POV Oliver Black
Llego a casa justo cuando el sol empieza a rendirse. La fachada está desgastada, pero familiar. El tipo de lugar que no presume nada, pero guarda todo.
Abro la puerta y el olor a sopa de lentejas me recibe antes que cualquier saludo.
—¡Oliver! —grita Dana desde la cocina—. Mamá dice que no te escapas sin probar esto.
—¿Y si ya cené? —pregunto, dejando el maletín en el sofá.
—Entonces finges que no lo hiciste —responde Paula desde el comedor, sin levantar la vista del cuaderno donde anota gastos.
Mi madre aparece con su delantal de flores y esa mirada que mezcla cansancio con cariño.
—¿Cómo estuvo el día, hijo?
—Intenso. Pero bien —respondo.
Me siento a la mesa. Dana sirve con entusiasmo. Paula revisa números. Mamá me observa como si pudiera leer lo que no digo.
—¿Te quedaste con el puesto? —cuestiona con cautela.
Las observo un segundo antes de asentir.
—Si.
Dana y Paula sueltan un grito de felicidad.
Comienzan a hablar al mismo tiempo que no comprendo lo que dicen.
—¿Te dijeron algo del requisito? —pregunta Paula cubriendo la boca de Dana.
—No —respondo.
—¿Y ella? ¿La jefa? —insiste Dana quitando las manos de mi hermana de su boca.
—Ella... creo que tampoco puede creer que me haya contratado. Ni siquiera estoy seguro de que haya querido contratarme en primer lugar.
Juego con la cuchara en la sopa.
Mamá suspira. —No hiciste nada malo. Solo tomaste una oportunidad que no estaba diseñada para ti. Pero tú la hiciste tuya.
Asiento. Porque eso fue lo que hice. Porque eso fue lo que ellas me empujaron a hacer.
—¿Y cómo es? Cuéntanos —pregunta Dana, curiosa.
—Intensa. Elegante. Precisa —respondo con la mirada en un punto fijo.
—¿Guapa, igual que en las revistas? —interrumpe Paula.
La miro sobre mis pestañas. Bajo la mirada antes de responder, pero en mi mente la imagen aparece clara, inevitable.
Katherine McCarthy tiene una belleza que no se explica, se impone. Cabello rubio perfectamente peinado que cae detrás de su espalda completamente liso, como si el desorden nunca hubiera sido una opción. Ojos marrones con un brillo dorado que observa sin permiso, sin disculpas. No sonríe fácil, ni se deja leer. Su figura es delgada con curvas sutiles, sí, pero más que atractiva... transmite poder. Parece frágil, pero eso es solo un truco visual. En realidad, Katherine es la definición de firmeza disfrazada de elegancia.
—Aún más —respondo sin pensar.
Las tres me miran. Yo bajo la vista de nuevo. Porque no vine a hablar de Katherine.
Terminamos la cena y me encargo de levantar la mesa y lavar los platos.
—Deja eso, hijo. Ve a descansar. Mañana debes levantarte temprano para tu primer día oficial en esa gran empresa —comenta mi madre entrando a la cocina.
Se pone el delantal de nuevo con la clara intención de hacer el trabajo por mí.
—Olvídalo, mamá. Preparaste la cena.
—Realmente fue lo único que tus hermanas me dejaron hacer en el día. Sabes cómo son.
—Ya trabajaste mucho por nosotros. Es justo que ahora descanses —la miro y ella me regala una sonrisa cálida.
—Mi hermano tiene razón, mamá. Ve a descansar. Recuerda tomar tus medicamentos antes de dormir —dice Paula al entrar—. Yo ayudo al señorito asistente.
Mi madre ríe y asiente.
—Solo no inunden mi cocina —dice al irse.
Me quedo con Paula. Es mayor que Dana, pero menor que yo. Eso la deja en el puesto de en medio. Y en el rol de la que siempre pregunta lo que nadie quiere responder.
