La cocina olía a pan tostado, café recién hecho y tocino dorado. Maroon, con una de las sudaderas de Armin y el cabello enmarañado, estaba sentada en la barra desayunando. Maxi, el gato gruñón, se había instalado a su lado, exigiendo migajas como si fuera el rey del lugar. Armin salió de la habitación ajustándose la camiseta, despeinado y con los ojos aún pesados de sueño, pero con una sonrisa torcida que decía demasiado. —¿Dormiste bien, campeona? —preguntó, sirviéndose café sin quitarle la vista de encima. —Como si me hubieras corrido veinte vueltas por la pista —respondió con una sonrisa traviesa. —Técnicamente, tú fuiste quien me dejó sin aire —dijo él, y Maroon lanzó una carcajada. Se sentó junto a ella, tomaron el desayuno entre bromas y silencios cómodos. No hacía falta decir n

