Reunir a Camil y Chelsea en mi oficina a primera hora del día siguiente es fácil.
Hacerles creer que esto es una decisión estratégica y no un arranque emocional... eso ya requiere más talento.
—Necesito una cita —suelto, apenas se sientan.
Camil parpadea, luego sonríe como si hubiera esperado esto toda su vida. Chelsea, aún con su taza de té en mano, se congela.
—¿Una cita? —repite, porque tal vez piensa que escuchó mal.
—Para la boda de Kassandra y Mark. Un acompañante, un adorno funcional. Nada serio. Nada emocional.
Camil entrecierra los ojos. La conozco. Está procesando. Está planeando. Está disfrutándolo más de lo que debería.
—¿Me vas a contar qué te picó o debo asumir que esto es una estrategia empresarial espontánea? —pregunta con tono curioso.
La ignoro.
—La idea es clara. Entrar a la boda con alguien suficientemente presentable como para apagar rumores. No tiene que ser brillante.
Solo convincente.
Chelsea deja la taza sobre la mesa.
—Podemos organizar algo rápido. Citas exprés. Tengo contactos. Aplicaciones. Una amiga trabaja con candidatos para eventos...
—Mantengamos esto en un perfil bajo —interrumpo. —No quiero que se filtre a los medios que la directora de la empresa de modas McCarthy necesita ayuda para encontrar una cita. Y por supuesto, un contrato. Con clausulas claras y ganancias precisas. Confidencialidad será lo primordial.
El silencio pesa, pero no incomoda. Ellas me conocen. Me han visto tomar decisiones absurdas que terminan funcionando. Esto es solo una más.
—¿Y si ninguno cumple con tus estándares imposibles? —insiste Camil.
—Encontraremos uno.
—Lo que me lleva a recordar, que tienes las entrevistas para elegir por fin a una asistente y darle al fin un descanso a Chelsea y ese bebé.
—Encárgate de eso, Camil. No tengo tiempo para esos trámites —menciono abriendo una carpeta.
—Olvídalo —dice Camil con firmeza. —Has rechazado todas mis propuestas de las últimas dos semanas. Ahora te toda lidiar con esas mujeres —se pone de pie y ayuda a Chelsea a hacerlo también antes de irse.
Miro a mi aun asistente. Chelsea ha sido mi asistente desde hace tres años, cuando recibí la empresa por orden de mi padre.
—Pasa a las postulantes por conforme llegaron y solo dale 10 minutos a cada una. Si se prolonga, entra e interrumpes.
Ordeno y ella asiente antes de salir.
Me concentro en el trabajo y en revisar algunos diseños que todavía necesitan arreglos hasta que Chelsea entra y me informa que las postulantes han llegado.
—Ya sabes qué hacer —menciono.
Minutos después regresa con la primera mujer.
Suelto un suspiro silencioso al verla.
Chelsea tiene el ceño fruncido y supongo que tiene la misma impresión que yo. Mi asistente nos deja a solas.
—Tome asiento, señorita...
—Margaret Rivas —responde la mujer de brillantes labios rojos.
—Señorita Rivas —señalo la silla y ella se acerca.
Comienzo con la entrevista y como en todas, noto que no tiene lo necesario.
Y así pasa la siguiente hora.
Reviso sus currículums y luego las preguntas de rutina.
Pero todas vienen con la misma intención.
—Bien, en caso de salir seleccionada, alguien del área de recursos humanos se comunicará con usted —menciono sin mirar a la mujer.
—Disculpa... ¿tu jefe no debería hacer las entrevistas?
Alzo la vista. Enarco una ceja. —Ya lo está haciendo.
La chica parece sorprendida porque solo abre y cierra la boca como un pez.
Por supuesto, ni siquiera se tomaron el tiempo de investigar que la empresa es dirigida por una mujer. Para todos es fácil deducir que un hombre está al frente de una empresa tan exitosa como la mía.
Chelsea entra como lo planeamos. La chica se marcha y así pasan al menos 6 mujeres más. Con las mismas intenciones.