—Ya, dime cómo es realmente ella. Katherine tiene fama de bruja.
—No es una bruja —respondo, mientras enjuago un plato—. Es exigente. Precisa. No deja espacio para errores.
Sé eso por los artículos de negocios que leo de ella y por lo que Chelsea mencionó durante el día.
—¿Y eso te gusta? —cuestiona con una sonrisa innecesaria.
—No sé si me gusta. Pero me reta. Y eso... me mantiene despierto.
Paula me observa. —Y te atrae.
No respondo. Porque más que pregunta, suena a afirmación.
Katherine es una mujer que, además de ser hermosa, es inteligente.
Pero es mi jefa y este fue mi primer día junto a ella.
—No creo que eso sea relevante. O necesario en este momento.
Ella sonríe. —Tal vez, pero ten cuidado. Las mujeres como ella no se enamoran fácil. Y si lo hacen... no lo admiten.
—No estoy buscando que se enamore —digo terminando de enjuagar el último plato.
—¿Y tú?
—Yo solo quiero hacer bien mi trabajo —me seco las manos.
Paula no insiste. Pero su mirada dice que no me cree.
Terminamos y cada quien se va a su habitación.
Observo el techo y suspiro antes de que el sueño me invada.
* * * * * * * * * * *
(Dos semanas después)
Me despierto con el sonido de la alarma.
Mi madre ya tiene preparado el desayuno para los tres.
Pan tostado, café, fruta. Lo básico. Lo suficiente.
Tomo el autobús que me deja a tres cuadras de la empresa. Llego a tiempo. Ordeno el escritorio, enciendo la computadora y luego me dispongo a preparar el café de la jefa.
Chelsea me enseñó cómo lo bebe. Sé que es algo que la secretaria de presidencia debería hacer, pero según Chelsea, Katherine odia el café que prepara Aria.
Cuando lo tengo listo, salgo rumbo a la oficina. Ya debe estar por llegar.
Antes de salir del área, alguien me detiene.
—Oliver.
Me giro.
Fernanda.
Pelirroja.
Sonrisa tímida.
Mirada que busca algo más que conversación.
—Buen día —saludo, cortés.
La veo sonrojarse y acomodar un mechón de cabello invisible.
—Esta noche hay una fiesta —dice, bajando la voz como si fuera una invitación secreta—. Algunos del equipo vamos a ir. ¿Te gustaría acompañarnos?
Antes de poder responder, veo pasar a mi jefa por el pasillo. Ella es alguien que se roba fácilmente las miradas.
—Gracias, Fernanda. Lo pensaré —respondo.
Ella asiente, sonríe, y se va.
Sé que la chica se siente atraída por mí y no quiero darle falsas ilusiones. No busco tener nada serio en estos momentos. Ni siquiera cosa de una noche.
Yo sigo mi camino. Con el café en mano.
Toco la puerta y al segundo ella me permite entrar.
—Su café —digo, dejándolo sobre el escritorio.
Ella ya está allí. Vestida como siempre: impecable, precisa, inalcanzable.
Katherine no responde de inmediato. Solo lo toma. Lo huele. Lo prueba.
—Mejor que el de Aria —murmura.
No sé si es un elogio. Pero lo tomo como uno.
Le doy su agenda del día y anoto lo que necesita, al terminar la miro.
Ella levanta la vista. Me observa. Y no sé cómo descifrar esa mirada.
—Puedes retirarte —responde al final.
Asiento. Me doy la vuelta. Salgo.
Camil, la vicepresidenta de la empresa se cruza conmigo en el pasillo.
—No me anuncies, no es necesario, guapo —dice, guiñándome un ojo con coquetería antes de entrar.
Sonrío con educación.
La señorita Camil tiene una belleza evidente, de esas que se exhiben con naturalidad y poder. Pero no es quien ocupa mi mente sin siquiera buscarlo.
Asiento y la dejo pasar antes de ir a mi lugar.