprovecho para agregar, más seria:
—Voy a necesitar que ayuden a Damien. No sabe nada de restaurantes. Su mundo es la bolsa de valores, no el servicio al cliente ni la cocina. Estará al pendiente de todo, pero va a necesitar apoyo.
Una sonrisa se dibuja en los labios de mi abuela, cálida y cómplice. Si hay alguien en quien confío ciegamente, es en Damien. A pesar de nuestras diferencias, él siempre ha estado ahí, sólido como un roble en medio de la tormenta.
—Bien —dice al fin—. Sabes que se hará como tú dices. Por cierto... —sus ojos chispean con picardía—, ¿para cuándo te dará el anillo?
Aquí vamos de nuevo.
Desde que acepté salir con Damien hace tres años, las insinuaciones de mi abuela sobre el matrimonio se han vuelto el pan de cada día. Me permito soltar un suspiro largo y resignado. A pesar de que Damien roza la perfección, hablar de matrimonio todavía me incomoda. No es miedo, es… prudencia.
No lo presiono, y él tampoco lo hace. Disfrutamos de esta libertad madura que nos permite amarnos sin ataduras, sin que nuestros intereses personales se vean comprometidos.
—Cuando sea el momento —respondo con serenidad, mirando a mi abuela a los ojos—. No tengo prisa.
Han pasado cinco años desde mi divorcio. Los primeros fueron como caminar sobre cristales rotos: cada paso, una herida nueva.
Pero entonces, cuando menos lo esperaba, llegó Damien Sorowitz. El chico de raíces judías, con una mente brillante para los negocios y una sonrisa que me desarmó poco a poco. Lo que empezó como una amistad discreta se transformó la noche en que me besó en una de nuestras salidas. Sin planearlo, terminamos enredados entre las sábanas de su apartamento.
Nuestra relación no tuvo nombre durante mucho tiempo. Era cómoda esa indefinición, como si nos refugiáramos en un limbo a salvo de las expectativas. No fue hasta hace apenas un año y medio que decidimos, casi al unísono, presentarnos al mundo como pareja formal.
Termino de acomodar la ropa en los cajones, con la lentitud casi ritual de quien busca distraer el pensamiento, como si doblar cuidadosamente cada blusa, cada vestido, pudiera alinear también las emociones que me desgarran por dentro. Luego me siento frente a ella. Mi abuela me observa en silencio, con esos ojos serenos pero penetrantes que me han acompañado desde que era niña, como si pudieran desarmar cada una de mis defensas, como si ya supiera lo que me debato en silencio.
—Es un buen chico, y todos estamos satisfechos con él —dice al fin, con esa cadencia que siempre ha usado para dar consejos que pesan como sentencias—. Pero si no ha entrado por completo en tu corazón… si sientes que el amor que tienen no es suficiente, es mejor que lo pienses bien antes de dar el gran paso. Sabes mejor que nadie el dolor que causa un divorcio.
La palabra se clava como un dardo en mi pecho. Divorcio. Todavía me quema, aunque haya pasado tiempo. Aunque finja que no.
Por supuesto que lo sé. Lo viví. Lo arrastré como una cadena invisible por meses, hasta que aprendí a moverme con ella sin que los demás notaran el peso. Pero en noches como esta, cuando la conversación se vuelve honesta, la carga se siente insoportable.
Todavía me duele ver cómo Rossana, esa mujer hipócrita y calculadora, presume a mi exesposo en reds sociales como si fuera un trofeo ganado en una guerra desleal. El mismo hombre que, mirándome a los ojos, negaba mis sospechas, acusándome de ser paranoica, de imaginar cosas que solo existían en mi cabeza. El que me hizo dudar de mi propia intuición, hasta el punto de sentirme una extraña en mi propia historia.
—No pienso volver a pasar por lo mismo —respondo con una firmeza que quisiera sentir por dentro—. Si alguna vez dudo, si no estoy completamente segura, no daré ese paso. Si Damien realmente me ama, lo va a entender.
