POV Katherine.
Camil entra con un cuaderno y su tablet, con una mirada que grita: esto va a ser divertido.
Yo no lo veo así. Esto es estrategia. Posicionamiento. Apariencia.
—Tenemos tres candidatos confirmados —dice, mientras acomoda sus cosas—. Todos disponibles para citas de presentación en los próximos días.
—¿Tres? —repito.
—Bueno, cuatro a menos que quieras agregar a la lista a tu sexi asistente —menciona Camil. La miro y solo esconde una sonrisa detrás de su libreta.
Enarco una ceja y ella regresa a su postura profesional.
—Tuvimos que hacer filtros. No querías modelos, actores ni aspirantes a influencer. Eso redujo el 90% —agrega.
Asiento. Bien. Nada me distrae más que alguien que se toma más selfies que decisiones.
—¿Y ya sabes qué decirles? —pregunto.
—Que buscas compañía para un evento familiar. Discreción. Un buen rostro. Nada más —responde.
Oliver pasa caminando frente a la oficina. No mira hacia adentro.
Sigue con ese paso tranquilo, carpeta en mano, como si la tensión del mundo le fuera indiferente.
—Uno se llama Noah, otro Damián y el tercero es... Gabriel —continúa hablando Camil.
Regreso a lo que es importante y no a lo que me ha tenido un poco distraiga estos días.
Miro las fotos. Todos bastante presentables. Tal vez incluso agradables. Pero ninguno se detiene en mi mente como lo hace Oliver al pasar al fondo del pasillo, ajustándose la manga con una precisión que parece prohibida.
—¿Cuándo vienen?
—Noah esta tarde. Los otros en el transcurso de la semana —responde Camil con una sonrisa que me deja claro que en su mene esto es una clase de romance en proceso.
—Te vamos a preparar como si fueras a entrevistar diseñadores para París. Vestido, maquillaje, iluminación, actitud —menciona fascinada.
—La actitud ya la tengo —respondo.
—Katherine... esta vez no puede parecer que vas a despedirlos por respirar —dice con su ceño fruncido.
Suspiro. Tienen razón.
Este juego se juega distinto.
*****
El restaurante es moderno. Minimalista. Luces suaves, música elegante, suficiente espacio entre mesas para evitar escuchar promesas ajenas. Chelsea y Camil eligieron el lugar. Por supuesto. Lo suficientemente discreto para que no parezca una cita real... pero lo bastante estético para mantener mi reputación intacta si alguien me ve.
Noah llega puntual. Traje gris claro, sonrisa amable. Se ve bien. Perfectamente presentable. Perfectamente... olvidable.
—Katherine McCarthy, ¿verdad? —pregunta mientras se sienta frente a mí.
—Lo soy.
Sonríe. Mucho. Demasiado. Y habla rápido. Sobre cómo le gusta el arte, el diseño, los perros, el clima, los vuelos baratos, su madre.
Yo solo asiento.
Porque mientras me explica por qué cree que el azul celeste es el color más infravalorado del año, mi atención se dispersa. Pienso en un par de ojos. Verdes.
¿Pero qué me pasa? Me golpeo mentalmente.
—¿Y tú? ¿Tienes alguna pasión secreta? —pregunta Noah.
"Evitar hombres que usan la palabra pasión en la primera hora." No lo digo. Solo sonrío.
La cena pasa. La conversación termina. Y aunque es cortés, agradable y está dispuesto a acompañarme a la boda... sé que no. No será él.
Al salir del restaurante, tomo aire y marco a Camil.
—Next.
La escucho bufar antes de responder.
—¿Le diste al menos una oportunidad?
—Claro que lo hice. Vine, me senté y lo escuché hablar del color azul celeste.
La escucho reír.
—Bien. Organizaré la siguiente cita con Damián. Parece prometedor.
—Mientras no quiera hablar de otro color —murmuro.
Hablamos un par de cosas más antes de colgar.
Decido ir a casa. Por hoy he tenido demasiado.
Llego a casa y la soledad me recibe.
Me quito los tacones al entrar. El silencio me abraza como siempre. A veces lo amo. A veces lo detesto.
Suspiro.
Dejo el bolso sobre la mesa, el abrigo en el perchero.
Me sirvo una copa. Me acomodo en el sofá. Y por primera vez en mucho tiempo, me permito pensar en alguien más de lo necesario.
Y me pregunto si debería considerarlo como una opción, pero, así como llega esa idea se va.
