El peligro de la atracción

1322 Words
La formación de nuevos soldados acechando era un completo peligro para el pequeño grupo liderado por Beltrán, aunque su liderazgo era bastante acertado y cada movimiento parecía ir bastante bien, no podría descartar un enfrentamiento dentro de muy poco tiempo, el grupo como tal, ya estaba sobre exigiéndose demasiado ante tantos movimientos, mientras que Mila ya no soportaba más el dolor intenso que le generaba su herida. Había peleado durante demasiado tiempo. “un ser humano normal no habría aguantado tanto” dijo para sí Beltrán entre que la miraba como neciamente se movía a la misma velocidad con todos, aun así, su queja ahogada se notaba. Por su parte Jane, estaba intentando contactar con Simón o por lo menos con Julia, pero sus intentos se desvanecían tras una ola de ruido blanco una y otra vez. De pronto. La imagen del beso entre ella y su supuesto “jefe” volvía a su mente como una espina venenosa. Jane, quien siempre había sido la mejor aliada no pudo evitar también sentir un rastro de celos. Después de todo, ella había amado en secreto a Simón desde que fue reclutada, pero al parecer, el hombre que amaba solo tenía ojos para Mila. Ahora en el presente notaba lo mismo con Beltrán ¿por qué ella? Se cuestionó toscamente en su mente mientras la desesperación le hacía apretar en comunicador contra su oreja. “si fuera Mila habría respondido” de nuevo su inconsciente le estaba jugando en contra. De pronto, algo llamó su atención. Beltrán no dejaba sola ni un segundo a Mila. Ya se había percatado antes, pero esta vez, la mirada que lanzaba era muy peligrosa, solo había sentido escalofríos una vez en su vida, cuando Simón casi la mata por un encargo no realizado. Era esa misma mirada que por poco la hace apretar el gatillo de su arma. Su sangre se heló, ¿Por qué aquella mirada vigilaba a cualquiera que se acercara a Mila?, tan solo eran sus compañeros preocupados brindando una botella de agua. Nada de eso le gustaba. En ese solo instante sintió empatía y lastima por Mila, sus celos ahogados por muchos años se disolvieron en un solo pensamiento “En qué clase de problema acabas de terminar, amiga mía” — ¿Puedes seguir? — le susurró Beltrán a Mila, apenas ocultando la ansiedad en su voz. — Sí —respondió ella, con la respiración agitada—. Solo… un poco más. El grupo entero permanecía alerta por cualquier novedad mientras que no podía evitar cierta incomodidad, como si quisieran advertir a Beltrán de no acercarse a la mujer de Simón, aunque sabían que ella rechazaba a Simón, este no permitía que nadie se le acercara, al mismo tiempo, sentían cierto temor por hablar como si la presencia de Beltrán de alguna forma los intimidara, incluso sin conocerlo, el autoritarismo que reflejaba era sumamente dominante. Beltrán asintió, pero no dijo más a la respuesta de Mila. Sabía que cualquier palabra fuera de lugar la haría cerrarse, y por ahora no podía permitirlo. Tenía que estar cerca de ella. Necesitaba entender qué lugar ocupaba realmente en su vida. Porque, aunque no sabía aún qué era dentro de todo este infierno… una cosa sí tenía clara: Mila no podía ser de Simón. El pensamiento lo golpeó con fuerza, tan irracional como intenso. Entonces, el ruido. Un leve clic metálico. Beltrán se detuvo en seco con un salto erguido. Jane también. — Trampa —dijo Jane con los dientes apretados—. Hay más. — Nos quieren rodear — señaló uno de ellos. No alcanzaron a moverse cuando los disparos comenzaron de nuevo, esta vez desde un flanco. Un grupo de cinco hombres apareció desde una tienda derrumbada, bien armados y con miras térmicas. Estaban preparados. — ¡Al edificio! —gritó Jane, apuntando a una estructura a medio derrumbar—. ¡Vamos! Beltrán no esperó. Rodeó a