El día de brujas resultó ser la misma porquería de un día normal para Sammuel.
Se acostó hasta media noche por estar viendo vídeos de terror para al menos mantener la actitud.
Despertó con un leve dolor de cabeza y un ardor en los ojos.
Estaba terminando su desayuno, cuando recibió una llamada; Jack.
—¿Hola? —Preguntó con la boca llena.
—Hey, Samuelito, deberías revisar las noticias. Están hablando sobre el ataque de Flamante.
—Claro, Jack, gracias —Finalizó.
«¿Era necesario haberme llamado solo para eso?» Pensó.
Encendió su televisor y puso el canal de noticias; Anunciaban que Flamante había comunicado que los Misiles serían lanzados el día primero de noviembre. Ese día.
Rápidamente Sammuel se levantó de su silla, lanzándola hacia atrás.
Lo primero que hizo fue tomar una mochila y meter unas latas de comida y un par de botellas de agua.
Posteriormente fue a la recámara de su madre y buscó sus pastillas para el Alzheimer las metió en la mochila al igual que varios inhaladores para su asma. No sabía que iba a pasar, o si estarían atrapados o encerrados por cualquier cosa que hiciera Flamante.
Luego, entró a su recámara y llamó a su madre;
—¿Madre? ¿Dónde estás? —Exclamó.
—Oh, hijo, estoy en el baño —Contestó.
—Madre, al momento se salir, dirígete a la sala ¿Está bien?
—Claro, hijo. Ahora voy.
«Bien, bien, bien, debo ir a la tienda por alcohol y vendas» Pensó.
Era estúpido que pensara con exageración ya que puede que ni siquiera algo pase ahí, pero quería estar seguro.
Salió de su departamento y bajó por las escaleras hasta que llegó abajo y fue a la tienda que estaba a dos manzanas de su edificio.
—¡Muchacho! —Le gritaron— No es momento para estar afuera, quién sabe que puede pasar hoy.
Al voltear, Sammuel vió que era Gabriel, estaba cerrando su tienda de disfraces.
—Lo mismo digo, señor. Debería estar en su casa.
Gabriel sólo se limitó a hacer un gesto afirmativo con la cabeza.
Sammuel siguió su camino y llegó a la tienda, cuando estaba por pagar, en la televisión de una esquina del recinto apareció un mapa y un voz alarmada.
—¡Todo público tenga cuidado! —Excalmó el locutor— ¡Desde ciertos puntos de ciudades importantes en todo el mundo han salido de la nada unos misiles! Los ejércitos están tratando de tirarlos antes de que lleguen a su objetivo -que aun no se sabe cuál es-.
—¡Dios! —Exclamó la muchacha que atendía la tienda. Después salió corriendo.
—¡Oiga espere! —Gritó Sam.
No lo había visto, pero en el mapa de la televisión se divisó que una imagen de misil pasaba por encima de Los Angeles, California. Dónde él estaba.
Rápidamente, como si el Misil hubiera adivinado, se escuchó un sonido como de turbina de avión.
Sammuel se puso a unos centímetros de la puerta y divisó con horror lo que pasaba.
En el exterior, a medio kilómetro de distancia se veía un Misil de tamaño de alrededor de 10 metros. Se acercaba a toda velocidad y estaba... ¿Tirando agua?
Toda la gente corría por todos lados.
Cuándo el misil pasó por encima de todos, efectivamente estaba derramando un liquido. Al parecer lo lanzaba a presión por los costados, por lo que abarcaba casi una manzana la lluvia artificial.
Sammuel estaba dentro de la tienda cuando salpicó el liquido amarillento que caía. Casi lo salpicaba.
Rápidamente Sam supo que era algo malo si venía de Flamante.
Tomo unas gasas de la tienda y las roció con desinfectante, posteriormente se tapó la nariz y la boca y salió a toda prisa sin mirar a ningún lado. Corrió y corrió hasta que algo lo detuvo.
Era el señor Gabriel.
Estaba totalmente empapado de aquel liquido, tirado en el suelo.
Parecía convulsionarse.
—¡Señor Gabriel! —Gritó más fuerte de lo necesario.
Rápidamente se arrodilló a su lado y le levantó la cara.
Los ojos estaban totalmente volteados hacia atrás, blancos con pequeñas venas rojas y moradas.
Lanzaba espuma por la boca mientras se sacudía como si le estuvieran electrocutando.
Como si se estuviera asfixiando, se comenzó a poner de color morado.
Sammuel empezó a presionar el pecho del pobre hombre una y otra vez.
No parecía funcionarle.
De pronto, se dejó de mover. Cerró los ojos y se tensó completamente.
—¿Señor Gabriel? —Preguntó titubeando.
Se levantó despacio hasta que quedó de pie mientras observaba el c*****r.
Se tomó un respiro y miró a su alrededor.
Era el caos.
La gente corría y gritaba mientras que otra corría detras de ellas.
Otras personas brincaban y sé amontonaban encima de otras.
Unas también parecían convulsionarse y otras estaban... ¿Comiendo a otras personas?
De pronto sintió una mano en el pie.
Era el señor Gabriel.
Estaba chorreando espuma por la boca junto con sangre. Sus ojos estaban en su posición normal, pero la pupila parecia de color blanco verdoso y con las venas saltadas. Las venas del cuerpo parecían estallar.
La presión en el pie fue aumentando hasta que Sammuel expulsó un grito.
Pateó a Gabriel y se alejó.
Éste se incorporó torpemente y comenzó a dar tumbos hasta que logró estar estable y corrió hacia Sammuel.
Sam reaccionó rápido y se echó a correr hacia su departamento. Lo que sea que fuera Gabriel, quería hacerle daño.
Estaba corriendo cuando se topó con otra persona que iba gritando del susto, era una mujer rubia. Sammuel la rodeó y dio unos pasos más cuando volteó para ver a su perseguidor.
El señor Gabriel perdió el interes por Sam, de un salto cayó encima de la mujer rubia.
Ésta comenzó a gritar y patalear pero Gabriel la tomó con fuerza y clavó sus dientes en el abdomen de la chica.
Lanzó un grito desgarrador y tres segundos después, se calló.
Sammuel de nuevo corrió tratando de no mirar a ningún lado.
Se escuchaban gruñidos y gritos en todos lados. Por delante se veían personas igual que Gabriel persiguiendo a otras.
Cuando llegó a su edificio, sin titubear subió de tres en tres las escaleras hasta que llegó a su departamento y entró.
—¡Hijo! ¿Qué está pasando? —Gritó su madre.
—Mamá, no hay tiempo, coloquemos la mesa en la puerta, no podremos salir por un tiempo.
—¿Y qué vamos a hacer?
—No sé —Dijo mientras se acercaba a la ventana que daba a la plaza. Todo era igual, gente corriendo, gritando, más personas comiéndose a otras, era el caos— Esperemos a que venga el ejército y ya veremos qué hacemos.
—¿Y si no viene? —Preguntó mientras se sentaba aparentando que se mareó.
—Tendremos que... —Recordó algo, un problema mucho mayor y más importante.
—¿Qué pasa, hijo?
—Mi hermano, Madre. Debemos ir por él.