La elite de asesinos se caracterizaba por una jerarquía muy notoria, el numero de estrellas en tu rango era el nivel de letalidad que poseían, por lo que llegar al puesto diez implicaba ser uno de los más feroces asesinos de la historia, tal era ese deseo que todo aquel fuera del rango hacía lo imposible por subir de nivel, incluso si eso significaba hacerse del puesto intentando matar a alguno de ellos.
Por ese motivo, a partir del numero siete los tres mejores siempre cubrían su rostro e identidades para no ser descubiertos. Mila era el puesto siete, el tercer lugar y enfrentarse al sexto puesto implicaba un gran esfuerzo en su condición actual. Las heridas que tenía aun le dificultaban estar en óptimas condiciones, y la reciente caída del callejón “S” junto con Simón la hacían aun más vulnerable. Su única carta de salvación era su identidad en incógnita. Pero no sabía hasta cuándo.
Beltrán estaba acorralando a Zack contra el piso mientras intentaba interrogarlo inútilmente, cuando aquel disparo retumbó en la casa, los cristales se reventaron en una fuerte explosión seguida de una lluvia de balas incesantes. Mila alcanzó a cubrir a Cecil mientras le tapaba los oídos con ambas manos y lo llevaba debajo de las escaleras al closet. Beltrán por su parte, solo pudo agacharse y buscar refugio volteando un sofá.
Entonces el silenció cayó de golpe. Ambos estaban desarmados y los escombros impedían una vista clara. Estaban en clara desventaja.
La batalla era como un huracán devorando la vieja cabaña. Los cristales rotos crujían bajo los pies, el polvo flotaba como un velo entre las figuras que se movían con violencia. Beltrán logró derribar a Zack con un golpe brutal, pero no hubo tiempo de saborear la victoria.
Cuando la balacera cesó, Beltrán se incorporó apenas y descubrió el cuerpo de Zack, inerte sobre los restos del suelo. Solo miró el cuerpo con arrepentimiento de no haber obtenido información suficiente. Estaba claro que ellos no eran camaradas del Diablo. Entonces vio una pistola a un costado. Era el arma que Mila había conseguido tirar debajo del sillón. La tomó rápidamente y la escondió tras sus ropas.
Cecil y Mila por su parte se dirigieron a la cocina en silencio, se mantenían agachados para no ser vistos. Cecil estaba tembloroso de miedo sin entender el caos que estaba ocurriendo mientras que la mujer abría los cajones y sacaba varios cuchillos de cocina.
De pronto, un silbido afilado cortó el aire.
Una figura nueva apareció entre los árboles: alto, envuelto en una chaqueta negra, un tatuaje como un ala dorada serpenteaba por su cuello. Su sola presencia era suficiente para helar la sangre.
Derek, el asesino número cuatro.
Mila lo reconoció de inmediato. Tras verlo por la ventana de la cocina bajó de inmediato su rostro ocultándose de aquel villano. Miró a su hermano y en un gesto le indicó que se escondiera en uno de los armarios de la despensa. Su corazón se hundió en su pecho. Cecil estaba helado, sentía como sus dedos comenzaban a doler por el frio. Quizá ocasionados por el miedo y la confusión, pero en ese momento no planeaba discutir nada.
Derek era un huracán de muerte. Pese a su reciente ingreso en la mafia había alcanzado con creces el puesto número cuatro, y ahora sin Zack su puesto podía fácilmente llegar al número seis, pero eso no era suficiente para el ambicioso ser. No cazaba presas, el buscaba a las verdaderas bestias en el mundo del homicidio. Las aniquilaba con una eficiencia tan precisa que parecía arte macabro. Y lo único que lo detenía ahora de llegar al puesto de los tres mejores era “El rompecorazones”
La asesina miró a Beltrán por el pasillo, herido en un hombro y sus manos llenas de sangre por los vidrios rotos. Se acercó al borde del corredor cubriéndose se no ser vista por el hombre que llegaba sereno a la casa y con suave andar caminaba sobre los vidrios rotos haciéndolos crujir.
