La necesidad de sobrevivir

1525 Words
Ni siquiera el divorcio pudo salvar a su querida Helena. Aun recordaba su sonrisa a pesar de los años, su mirada traviesa y alegre y su calidez siempre a la hora de recibirlo en casa. Aquella vez firmaron los papeles con lágrimas en los ojos, su sonrisa fragmentada en llanto y sus ojos rojos llenos de melancolía, la única alternativa era esa. Como si eso pudiera ocultarla de los ojos del enemigo. Un documento legal que intentó disfrazar el amor en indiferencia, todo con la esperanza de salvarla. No fue suficiente. Carl la encontró días después antes de irse al servicio, tirada en la bañera del pequeño departamento que habían rentado juntos, el agua aún tibia, teñida de rojo. No hubo nota. No hubo señales de lucha. Solo la marca inconfundible de una sentencia: la mafia no olvida, ni perdona. Volvió del servicio convertido en otro desempleado más, sin hogar, sin esposa, sin propósito. Ya nadie contrataba a un exmilitar, a menos que quisiera ser un peón de guerra o un asesino a sueldo. Carl, con los ojos rotos pero las manos aún firmes, eligió el camino más digno dentro del infierno: convertirse en uno de los entrenadores del caos. Allí, en los márgenes del sistema, se volvió un estratega letal. No por venganza —esa se había marchitado con el tiempo—, sino por necesidad. Aprendió a usar todo como arma, desde una cuchilla hasta una palabra. Y ahora, tantos años después, frente a un joven que cargaba con más peso del que sabía, reconocía esa misma mirada. La del que aún no lo ha perdido todo, pero está peligrosamente cerca de hacerlo. Y por eso lo entrenaría. Porque si podía evitarle siquiera una sola pérdida, entonces todo aquel infierno habría tenido sentido. Durante todo ese tiempo, Carl se enfocó en enseñarle técnicas de disparo, control de tiempo y precisión. Sabía que, si un ataque llegaba por sorpresa, al menos Beltrán tendría con qué defenderse. Pero mientras lo observaba, algo lo desconcertaba. Beltrán no solo aprendía rápido. Imitaba cada movimiento con una precisión casi antinatural. Las primeras veces de cada técnica era torpe, como un niño apenas aprendiendo, pero después, no necesitaba repetir nada, de hecho, las veces que lo hacía asimilaba la técnica, la hacía suya y la perfeccionaba. "Tiene talento", pensó Carl. Pero más que talento… era otra cosa. Algo diferente. Su capacidad de aprendizaje es impresionante, pero al mismo tiempo monstruosa, por un momento sintió una sensación similar a cuando se revuelve el estomago ¿nauseas? ¿incomodidad? Era algo más, quizá temor. Pensó que era curioso que sintiera su cuerpo revolverse de temor luego de tanto tiempo. Tomó un cigarrillo de su bolsillo y lo encendió para continuar, esperaba que el humo acallara aquel incomodo sentimiento. Fue entonces cuando Beltrán se agachó repentinamente, Carl un tanto consternado se le acercó para verificar lo que sucedía, pero, sus ojos se abrieron de para en par cuando se fijó en el aspecto de Beltrán. Estaba jadeando, casi sin aliento, las manos casi mojadas en sudor apoyadas sobre las rodillas parecían apoyarse lo más que podían luchando por no resbalar. El sudor le caía por el rostro, el pecho subía y bajaba con fuerza. Habían pasado horas de entrenamiento sin descanso, y su cuerpo al fin comenzaba a ceder. “al final es un humano” concluyó Carl. — Levántate —ordenó con frialdad, como si no sintiera compasión alguna—. En una batalla real, el cansancio no es excusa. Si te rindes, mueres. Tu resistencia debe aumentar… si quieres salir vivo. Antes de que pudiera replicar, un estruendo los sacudió. La sala tembló. Un zumbido grave, sordo y opresivo, como si un trueno hubiera golpeado justo encima de ellos. Las luces parpadearon. Y escombros parecieron soltarse del techo. El entrenamiento cesó al instante. Un silencio absoluto precedió al caos. Luego, otra explosión, más cercana. Esta vez, el techo dejó caer polvo y fragmentos más grandes. Las alarmas no tardaron en sonar. Luces rojas comenzaron a girar por los pasillos subterráneos. — ¿Qué demonios…? —murmuró Beltrán, girando hacia la entrada. Carl ya tenía un arma en la mano. Sus ojos eran fríos, y su entrecejo estaba marcado por una rabia acumulada. — Nos atacan. Alguien atravesó las barreras de seguridad. — informó un soldado apenas con el aliento en su boca como si hubiera corrido una maratón para dar la noticia. El pasillo al que salieron estaba envuelto en