Seren
A veces hasta los demonios necesitan un abrazo...
No soy una buena persona, solo finjo en mi normalidad, la línea se desdibujó desde hace mucho, hubo una época que sabía que lo que hacía no me agradaba, eso fue al principio, porque conforme lo hice un hábito, le tome gusto.
Lo correcto, sí, pensé que ayudaba de cierta forma, quitando de la faz de la tierra a esas personas malvadas, pero ¿qué había de mí? Yo también me convertí en un monstruo.
Al ver que quitar a esas personas de este planeta, no era por hacer un acto de caridad, más bien era porque a alguien le molestaba o entorpecía sus planes, eso es lo único que me ha enseñado las agencias para las que llego a trabajar. Sus intenciones son meramente monetarias.
Me atormentaba por las noches y yo me saboteaba, tanto así que en varias misiones casi deje que me eliminaran.
Un bache que atravesé en donde no le encontraba sentido a mí existir, ya hace unos años que ocurrió, en ese debatir por la depresión como salida, me di a la tarea de buscar de dónde había venido.
De mi infancia poco recordaba, excepto que había tenido padres, solo memorias escasas de momentos felices y una casa venían a mí.
Lo que más recordaba era el día que me habían llevado de la escuela a la que asistía, siendo una niña no entendía, por qué ya no volvería a ver a mis padres, el lugar al que me llevaron era un agujero mal oliente, con gente mal hablada, que nos vendía por escasos dólares.
Al ser vendida, tuve la fortuna de no caer con pedófilos, eso razone más tarde, pero si esa era mi suerte, caer con traficantes de drogas, que utilizaban niños a los que llenaban de sus porquerías para introducirlas a los países.
Claro, eran delincuentes de poca monta, como luego aprendí, eso es solo una fachada, los cargamentos importantes siempre son pasados por las narices y en complicidad con las autoridades, que hasta protección les prestan.
Y justo con esos que se dedicaban a cosas grandes es donde termine, ¿por qué?, por ser más inteligente que los que me rodeaban, ellos intentaban escapar, terminaban con una golpiza, huesos rotos o muertos, yo, en cambio, intentaba aprender, para escapar pero no a la carrera, sino por la puerta grande.
Las organizaciones criminales eran un caos, hasta que se fueron profesionalizando, allí fue dónde aprendí, defensa, disciplina, a usar cualquier tipo de arma, a leer a la gente. Ellos me apreciaban porque les era útil y me tenían contenta con enseñarme más, mi diversión era leer sobre psicología, tecnología.
Al darse cuenta me mandaron a una escuela, como prueba, al pasar un mes, dos y no dar señales de huir o delatarlos, dejaron que me manejara como mejor me placía.
Pase de organización en organización, me veían como una bonita mascota y alguien a quien podían cultivar para hacerla lo que ellos más necesitaran.
Hasta que un grupo me sustrajo, a los 17 fue difícil subyugarme, mis habilidades les dejaron sorprendidos y justo por eso fue que me llevaron, ese grupo trabajaba para las agencias de todos las grandes potencias. Entrenaban a sus agentes, espías y asesinos.
Yo fui una curiosidad que encontraron, su misión había sido matar a la cabeza de aquella organización, al exterminar a todos, el mundo criminal dio por hecho mi muerte.
Al realizarme pruebas y entrevistas determinaron que ya estaba más allá de la reinserción social, me faltaba un tornillo llamado empatía y sensibilidad. No al grado de una psicopatía, más bien por toda las vivencias que había experimentado.
Era capaz de diferenciar el bien del mal, pero en los entrenamientos vieron que era bastante decidida y sanguinaria, algo que a sus reclutas les faltaba.
En ese lugar aprendí nuevas habilidades, esas de las que carecía para ser totalmente funcional y mimetizarme con el entorno social. Idiomas, se me daban bien, historia, fue donde me di cuenta de que eso me agradaba.
Para mí fue una experiencia similar a la que viven los militares, encerrada en algún sitio, con rutinas, entrenamientos, clases.
Ellos me crearon una nueva identidad, borraron cualquier rastro de mi anterior vida o eso pensaron, porque gracias a mi insistencia y las habilidades de Tony, pude recuperar algo de mi pasado.
Justo al recordar esto, es lo que a veces me da nostalgia, es cuando tomo un respiro. Gracias a la fachada de Serena Ward y los constantes viajes para recolectar piezas o para restaurar otras, me puedo permitir ir a ver a esa mujer que vive peleando con un joven que va a la universidad y le da problemas, su vida tan simple me da envidia.
Tomar varios vuelos y dar rodeos para solo dar un vistazo, es lamentable, pero no puede ser de otro modo, superar una perdida es doloroso para los padres, más cuando nunca encuentran el cuerpo de su hijo.
En algunas ocasiones me invento una historia en la que yo participo junto a esta pequeña familia de tres, a veces, soy la hija responsable, otras la que da problemas, quizá ya tuviera un marido y dos niños. Esas fantasías calman mi nostalgia.
No consiento más de eso, nunca he hablado con ellos, ni intercambio de miradas, por temor a ser descubierta, o a no ser recordada en lo absoluto. Y en las terribles repercusiones que traería consigo de hacerles saber sobre mí.
A la distancia y siempre con las debidas precauciones me permito averiguar sobre sus cambios en estos últimos años, la añoranza a veces me azota con fuerza, pero es mayor el miedo de poder estropear su pacífica vida, que la recompensa que podría sentir por recibir afecto de aquellos con los que comparto un lazo sanguíneo.
De regreso a Nueva York, ya no tengo ese deje de nostalgia, más bien ahora fue sustituido por coraje, contra esos malnacidos que me separaron de mi familia, ahora solo puedo proferir maldiciones porque hace mucho que los elimine, para sentirme mejor.
No ayudo en lo absoluto, pero por lo menos quite esa escoria de circulación.