Imposible.
Decido ir a mi habitación para tomar un baño de burbujas.
Tanto trabajo ya comienza a pasarme facturas.
La mañana llega con sus complicaciones.
La alarma no me despertó y ahora voy tarde a la empresa. Y como si eso no fuera poco, mi conductor no se presentó a trabajar hoy.
Corro por la casa como si me persiguiera una deuda.
Esquivo muebles, salto obstáculos invisibles... y entonces, la alfombra. La muy traicionera decide que hoy es el día de arruinarme la vida.
Piso mal, mi tobillo gira como si estuviera en una audición para "Bailando por tu vida", y caigo al suelo con la elegancia de una croqueta lanzada desde un tercer piso.
—¡Perfecto! —gruño mientras intento incorporarme. Mi pie palpita como si tuviera sentimientos heridos.
Cojeo hasta el sofá, dramatizando como si estuviera en una telenovela.—Esto es lo que pasa cuando confías en alfombras con actitud.
Alcanzo mi bolsa y otro gemido de dolor se escapa al mínimo movimiento.
Mi tobillo al parecer se fue de vacaciones.
Caso mi celular y suelto un suspiro. Marco a quien nunca imaginé llamar en esta situación.
—¿Jefa? —escucho su voz al otro lado.
Aprieto los labios antes de hablar. —Necesito que alguien venga por mí —digo.
Escucho silencio por al menos unos 5 segundos.
—¿Un Uber? —cuestiona como si fuera yo fuera idiota.
—No. Odio subir a autos ajenos. Necesito a un conductor que venga y conduzca mi auto —me quejo al terminar.
—¿Se encuentra bien?
Cierro los ojos y contengo la respiración para no gritarle ante mi frustración.
—Solo haz que alguien venga por mí —termino la llamada.
Alzo mi pie para revisar mi tobillo y lo veo rojo e hinchado.
Genial. Lo que necesitaba.
Hoy tengo una cita con Damián y no puedo ir así.
Sin contar con las responsabilidades que tengo en la empresa.
Luego de lo que parece una eternidad, escucho que alguien toca el timbre.
Tomo mi bolsa y me acerco a la puerta.
Duele. Duele a mares.
Abro y no puedo creer lo que veo.
—No eres el conductor que esperaba.
—No encontré ninguno disponible —dice ofreciendo una sutil sonrisa.
—Bien. Vamos —suspiro sin tener otra opción.
Avanzo, pero el dolor me detiene.
Oliver se apresura a sostenerme.
—Necesita un doctor para checar eso —ambos miramos mi tobillo.
—No tengo tiempo. Ya perdí una reunión y si no nos apresuramos, no podré revisar los avances de la colección —menciono.
Alzo el rostro y noto que estamos demasiado cerca.
Puedo sentir su colonia colarse por mis fosas nasales y el calor que irradia su cuerpo.
Este hombre es demasiado sexi, a decir verdad.
—Puedo revisarla —susurra sin apartar la mirada de mis ojos.
Asiento con lentitud.
Me toma en brazos sorprendiéndome.
Me aferro a su cuello al sentir que me eleva.
Lo miro y ofrece una sonrisa sutil.
—Es más cómodo para ambos —menciona.
Entramos a mi casa y me lleva hasta el sofá.
Con movimientos lentos se aleja quedando de rodillas frente a mí.
Antes de tocar mi pie, me mira. Asiento dándole permiso.
Lo toca con delicadeza y lo alza un poco.
Hago una mueca de dolor conteniendo un gemido cuando lo coloca sobre su rodilla flexionada.
—Necesita un ungüento para desinflamar y algunos analgésicos —menciona.
—Qué eres ¿Un doctor?
—Tomé un curso de primeros auxilios —responde regresando mi pie al suelo con cuidado.
Enarco una ceja.
Sin duda tiene muchos talentos.
—Creo que en la cocina debe haber algo que sirva. No sé el lugar exacto dónde guardan el botiquín —respondo honestamente.
Señalo el lugar y asiente.
Se pone de pie y desaparece en mi campo de visión.
Observo mi tobillo y en verdad se va mal.
Alzo el rostro al escuchar sus pasos, lo veo acercarse con algunas cosas.
Se hinca de nuevo frente a mí. Remanda sus mangas de la camisa y se dispone a atender mi pie.
Lo veo atenta.
Y comienzo a creer que la idea de Camil de agregarlo a los candidatos no es tan mala idea.