Me esfuerzo por pronunciar su nombre con naturalidad, pero la sombra de la duda se cuela entre las letras. Damien… él ha sido todo lo que cualquiera desearía: atento, paciente, lleno de pequeños gestos que cualquiera calificaría como amor verdadero. Y, sin embargo, hay una parte de mí que se resiste a confiar del todo, como si mi corazón se hubiera convertido en una fortaleza asediada, con murallas demasiado altas.
Mi abuela suspira hondo, como si pudiera ver más allá de mis palabras. Su expresión es dulce, pero cargada de una preocupación que no logra disimular.
—Sí —dice, con una sonrisa triste—, estoy segura de que te entenderá. Pero… ¿tú estás segura? El amor a medias no es amor, querida.
Lo sé. Esa frase me persigue. La he oído antes, de muchas formas distintas, y siempre me ha dejado la misma sensación punzante en el pecho. La certeza de que tiene razón, pero también el temor de que, después de haber entregado todo y haber sido traicionada, el vacío que quedó no se llena con facilidad. Que uno aprende a amar con cautela, a no lanzarse al abismo sin paracaídas.
¿Cómo explicárselo a ella, que vivió un amor completo, casi perfecto? Mis abuelos se amaron como en los cuentos que a veces ya no me atrevo a creer. Entre ellos no hubo grietas, ni dudas, ni traiciones. Eran dos mitades que encajaban de forma natural, sin esfuerzo, como si el destino hubiera escrito su historia antes de que ellos la vivieran.
No, mi abuela no lo entendería.
Y quizá, pienso mientras un nudo se forma en mi garganta, quizá yo tampoco termino de entenderlo.
Me gustaría poder explicarle que no es Damien quien me hace dudar, sino yo misma. Mis cicatrices, mis miedos, la desconfianza que se enreda como espinas alrededor de mi pecho cada vez que siento que podría volver a amar.
Pero no lo digo. Solo me quedo ahí, frente a ella, fingiendo una fortaleza que en el fondo sé que aún me falta.
—Bien, te dejaré que lo pienses, vamos abajo, preparemos galletas.
Suspiro al escucharla. Cuando para ella ha terminado un tema, decide que hornear es la mejor idea.
“Abuela querida…¿Qué habría hecho sin ustedes cuando mi corazón estaba destrozado?”
*****
Johnatan
—¡Salud amigo! Sabes que te deseamos lo mejor.
Mis compañeros del canal en Seattle me han organizado una fiesta de despedida.
Debería sentirme agradecido, entusiasmado incluso, pero la verdad es que no lo estoy. Siento el estómago revuelto, como si algo dentro de mí se negara a celebrar.
El miedo se ha instalado en mi pecho como un huésped indeseado.
Presiento que mi vida está a punto de cambiar de una forma que no comprendo del todo, pero la sola idea de enfrentar lo desconocido siempre me ha llenado de ansiedad. Es una sensación que conozco demasiado bien: esa inquietud sorda que me carcome por dentro cuando me siento al borde de un precipicio.
Quizá por eso, al final, terminé aceptando a Rossana.
Ella llegó cuando todo se desmoronaba, cuando hasta mi reflejo en el espejo me resultaba ajeno. No pidió explicaciones, no exigió promesas. Simplemente se quedó. Su compañía fue un bálsamo silencioso que me ayudó a soportar mis propios pensamientos.
Nuestra relación nunca ha tenido la claridad de un compromiso formal, pero en la mirada de los demás está implícito: estamos juntos. Como si fuera suficiente decirlo para que así sea.
A veces me pregunto si Christy lo sabe. Si se ha enterado. Si acaso le importa.
Quiero creer que sí. Quiero creer, casi con desesperación, que me odia.
Porque si me odia, al menos todavía le importo. El odio, después de todo, es un lazo más fuerte que la indiferencia.
Yo… yo nunca podría odiarla.
Ni siquiera cuando la vi avanzar en su vida, tomada de la mano de otro hombre.
Recuerdo esa noche con una claridad dolorosa.
