—Y lo eres. Ahora dime qué hay entre Sebastián y tú. Y no cambies de tema —la amenazo señalándole con el dedo.
Dudó unos segundos.
—Está bien, te lo diré… —hace una pausa—. Sebastián y yo somos novios —murmura muy bajo.
—Espera, ¿qué? No te oí —digo con una ceja arqueada.
—No lo repetiré, sé que oíste muy bien, Bell.
—Está bien, está bien —alzo las manos en señal de rendición—. Pero, ¿en serio? Alexia Rawson de novia… la que solía decir "Yo no soy de un solo hombre, cariño", "Sería un desperdicio perder el tiempo con uno cuando afuera hay muchos por conquistar" —exagero el tono, imitándola.
—Anda, búrlate todo lo que quieras —rueda los ojos.
—Oh, lo haré —digo con emoción y Lex me lanza una mirada asesina. Si las miradas pudieran matar… probablemente ya estaría muerta —. Bueno, es broma, mejor dime cómo y cuándo fue.
⏤Fue el Jueves
⏤¿Fue el jueves y me lo dices hasta ahora? Me rompes el corazón ⏤interrumpo digo secando lágrimas inexistentes.
⏤Bell ya deja el dramatismo. —suelta un suspiro ⏤. No te dije nada porque cierta persona no contestaba las llamadas porque entró en coma a las nueve de la noche, ¿quién demonios se duerme a esa hora?.
⏤Pues yo duermo a esa hora bebé, lo siento —me encojo de hombros.
—Y volviendo al tema pues me invitó a cenar en su departamento y preparó unos platos exquisitos que, con solo recordarlo me dan ganas de comerlo de nuevo.
—¿A quién, a él o a la comida? —digo arqueando las cejas, divertida.
—A ambos —responde con una sonrisa pícara—. En fin, fue una noche muy romántica y, cuando me lo pidió, no dudé en aceptar.
—Más bien parece que lo aceptaste por la comida que por otra cosa.
⏤De hecho si, me descubriste —suelta una risa— ¿A quién engaño? yo lo quiero mucho. Es muy atento y cariñoso. Él es diferente de todos los chicos con los que he salido.
—Está bien, si tú lo dices, de todas formas me siento feliz por tí —le dedico una sonrisa —. Pero es raro escucharte decir estas cosas. ¿Estás segura de que eres Lexi?
—Ay, ya basta, eres pesada.
—Mami, tengo hambre
La voz de Alex interrumpe el momento. Bajo la mirada y lo encuentro mirando de forma suplicante.
—Ay, lo siento, cariño, se me olvidó —digo, sonriendo con culpa—. Espera, veremos qué podemos almorzar.
—¡Qué mala madre! ¿Quién se olvida de darle de comer a su hijo? ⏤le lanzo una mirada asesina ⏤. Yo no dije nada, saben qué, vamos por unas hamburguesas y papas fritas extra grandes, ya que yo también muero de hambre.
—¿Cómo es que puedes morir de hambre si te acabas de tomar cinco kilos de helado?
—Exageras.
—No lo hago.
—Claro que sí eran medio kilo —se defiende —. Bueno, vamos. El auto está al otro costado del parque.
Nos subimos al auto y nos dirigimos a McDonald's. Lexi ama estas hamburguesas; sinceramente no entiendo cómo mantiene esa figura esbelta. Yo, en cambio, como comida chatarra unos días y ya siento que mi ropa me juzga.
Durante el camino hablamos de trivialidades, mientras Alex jugaba con un juguete en el asiento trasero haciendo ruido y soltaba algunas carcajadas que llenaban el auto de alegría.
Al llegar, Lexi fue a hacer nuestros pedidos y nosotros buscamos una mesa libre. Cuando encontramos una, nos sentamos a esperar a que Lex me avisara para ir a ayudarla. Una vez que ya teníamos nuestras órdenes, disfrutamos de nuestra grasosa comida.
—¿Te gustó lo que trajo tu cajita feliz, cariño? —pregunta Lexi a Alex.
—Sí, tía Lexi, es de mi película favorita. Gracias.
—De nada, cariño —guiña un ojo y luego dirige su mirada a mí—. Por cierto, Bell, hace un rato ví entrar un hombre guapísimo. Deberías verlo, tiene unos ojos azules increíbles y unos brazos…
—Tú no cambias ni aunque tengas novio, ¿no? —la miro divertida.
—Tener novio no significa que no pueda admirar la belleza, cariño —me guiña el ojo.
