"El corazón del Distrito"

1216 Words
La consciencia volvió a Mila como una marea lenta y dolorosa. Sentía como sus muñecas le dolían al punto de estar ardiendo, casi quemándoles, sus brazos estaban congelados. Amortiguados por estar tirando hacia arriba con una gruesa cadena. Sus párpados pesaban toneladas, pero un zumbido agudo en su oído y el frío del suelo metálico le obligaron a moverse. A su alrededor, las sombras de un corredor lúgubre danzaban, iluminadas apenas por luces parpadeantes. A su izquierda, Cecil estaba hincado en el suelo, las manos esposadas, los ojos abiertos como platos mientras contemplaba, horrorizado, lo que ocurría ante él. — ¡Por favor... basta! —suplicaba. Un golpe sordo resonó, seguido de un gemido ahogado. El ejecutor Derek yacía encadenado al centro del pasillo, con los brazos abiertos como en cruz. Cada látigo de energía que descendía sobre su espalda le arrancaba un temblor violento seguido de un retorcijo de su cuerpo como si con ello pudiera evitar el incesante dolor, la carne ya abierta en hilos sangrientos se escurría en el suelo hasta perderse en un enorme charco rojo. Una mujer de rostro imperturbable, Emilia, dirigía la escena con una simple inclinación de cabeza. A su lado, dos guardianes del Distrito continuaban con el castigo sin mostrar emoción alguna. Era una escena perturbadora que le devolvió de inmediato la consciencia a Mila. Tras darse cuenta de su cuerpo quiso bajar los brazos, pero estos estaban encadenados y cada movimiento le costaba mientras sus piernas dudaban en reaccionar. — Los errores cuestan vidas aquí —dijo Emilia, su voz tan fría que parecía hecha de hielo fracturado—. Dejar a Beltrán Cold con vida no fue solo una imprudencia. Fue una traición. Cecil temblaba. No entendía todo, pero sabía que el hombre que lo había encadenado estaba pagando caro. La escena que veía era demasiado impactante al punto en que temblaba de miedo. La sangre salpicaba los alrededores mientras Cecil no paraba de ver la tortura que estaba llevándose a cabo. Mila, adolorida, trató de incorporarse. Quería proteger a su hermano, pero el cuerpo le temblaba al mismo tiempo que sentía una pesadez poco usual. Apenas lo logró sujetándose de las cadenas, al mismo tiempo que dos soldados la sujetaron con brusquedad. — Llévenla al Ala Médica —ordenó Emilia—. El Amo desea verla personalmente. Cecil intentó seguirla, pero lo inmovilizaron de un empujón. Mila tan solo volteó a verlo comunicándole con la mirada que no era momento de hacer alguna locura. La mujer sabía que cualquier intento solo significaría la muerte de ambos. Por lo que no tuvo otra alternativa de desaparecer tras una puerta metálica que se cerró con un silbido hermético. Cecil solo pudo observar entre que sentía la presión de los guardias por que no moviera un musculo. Mila notaba un pasillo metálico tosco y sin color alguno, era oscuro y frio, cada vez que bajaba la velocidad era empujada con fuerza. Realmente no tenia muchas oportunidades para escapar y sentía que cada vez más se alejaba de su hermano, casi parecía un laberinto difícil de comprender. Miró por un momento sus cadenas y notó que era un tipo de cerradura que no había visto antes, incluso con sus mejores herramientas le sería imposible liberarse de ellas. El camino parecía una fortaleza impenetrable entre más se adentraba. Finalmente llegaron al laboratorio. Era un sitio iluminado de un blanco puro casi sin distinguir entre las paredes y el suelo debido al color tan brillante que soltaba, era un santuario de acero y cristal, pulcro en apariencia, pero impregnado de un horror subyacente. Los tubos de ensayo estaban bien colocados al mismo tiempo que extraña maquinaria parecía procesar entre que silbidos de vapor escapaban de allí. La imagen le incomodaba a la mujer encadenada, pero intuyó que allí podría encontrar alguna herramienta para liberarse. De pronto. La empujaron hacia adentro y la dejaron de pie, sola. La puerta se cerró automáticamente dejándola sin nadie que la vigilara. Mila no comprendía el motivo por el que había sido transportada, era inusual que dejaran a un prisionero solo en una habitación como esa, hasta que volteo. Frente a ella, sobre una camilla elevada, yacía un cuerpo que reconoció de inmediato: Simón. Tras un cuarto de cristal abierto se encontraba el hombre. Inconsciente. Conectado a tubos y monitores, su rostro sereno como si durmiera, aunque su cuerpo mostraba cicatrices recientes y marcas de experimentación. Los vendajes lo cubrían casi por completo solo dejando su rostro. El pitido constante mostraba sus signos vitales mientras que su respiración era pesada y lenta. Mila apenas podía procesarlo. No podía creer que estuviera vivo. Caminó lento como si no creyera lo que estaba viendo. ¿Qué hacían con él? ¿Qué le habían hecho? Pensó de inmediato entre que sentía un vacío dentro de ella. No sabia lo que estaba sucediendo ¿por qué el distrito tenia a Simón? Si era por ella, ya la habían capturado. Entonces ¿por qué tenerlo así? Se preguntó de nuevo. — Vaya... Vaya... qué hermosa imagen. Una voz profunda y casi paternal retumbó desde el fondo del laboratorio. Mila volteó instintivamente como si sintiera la amenaza de una bestia sanguinaria tras ella. En cuanto lo hizo sus ojos se abrieron a la par como si viera un fantasma. ¿Beltrán? Pensó tan pronto lo vio. Un hombre apareció de entre las sombras, caminando con la majestuosidad de quien posee el mismo suelo que pisa. Era la viva imagen de Beltrán solo que unos años más en su cuerpo. Vestía un traje oscuro de corte impecable. Sus cabellos plateados no restaban fuerza a su porte, y sus ojos —un verde enfermizo similar al de Beltrán y Diablo— brillaban con un fuego que quemaba sin tocar. — Mila —pronunció su nombre como quien acaricia una joya recién descubierta—Bienvenida al verdadero corazón del Distrito. Ella retrocedió un paso como si se pusiera en a la defensiva. — ¿Quién eres...? —su voz salió rasposa, débil. El hombre sonrió. Una sonrisa que no contenía calor, solo dominio absoluto. —Soy el Dueño de esta ciudad. El arquitecto de las reglas que protegen a la mafia bajo el velo de la ley —se inclinó ligeramente, casi como un actor en una farsa macabra—. Soy el padre de Beltrán, de Simón... y del Diablo. El mundo pareció inclinarse bajo los pies de Mila. Estaba frente al dueño del distrito. El creador del “indulto a la mafia” el primer gran mafioso a quien nadie nunca supo su identidad, el “mafioso sin nombre” su cuerpo se tensó inmediatamente mientras lo miraba sonreír como si adorara aquella reacción. Era la misma sonrisa siniestra de Simón cuando Mila lo desafiaba. El mismo porte que mostraba Beltrán y la mirada asesina del Diablo. En definitiva, esta vez estaba un grave aprieto. Nada de lo que sabía era real. Y ahora, estaba atrapada en el mismísimo infierno. — Y tú —añadió el hombre, acercándose hasta quedar a centímetros de ella—. Tú, querida mía... eres la pieza que aún no hemos terminado de construir. Su mirada fue un puñal, perforándola hasta la médula. — Prepárate. Hoy empieza tu verdadero propósito. Mila, o debería decir, Emilia, la hija prodiga.
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