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Cíen no tenía paciencia. Jamás la había tenido. Y la chica tonta era demasiado lenta para caminar. Frustrado empezó a doblar las mangas de su impecable camisa blanca y almidonada para matar el tiempo hasta que escuchó los fuertes pasos de el verdugo. Isabella había llegado. Con las manos a los lados de su cuerpo, Isa entró en la amplia sala que parecía ser un comedor realmente elegante. Recordó cómo eran las adornadas fiestas a las que sus padres por obligación debían llevarla al ser pequeña y se vio a sí misma, maravillada con la decoración. Ahora miraba al suelo intentando no chocar contra la musculosa espalda del extraño sujeto que la guiaba. Cíen miró con diversión la bata que usaba, era tan delicada como ella y parecía ser un velo rosado y pálido sobre y cuerpo carente de bronceados

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