—No tienes remedio —digo soltando una risita y negando la cabeza. —. Iré por un malteada, ¿quieren algo más?
—Quiero… pero voy a explotar —Lex hace una mueca de tristeza tan exagerada que tanto Alex y yo soltamos unas carcajadas.
—¿Como un globo tía Lexi? —pregunta soltando unas risitas tapando la boquita mientras ríe tímidamente de mi amiga.
—Si cariño, me inflaré tan grande como un globo que voy a explotar si sigo comiendo tanto.
—Si mejor ya no te traigo nada —digo negando con la cabeza — y tú cariño quieres algo más? —pregunto a Alex.
—No mami, gracias.
—Está bien, vuelvo enseguida.
Hice mi pedido de una malteada de oreo, pero se estaban tardando mucho en entregármelo aunque no es para menos el restaurante está repleto el día de hoy. Mientras esperaba mi pedido me dí cuenta de que el ambiente estaba muy bullicioso, se oían muchos gritos de niños jugando en la parte de los toboganes y de familias charlando, tal vez no lo noté al estar concentrada sólo en Alex y en Lex.
De un momento a otro llaman mi número para retirar mi orden.
—Aquí tienes tu pedido.
—Gracias —agradezco.
Giro sobre mis pies para volver a mi mesa, pero algo me lo impide choco contra el pecho de un hombre y derramo toda mi malteada sobre su camisa, salpicando también mi blusa de estampado de bananitas. El suelo quedó hecho un desastre.
Quedo paralizada de la vergüenza incapaz de mirarlo a la cara. El lugar que antes era un bullicio quedó en un silencio total como si todas las miradas del restaurante estuvieran sobre mí, bueno al menos así lo sentía.
De los nervios rápidamente pedí unas servilletas a la chica que hace un momento me dió mi orden quien me las entregó mirándome con pena ajena y la entiendo en este momento quisiera que la tierra me tragara si somos honestos.
Me acerco de nuevo al desastre y al hombre que aún no tenía el valor de mirarlo a la cara y mucho menos a los ojos, debía de estar roja como un tomate de la vergüenza.
—Déjame ayudarte con esto —digo intentando de secar inútilmente con las servilletas su camisa que está empapada de malteada y pedacitos de galletas de oreo—. Disculpa, señor, debí prestar más atención a mi camino —dije apenada mientras limpiaba su pecho que se sentía tonificado a decir verdad. Una voz familiar llega a mis oídos que me hace fruncir el ceño desconcertada.
—Anabell, está bien deja de disculparte, no te preocupes —dice tomándome de las muñecas. Una corriente eléctrica recorre mi brazo y finalmente alzo la cabeza dirigiendo mi mirada al rostro de la víctima de mi torpeza.
—Dylan Anderson… —susurro y él asiente con una brillante sonrisa que me deja momentáneamente embobada —. Dios mío discúlpame una vez más —digo con las mejillas ardiendo me a más no poder, tapo mí rostro con las manos. Él suelta una risa suave y aparta mis manos de mi rostro enviando otra corriente eléctrica.
Dylan Anderson es un compañero de trabajo relativamente nuevo del área de recursos humanos, los transfirieron de la segunda sucursal a la central hace como seis meses y aunque no somos cercanos hemos cruzado solo algunas palabras en la oficina.
—No te preocupes, de todas formas odiaba está camisa —dice en tono de broma. Pero yo no podía reír, me sentía demasiado avergonzada por arruinarle su camisa.
—Te compraré otra camisa a modo de disculpa por favor dime tu talla —digo aún preocupada pero él niega con la cabeza.
—Anabell, de verdad, no te preocupes. Está bien —Insiste, con una sonrisa que me hace sentir extrañamente tranquila.
—Está bien… pero de alguna forma te lo compensaré —digo, aún apenada por lo ocurrido.
—Permíteme eso —dice quitándome algunas servilletas limpias que tenía en la mano y se inclina ligeramente, limpiando suavemente mis mejillas que de seguro estaban salpicadas de malteada.
Estamos tan cerca que sentía su aliento, su mirada me atraviesa como si analizara cada detalle de mi rostro y, por un pequeño instante, el mundo se redujo a él y a mi, el oxígeno me faltaba, mi corazón latía con fuerza y mis mejillas ardían, entonces pude entender perfectamente el alboroto que armaron mis compañeras en la oficina cuando lo transfirieron a la central —. Mucho mejor —dice apartándose de mí con una sonrisa deslumbrante que me deja paralizada una vez más ¿Qué me está pasando? ¿Qué pasa con este hombre?