caos. Gritos, disparos a la distancia, humo que comenzaba a filtrarse desde las rejillas. Beltrán sintió cómo se le tensaban todos los músculos, pero esta vez no por miedo, sino por un impulso que no comprendía del todo. Era como si su cuerpo se adelantara a su mente. — ¿Dónde está Mila? —fue lo primero que preguntó, sin pensarlo. Carl no respondió, pero lo miró con una intensidad que bastó. Preparó un rifle de caza militar y lo apoyó en su cuerpo. Sabía que algo más se jugaba en esa pregunta. — Ve. Yo cubro este flanco. Beltrán no lo dudó. Tomó dos de los cuchillos que Carl le había enseñado a observar con detenimiento, se los acomodó en la chaqueta y echó a correr por los pasillos. Las instalaciones del edificio Fénix, tan meticulosamente diseñadas, se sentían ahora como un laberinto quebrado. Las alarmas lo envolvían todo de un rojo intermitente. A medida que avanzaba, el aire se volvía más denso. El humo comenzaba a nublar las esquinas. Era pesado y casi asfixiante. Dobló una curva y encontró a dos enemigos armados. Sin pensarlo, lanzó uno de los cuchillos. La hoja se clavó en el cuello de uno. El otro giró su arma hacia él, disparando sin cesar. Beltrán se cubrió apenas en la esquina posando su espalda en la pared y esperando que el hombre se acercara, poco a poco sentía como los pasos se hacían más pesados hasta que el hombre asaltó con el arma, pero Beltrán ya estaba encima. Lo derribó con una fuerza brutal, desarmándolo y usando el mismo rifle contra él. El disparo resonó por el pasillo, seco y limpio. Su pecho latía con furia, al mismo tiempo que sentía un amargo sabor en su boca. Eran nauseas, era la primera vez en todo ese tiempo que había matado a alguien con sus propias manos. Su cuerpo se tensó y sentía sus dedos temblar provocando un ligero tintineo en el fusil. No era solo adrenalina. Era otra cosa. ¿Esto es lo que soy? se preguntó. ¿Esto es lo que se supone que debía despertar? Se sacudió la cabeza esperando quitar todos esos pensamientos de su mente y siguió corriendo, esquivando escombros, cuerpos caídos y explosiones esporádicas. Podía sentir como un zumbido incesante se apropiaba de su cabeza, casi provocándole una migraña fuerte. Al llegar a un corredor más amplio, un fuego cruzado lo obligó a cubrirse tras una columna. Un grupo del Distrito había penetrado las defensas. Eran cinco. Bien armados. Coordinados entre si se comunicaron dado la orden de buscar a Beltrán. Por suerte aun no lo habían reconocido. Uno de ellos tenía un visor óptico que le apuntaba justo al rostro. Pero no dispararon. El hombre del visor bajó el arma lentamente. — Él es —dijo uno de ellos por radio—. El objetivo. No se ve herido. Beltrán apretó la mandíbula. ¿El objetivo? — Confirmen órdenes. ¿Lo tomamos vivo? Una pausa desembocó de inmediato esperando el sonido del comunicador indicando la respuesta. — Negativo. Eliminación prioritaria. Las palabras lo hicieron reaccionar como si alguien encendiera una mecha dentro de su pecho. Beltrán se impulsó con fuerza, rodó hacia un costado y lanzó su segundo cuchillo al que tenía el visor. En el mismo movimiento, tomó el rifle del enemigo anterior, giró el cuerpo, y disparó. Uno, dos, tres enemigos cayeron. Los dos restantes corrieron hacia él. Beltrán se deslizó, se impulsó contra la pared y usó el mismo cuerpo del enemigo caído como escudo. Uno de los disparos rebotó, el otro le rozó el hombro. Sintió un ardor terrible, casi agobiante, tortuoso. ¿Asi se sintió Mila cuando fue atacada? Pensó de nuevo, su juicio le estaba jugando en contra, de nuevo sacudió su cabeza. Ignoró el dolor, saltó hacia el segundo tirador, disparando casi acertando en el centro de su pecho, le quitó el arma y le quebró el cuello en un movimiento seco. El último huyó. No llegó lejos. Cuando Carl le acertó un disparo en la cabeza. Solo pudo observar como de la nada el hombre de negocios era un asesino experimentado, hasta que lo vio arrodillarse para luego vomitar sin cesar. — Por un segundo hasta me emocioné — soltó libremente mientras de su bolsillo sacaba un cigarrillo y lo encendía. — muévete el sitio es un caos. Beltrán se quedó de pie en medio de los cuerpos. Respiraba agitado. Su rostro manchado de sangre ajena. Y sin embargo, había una quietud aterradora en sus ojos. Miró hacia el pasillo que llevaba a la zona médica. — Mila… Y echó a correr de nuevo con ayuda de Carl.
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