Derek se llevó dos dedos a la frente, en un saludo burlesco.
— Vaya, vaya. El "Rompecorazones" en persona... —dijo en tono juguetón, clavando los ojos en Beltrán.
Mila palideció.
No sabía quién era el verdadero Rompecorazones. Era algo normal, después de todo él había ingresado recientemente y muy pocos conocían su verdadera identidad. Mila suspiró un tanto aliviada pero inmediatamente volvió a prestar mayor atención.
Beltrán frunció el ceño, apenas entendiendo la acusación, pero no tuvo tiempo de preguntar. Derek desenfundó una serie de cuchillas relucientes de su cinturón y se lanzó como una sombra viva.
Pero fue detenido en el acto por una punzada en su hombro, el dolor que le precedió fue insano, poderoso como si un puñetazo hubiera volado hacia su cuerpo. Revisó su hombro tan solo para extender su mirada. Era un cuchillo de cocina. Cuando devolvió la mirada miró a Mila, su corazón dio un vuelco inesperado, si imagen. Su figura. Era como ver a un puma en pleno acecho. Con una amplia sonrisa soltó una leve carcajada, satisfecho por aquel acto. Con un rápido movimiento sacó el cuchillo de su hombro y preparándose de nuevo se lanzó contra Mila.
— Eres preciosa… — farfulló emocionado — ¡Serás mía!
La pelea estalló.
Mila intentó cubrir a Beltrán, esquivando los ataques como podía. Sus movimientos asemejaban un listón bailando en pleno aire. Pero Derek también era un experto: sus golpes parecían calcular no sólo dónde estaba Mila ahora, sino dónde estaría un segundo después.
— Que belleza… ¡que movimientos! — gritaba enloquecido mientras lanzaba los cuchillos de lado a lado — ansío probar tu carne… ¡ahora lo sé tú eres el rompecorazones!
A la mujer se le hacía difícil cada vez más sostener sus ataques. Hasta que fue empujada contra la ventana rota. El dolor era insoportable, aquel golpe le lastimó la espalda.
Derek estaba ansioso de su sufrimiento, tanto que incluso lamió uno de sus cuchillos como si un acto lascivo se tratase. Entonces sintió un golpe fuerte en su espalda. Beltrán lo enfrentaba con furia, pero Derek era como un demonio riéndose entre los destellos de metal.
Cuando un destello enceguecedor asedió con todo. Habían lanzado una granada cerca haciendo que todos cayeran al suelo, heridos por el estallido.
En medio del caos, un par de hombres más, vestidos como ejecutores del Distrito, lograron arrastrar a Cecil hacia el bosque.
— ¡NO! —gritó Mila, rompiendo el silencio inaudible.
Beltrán intentó detenerla, pero era demasiado tarde. La distracción fue todo lo que Derek necesitaba: en un parpadeo, arrojó una pequeña granada de humo. Una nube densa cubrió el lugar.
Cuando el humo se disipó, Mila había desaparecido.
Beltrán maldijo en voz baja, sus manos manchadas de sangre temblando de rabia contenida. Si tan solo hubiera disparado el arma nada de eso habría pasado. Pero su intensión de guardar la munición para después le había costado a Mila y Cecil.
Derek se alejó como una sombra satisfecha, llevándose consigo a Mila, mientras las sirenas del Distrito comenzaban a zumbar en la distancia.
En un acto de ira, Beltrán lleno de rabia rugió con todas sus fuerzas mientras que veía como todos se iban dejándolo completamente solo. Únicamente él y la cabaña que por poco se caía en pedazos por la explosión. Miró al suelo perdido. Cansado de todo. Cuando un papel le llamó la atención, era la carta de Castells que Mila tenía en su bolsillo. Curioso de su contenido la abrió y leyó casi quedando congelado por lo que decía. Pero había algo más allí, ya que con el calor las letras de algunas de las palabras escritas parecían tornarse de un tono rojizo revelando otro mensaje. El verdadero mensaje de Castells antes de morir.