—Grac… gracias —digo trabandome. Él sonríe de lado y me siento totalmente patética.
El personal de limpieza se acerca a nosotros. Me ofrezco a ayudar, pero se niega rotundamente. Me disculpo una última vez con Dylan, quien ha sido increíblemente considerado conmigo ya que arruiné totalmente su ropa, él mío también no se ha salvado pero era lo de menos.
Llegué a mi mesa algo triste porque quedé sin mi malteada después de todo y pase la vergüenza de mi vida con alguien que sí volvería a ver a diario en el trabajo.
—Pero Bell, ¿qué te pasó? —pregunta Lex mientras me siento con pesadez, debió ver mi blusa con manchas de malteada.
—¿Y tú malteada mami?
—Acabo de tirarlo todo —digo con pesar.
—Pero por qué mami? ¿Sabía mal?
—Acabo de tirarlo todo pero encima de la camisa de un hombre —digo pataleando, Lex me mira como si estuviera loca pero su diversión era evidente y sí, lo sé soy una madre de un niño de cuatro años debería actuar más madura, pero ustedes no lo entenderían. Ya no podía ir a pedir otra porque me tomaría otra eternidad esperar así que decidí no pedir otro.
—Pero lo tiraste a propósito o fue un accidente? —pregunta divertida.
—¡Por torpe Lex! —me tapo el rostro negando y ella suelta una carcajada enorme; mi pequeño también suelta unas risitas burlándose de mí.
—No puede ser cierto que me lo haya perdido —dice limpiando las lágrimas que se le salieron de la risa.
—Mami es torpe —dice Alex, señalándome.
—¿Y qué pasó luego? Al menos es guapo? —pregunta Lex.
—Pues… nada. Solo me disculpé y ya. Lo malo es que si lo conozco.
—Que mala suerte, ahora cada vez que te vea se acordará de tu desastre.
—Si —digo con pesar recostando la cabeza sobre la mesa, luego siento que alguien pone algo sobre la mesa y me incorporo inmediatamente es Dylan y me trajo una malteada de oreo, Lex y Alex se quedan desconcertados pero Lex entiende de inmediato que él es a quien tire toda mi malteada hace un rato.
⏤Hola señoritas ⏤saluda alegremente.
⏤Yo soy chico ⏤interrumpe Alex, y todos reímos.
⏤Lo siento campeón ⏤le dice Dylan con un choque de puños.
⏤Él es Alex, mi hijo, y ella es Alexia, mi mejor amiga. Lex, él es Dylan Anderson, un compañero de trabajo.
⏤Un gusto conocerte. Así que tú eres la víctima de la torpeza de mi amiga… —dice negando la cabeza—. Mira nada mas como te dejó.
⏤El gusto es mío y no es nada, se puede lavar y asunto solucionado ⏤dice sonriendo restándole importancia.
⏤Lo siento de nuevo por eso.
⏤No te preocupes ⏤me guiña el ojo—. Por cierto, te traje tu malteada. Creo que esperaste mucho para al final terminar toda en mi ropa y no poder tomarla.
—No debiste molestarte, te arruiné la camisa, la que te debe algo soy yo. —mis mejillas arden de la vergüenza de nuevo.
—Olvidalo y disfruta de tu malteada —emboza una sonrisa que estoy segura a más de una la deja embobada.
—Si mami toma tu malteada, se ve delicioso.
—Tienes razón campeón —responde Dylan, despeinando con cuidado el cabello de Alex.
—Bell, deja de preocuparte. Él dijo que estaba bien. Acepta la malteada, de todas formas la querías ¿no? En otro momento lo compensas con una comida o algo —dice Lex lanzándome una mirada pícara, ¿estaba intentando conseguir una cita ahora mismo en esta situación? ¿Es en serio? Está mujer me va a escuchar la fulminó con la mirada.
—En otra ocasión con gusto —dice con una sonrisa. En ese momento una niña lo llama de una de las mesas que se encuentra a unos cuantos metros.
⏤Creo que allá te necesitan ⏤menciono. en la mesa se encontraba una mujer muy bonita de cabello rubio largo y una niña de unos cuatro años muy parecida a la mujer, ¿estaría Dylan casado?
⏤Más bien lo que necesitan son los postres ⏤responde divertido ⏤. Bueno, me tengo que ir. Un gusto, Alex y Alexia. Supongo que nos vemos el lunes Anabell.