En la última me dejo caer en el respaldo de mi silla al ver a Chelsea entrar de nuevo.
—Por favor, dime que aún queda alguien con un poco de inteligencia y no con ganas de seducir al jefe que, para su información, no es hombre.
Chelsea sonríe con cuidado. —Sí. Pero hay un... detalle.
Levanto una mano. —Pásame el currículum.
Lo hace. Me concentro directamente en la formación académica. Administración, logística, idiomas, dos cartas de recomendación destacadas.
Interesante.
—¿Tiene experiencia en moda?
—Trabajó en coordinación de eventos para Lumar por dos años.
—Dile que pase.
—Jefa... hay algo que debería saber antes de...
—¿Sabes qué? —la miro. —Ya tomé la decisión. Antes de que suceda algo, hazle saber que seré mi asistente y encárgate de que firme un contrato por uno... no, que sean tres meses.
Chelsea se queda quieta por un segundo, luego asiente y sale.
Tomo aire. Listo. Otro obstáculo superado.
Me levanto y tomo el boceto entre mis manos.
El timbre de llamada de mi celular me distrae un segundo. Me acerco al escritorio y al ver el nombre en pantalla, respondo.
—Qué necesitas, Hendrix
—Me da gusto escucharte también -suelta una risita-. Te invito a cenar esta noche.
—Gracias, pero no puedo -respondo. Observo el dibujo y algo no me convence. Le falta algo.
—Solo es una cena, Kate. No te estoy pidiendo matrimonio... No aún.
Desvío la mirada y la clavo en el gran ventanal que ofrece una vista panorámica de la cuidad.
—Prometo que solo cenaremos y luego te llevaré a tu departamento. No mencionaré nada sobre nosotros -menciona.
—Hendrix...
—No quieres que mi primera cena en la cuidad sea un ramen, ¿o sí?
Dejo escapar el aire, pero antes de que pueda responder, la puerta es abierta. Veo a Chelsea ingresar. Pero esta vez no entra sola.
La figura que la acompaña me detiene el pensamiento.
Alto. Pelinegro. Ojos verdes.
Cuerpo de infarto.
—Hablamos más tarde. Debo atender un asunto... inesperado —cuelgo, sin apartar la mirada de él.
El aire deja de parecer aire. Y comienzo a sentir calor.
—Jefa, el señor Oliver Black. Ya ha firmado el contrato como lo pidió —menciona Chelsea. Su mirada es la de un cervatillo a punto de escapar de su depredador.
—Buenos días, señorita McCarthy —dice con aquella voz que parece un pecado y su mirada firme me deja casi muda.
—Oh.
Ese es todo mi cerebro por ahora: oh.
Me puse una trampa. Y caí de frente.
Lo observo.
Lleva un traje perfectamente amoldado a su cuerpo. Tiene la mandíbula marcada como si hubiera sido esculpida a mano, pómulos altos que le dan un aire imponente. Los músculos bajo el saco y esa camisa blanca se tensan con discreción cuando se acomoda frente a mí, como una advertencia silenciosa de que, además de inteligencia, hay fuerza.
En resumen: Demasiado guapo para este escritorio. Demasiado tranquilo para provocar y no saberlo. Demasiado hombre... para haberlo contratado sin leer el nombre.
Chelsea se aclara la garganta y me regresa a la realidad.
La miro, sin poder creerlo.
Cómo fue que no me detuvo.
—Retírate, por favor.
—Pero jefa...
—Chelsea... —la miro. —Necesito hacer la entrevista, aunque el señor Black ya haya firmado -lo miro y este no pierde la compostura.
Yo trato de no hacer una locura.
Soy demasiado joven y hermosa para ir a la cárcel.
Ella suelta el aire, aliviada, gira y antes de salir le da una mirada a Oliver, la cual él responde con una leve sonrisa.
Sonrisa que me deja embobada.
Nos quedamos solos. Y mi cerebro todavía no procesa lo que acabo de hacer.