Mila por la cintura y la alzó sin pedir permiso. Ella se resistió al principio, pero la urgencia del ataque no dejó margen. Subieron los escalones de concreto mientras las balas zumbaban tras ellos. Jane cubría la retaguardia disparando en ráfagas cortas. Llegaron al tercer piso, donde un par de ventanales rotos dejaban entrar la luz azulada del amanecer. Beltrán la recostó con cuidado contra una columna y se posicionó en una esquina con su arma apuntando hacia la entrada. — ¿Estás bien? —preguntó, sin dejar de observar. Mila asintió, pero su mirada no estaba en los enemigos, sino en él. Había algo en la forma en la que se movía, en la exactitud de sus decisiones, en cómo le daba órdenes a Jane sin siquiera levantar la voz… algo que le recordaba a Simón. O peor: algo que lo superaba. Beltrán no era un empresario ni un civil perdido en un conflicto. Se comportaba como un estratega nato, un depredador silencioso que sabía exactamente cuándo atacar. Y eso le inquietó. Era confuso, y ni siquiera pudo cuestionar el como la cargó contra su voluntad. — Nunca imaginé que supieras moverte así —le dijo, entre jadeos. Beltrán la miró, con esa sombra posesiva asomando en sus ojos oscuros. — No sabía que tú… eras de Simón —soltó de golpe, sin poder contenerlo más. Mila parpadeó, confundida. Aquel comentario era completamente fuera de sí, ¿por que pregunta eso? pensó, intentando deducir su acción, era una pregunta tonta. muy tonta y fuera del lugar. — ¿Qué…? — alcanzó a decir mientras su rostro se desfiguraba en una mueca confundida. — Pensé que tú… —Se interrumpió a sí mismo, frustrado—. No importa. Mila lo observó en silencio, como si analizara algo nuevo en él. — No soy de nadie —dijo, con firmeza esquivando la mirada para luego posicionarse como el resto vigilando al enemigo. Y fue esa frase la que encendió algo en Beltrán. Una chispa. Un deseo de que nunca cambiara. Un deseo egoísta de que se quedara a su lado, aunque no supiera aún quién era, ni qué poder corría por sus venas. Porque allí, entre los cristales rotos y el olor a pólvora, en medio del caos, Beltrán empezaba a sentirlo. No solo que era parte de algo más grande. No solo que cada uno de sus movimientos en batalla se le daba con una facilidad casi sobrenatural. Sino que Mila tenía que ser parte de ese nuevo mundo que lo reclamaba. Y si eso significaba ir en contra de Simón, lo haría. Porque Mila ya no era solo una superviviente para él. Era suya. Un golpe seco en la puerta interrumpió el momento. Jane giró el arma con rapidez, lista para disparar. — Contraseña —gritó. — "Caín no es mi nombre" —respondió una voz familiar desde el otro lado. Jane bajó el arma. Beltrán se tensó al reconocer la voz, al mismo tiempo que veía como Mila cambiaba su rostro inmediatamente, se sentía aliviada al mismo tiempo que nostálgica como si hubieran pasado años y no días. Simón apareció en el umbral, su silueta recortada contra la luz de la escalera. Tenía el rostro serio, pero sus ojos se clavaron en Beltrán primero, y luego en Mila. El ambiente se cargó de algo espeso, eléctrico. — Llegaste rápido —dijo Beltrán, sin ocultar la sorpresa. — Dejaste un mensaje en el monitor —respondió Simón—. Sabía que me necesitabas vivo para algo. Hubo un silencio. Simón recorrió a Mila con la mirada, luego a Beltrán. Y aunque no dijo nada, algo en su ceño se endureció. Había visto la cercanía. La tensión. Y aunque lo notó, decidió no mencionarlo. No aún. — Tenemos que movernos. Están cercando todo el perímetro —dijo, volviendo a su tono neutral, casi frío. Beltrán asintió, pero su mandíbula estaba tensa. Mila sintió ese nudo silencioso entre ambos. Simón ya lo sabía. Y Beltrán... no pensaba retroceder.
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