El peso del volante en mis manos sudorosas, el sonido ahogado de la lluvia golpeando el parabrisas. El corazón latiéndome tan fuerte que casi no me dejaba respirar. Fui a buscarla decidido a arriesgarlo todo, a desnudar mi alma frente a ella, a confesar que el orgullo estúpido me había robado lo que más amaba.
Pero cuando llegué, la vi.
Bajaba del auto de aquel hombre, su cabello empapado brillando bajo la luz de la farola, y esa sonrisa…
Esa sonrisa que me era tan familiar, ahora dirigida a otro.
La vi despedirse con un gesto sencillo de la mano, y sentí como si una aguja helada se hundiera en mi corazón, con precisión quirúrgica.
No quise pensar de dónde venían, no quise imaginar qué habían compartido.
Pero la punzada fue inevitable. Dolió. Dolió como si me arrancaran el alma. Arranqué el auto y me fui, sin mirar atrás.
Desde entonces, no he vuelto. No he intentado saber más de su vida. Tal vez ahora esté casada, quizá tenga hijos que hayan heredado esa sonrisa suya que solía iluminar mis días.
Mientras tanto, yo sigo aquí.
Treinta años encima y sintiéndome como un naufrago que intenta, sin mucho éxito, encontrar la orilla en medio de la tormenta.
El teléfono vibra sobre la mesa, sacándome de mi ensimismamiento.
Un mensaje de Rossana.
¿Vienes a mi casa?
La leo en silencio. Suspiro. Esta noche, no.
Estoy con los chicos, nos vemos mañana.
Dejo el teléfono a un lado, seguro de que no insistirá. Rossana nunca lo hace. No exige, no cuestiona, no busca donde sabe que no hay respuestas.
Y quizá por eso la acepté, porque su compañía es cómoda, sin riesgos. Porque no me obliga a enfrentar lo que no quiero enfrentar.
Pero esta noche, ni siquiera su presencia me consuela.
Esta noche prefiero el eco vacío de mis propios pensamientos, aunque me consuman desde dentro.
Cierro los ojos por un momento, y sin querer, la imagen de Christy vuelve a mi mente.
Su risa.
La forma en que arrugaba la nariz cuando algo la hacía feliz.
La calidez de su mano entrelazada con la mía, como si encajaran a la perfección.
Me recuesto en el sillón, sintiendo el peso de la memoria. Quizá mañana logre convencerme de que el pasado es solo eso: pasado.
Pero esta noche, no.
Esta noche, la herida sigue abierta. Memorias que he dejado en el profundo de mi cabeza han comenzado a emerger desde que existe la posiblidad de volver a donde está ella.
Flashback
La recuerdo en la cocina de nuestro pequeño departamento, descalza, con el cabello desordenado por el sueño y una de mis camisas largas cubriéndole hasta las rodillas. El sol de la mañana se filtraba por la ventana, dándole a su piel un brillo dorado que hacía que todo lo demás se desvaneciera.
—¿Otra vez estás pensando en mil cosas a la vez? —me preguntó, sin girarse, mientras revolvía el café.
Era increíble cómo podía leerme sin apenas mirarme.
—Estaba pensando en ti —respondí, intentando sonar ligero, pero mi voz siempre delataba más de lo que yo quería.
Ella rió bajito, esa risa suya que era como un refugio después de la tormenta. Se volvió hacia mí y me acercó una taza de café, mirándome con esos ojos que parecían conocer cada una de mis grietas.
—Entonces piensa bonito —dijo simplemente—. Si vas a tenerme en la cabeza, hazlo de la mejor manera.
Fin del flashback
Nunca supe cómo lo hacía, pero tenía esa capacidad de desarmarme con palabras sencillas.
Ella era hogar.
Ella era la paz que yo nunca había sabido buscar, y que, cuando la tuve frente a mí, no supe cómo cuidar.
Me veo a mí mismo en esa escena como un extraño, observando desde fuera, dándome cuenta de lo que perdí solo cuando ya era demasiado tarde.