Mi mundo se derrumba

1271 Words
En cuanto llego al hospital dejo el auto en la puerta de emergencias, me bajo y entro corriendo, desesperada, mirando a todos lados sin lograr ver un rostro familiar. De repente al final del pasillo las veo paradas a ellas, mamá y Liz, llorando. Freno de golpe delante de ellas y las observo Liz viste un ambo azul con su guardapolvo blanco desprendido, pelo recogido algo despeinado y una mirada muy triste. Nunca la había visto así. Mamá se encuentra bien arreglada, con el maquillaje algo corrido por las lágrimas. Las miro fijamente, siento un nudo en la garganta, tengo nauseas, no soy capaz ni de balbucear una sola palabra, no puedo contener las lágrimas. Ambas me abrazan fuerte. Liz me susurra al oído, > – Te juro que lo intenté, quería que se quedara con nosotras, pero no pudimos hacer nada. Lo siento tanto, Sophia. – me pidió perdón Liz. En ese momento nos separamos, tomo distancia de ellas y siento que el corazón se me ha roto en mil pedazos. – ¿Por qué, papá? – Grito a los cuatro vientos, llorando como nunca antes lo había hecho. Mamá trata de abrazarme nuevamente, yo la corro bruscamente con mis manos. Ella se hace para atrás y se sienta en los asientos que hay en la salada de espera. Coloca su cabeza entre las piernas, largándose a llorar. Me apoyo en la pared y me dejo caer al piso, me siento, tomo mis piernas con los brazos, en este momento sólo quiero desaparecer. Se acerca Liz y con una voz suave me dice: – A mamá la mediqué con Miorrelajante, por eso ya está más tranquila. ¿Me dejas colocarte unas gotitas, así te sentirás mejor? -–me consulta. Asiento con la cabeza y veo que tiene el frasco blanco en la mano derecha. Abro la boca y siento que caen dos gotitas debajo de mi lengua. – ¿Qué pasó? ¿Por qué papá se fue tan de repente? – le pregunto haciendo el esfuerzo de mantenerme serena. – Fue un infarto agudo de miocardio. Mi equipo y yo hicimos todo lo posible. Fue devastador. – dijo en voz bajita para que mamá no escuche. – No puedo creerlo, Liz. – ya no tengo más que decir, solo se me vienen a la mente los mejores recuerdos con él. Se acerca una chica con uniforme de moza y una bandeja en la mano con vajilla y una botellita de agua. Toma la botella, estira su brazo pasándomela. – Gracias– le dije Ella esbozó una sonrisa, mirando a mi hermana le dijo: – Lo siento mucho, doctora– dio media vuelta y se retiró. Abro la botellita de agua, y tomo un sorbo, lo estaba necesitando parece que me habían leído la mente. Liz me dice que lleve a mamá a la casa a descansar, que ella se encargaría de todos los trámites administrativos, deja la guardia e iría a casa para organizar el funeral. Me pareció buena idea, me levanto del piso y le hago seña a mamá con la mano indicándole que nos vamos. Ella se acerca para despedirse de Liz. Salimos abrazadas del hospital en dirección al auto. No recuerdo dónde estacioné, ni dónde dejé las llaves. – Señorita su auto está por allá. – Me dice el hombre de seguridad señalando con el dedo índice hacia mi auto. – Gracias respondí. – esforzando por hacer una sonrisa. Cuando estoy más cerca logro ver las llaves colocadas en el tambor de arranque. Nunca dejaría las llaves en el auto, pero en este momento no sé dónde estoy parada. Ni siquiera puedo recordar el momento que estacioné. Algo confundida abro la puerta para que suba mamá, doy la vuelta y subo al auto. Manejo con precaución hasta casa. A penas llegamos mamá se dirigió a su cuarto, en el viaje del hospital a casa ninguna de las dos habló, no voló ni una mosca en el auto. No insistí en hablarle, al menos yo no tenía ganas de hablar y mucho menos de escuchar a alguien. Voy a la cocina para servirme un vaso de agua. Me siento en el desayunador para ver el celular y encuentro un montón de mensajes, llamadas perdidas de Ricardo, notificaciones de las r************* indicándome que me habían etiquetado. Borro todas las notificaciones, solo abro el chat de w******p con Ricardo, donde tengo más de 10 mensajes, preguntándome dónde me había metido, si estaba bien, si regresaría, me pedía que me comunicara con él. El último mensaje dice: No quiero pensar en eso ahora, pero tengo que contarle a Ricardo lo que pasó. Marco su número, en eso veo la hora, era de madrugada presiono sobre el teléfono rojo rápidamente para colgar la llamada. Es muy desubicado hablar con él a esta hora. Cuando quiero acordar llega Liz y me pregunta por mamá. – En su cuarto desde que llegamos. – respondo distante. Nos quedamos en silencio. Vemos entrar a mamá a la cocina con dos valijas enormes. – Lo siento, pero debo irme no podré con esta situación. En unas horas sale mi vuelo a París. – dijo mamá con la cabeza baja mirando hacia el piso. Con Liz nos miramos y quedamos petrificadas. ¿Qué decirle? ¿Cómo retenerla? Pienso que quizás está bien que se tome unos días. – Te llevamos– atiné a responder. – No gracias, ya llamé un taxi. – dijo, se despidió y se marchó Liz seguía petrificada sobre el desayunador. Yo rompo en llanto, siento que mi vida se esfuma entre mis dedos. Mi familia se está separado, siento que la pierdo en cuestión de horas. Abrazo a Liz con todas mis fuerzas. – No te preocupes, ve a descansar yo me encargo. – me dio un beso en la frente, dándome un empujoncito hacia la puerta. Sinceramente no sé de dónde sacó tanta voluntad, Liz, para hacer todo. Estoy segura que estaba tan dolida como yo con la partida de papá y con la de mamá, que conociéndola no se sabría cuando la volveremos a ver. Siempre ante grandes conflictos o pruebas que sufrimos como familia, mamá tenía reacciones inesperadas. El funeral de papá fue algo sencillo e íntimo. Esteré siempre agradecida con Liz y Michelle porque salió todo a la perfección. Por mi lado no sabía cómo reaccionar, ni que decir, la idea de despedir a papá y mamá lejos me aturdía demasiado. Sentía a todos como extraños, eso que era gente conocida y allegada. Cuando vi a Thomas allí, mi corazón se aceleró, su abrazo fue el más reconfortante de todos. Me ofreció ayuda y apoyo para lo que necesitara, Intercambiamos números de teléfono, me pareció un gesto muy lindo. Liz estaba con su familia, yo tuve que regresar a casa sola. La sentía tan grande y vacía. Cuando tomé el primer trago de wiski preferido de mamá la entendí un poco. Cuando pierdes el control de tu vida y todo parece doler el wiski es lo único que te anestesia el cuerpo y el alma. Ignoré las llamadas y mensajes de mi teléfono por meses, incluso las de Liz. Estaba completamente segura que estaba preocupada por mí. Pero sobre todo me pediría que me haga cargo de la empresa de papá. Sólo de pensarlo me causaba migrañas. Me dolía la partida de papá, la huida de mamá y perder la oportunidad de trabajo por la cual me esforcé tanto. Todo había salido bien. Pero mis anhelos se han esfumado. Mi carrera y mi vida se habían ido al diablo.
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