⏤Igual ⏤Contestan al unísono Lexi y Alex.
⏤Claro nos vemos. Buen provecho.
⏤Gracias, Adiós.
Cuando Dylan se encuentra bastante lejos Lex lanza un gritito.
—¡Bell! ¿Por qué no me contaste que tenías un compañero de trabajo tan guapo? Amiga, ¿cómo es que no has salido aún con él? —susurra cerca de mí, para que Alex no escuche.
—Lex, no estoy interesada, ya te lo dije. Dylan es muy agradable con lo poco que lo conozco, pero yo definitivamente no quiero salir con nadie por el momento por favor entiende. Además, se ve que tiene una familia y parecen felices —susurro también.
—Y yo ya te dije que deberías salir y conocer gente. No todos los hombres son como Daniel. Por otro lado, tienes razón, es una lástima.
—Quizás tengas razón, pero por favor no toquemos más el tema del innombrable, menos frente a Alex —miro a Alex, concentrado en otra cosa.
—No sigas. Solo prométeme que lo intentarás… que intentarás dejar el pasado atrás y seguir con tu vida. Solo quiero lo mejor para ti.
—Está bien, lo prometo.
—Bueno, bueno, ¿qué les parece tarde de películas y helados, chicos? —dice Lex emocionada.
—Sí, tía Lexi, ¿podemos ver unas de mis películas? —pregunta Alex, emocionado.
—Por supuesto, cariño.
—Bueno, entonces es hora de ir por los helados.
Salimos del restaurante y nos dirigimos a comprar algunos refrigerios y luego a la heladería, porque tengo dos personas adictas al helado.
Al llegar a casa, nos dispusimos a servirnos helado y a reproducir la película que habíamos elegido. Nos recostamos en los sillones y yo me quedé dormida a la mitad de la película, estaba realmente agotada.
Cuando desperté, Alex y Lex estaban viendo una película animada y comiendo palomitas. Me levanté y fui a mirar la hora en la cocina: eran las cuatro de la tarde. Me dispuse a cepillarme los dientes y luego preparar unos sándwiches.
—Cariño, ¿quieres un sándwich? —pregunté a Alex.
—Sí, mami, gracias.
—De nada, cariño. Y tú, pelirroja, ¿quieres uno?
—Sí, gracias. Creo que si vengo más seguido a tu casa, pareceré una vaca —dijo Lexi, haciendo que Alex suelte unas risitas.
⏤Tía Lexi, ¿Cómo puedes parecer una vaca?
—Comiendo como lo estoy haciendo, cariño. Solo me falta decir muuu ⏤Alex ríe ante la ocurrencia de Lexi.
—Pues nadie te obliga a tragarte todo lo que encuentras.
—Aguafiestas —rueda los ojos—. Déjame hacer drama.
—Oye, ¡no es cierto!
—Lo eres.
—No lo soy.
—¿Quieres guerra, Bell? Porque eso tendrás —me lanza dos almohadas en la cara.
Así comenzó una guerra de almohadas entre los tres, esparciendo millones de plumas por todos lados. Alex terminó enterrado bajo un montón de almohadas mientras Lex hacía un grito dramático de victoria. Sí, creo que no será divertido recogerlas.
—¡Qué divertido! —grita Alex emocionado.
—Ya viste lo que provocaste, Lex —le digo, mirando el desastre.
—¿Yo? Pero si yo no hice nada.
—Lo que digas. Ahora, chicos, ¡a limpiar este desastre vamos! —digo aplaudiendo.
—Pero, mami…
—Pero, mami nada. Vamos, cariño, tú puedes, yo los ayudo.
—En serio que eres aguafiestas.
Ruedo los ojos y empezamos a juntar las plumas en bolsas. Una vez que limpiamos todo, fui a bañar a Alex y luego a darme un baño.
—Bell —grita Lex desde afuera del baño.
—¿Sí? ¿Qué sucede?
—Debo irme. Sebastián me acaba de invitar a salir, ¿te tardarás mucho?
—No, espera un momento, ya salgo.
—Bien —la escucho alejarse.
Salgo del baño, ya vestida y con una toalla envuelta en la cabeza.
—Bell, me tengo que ir. Tengo que prepararme, pero me la pasé genial hoy con ustedes. Nos vemos otro día.
—Ok, bebé, cuídate —la abrazo.
—Igual, adiós cariño. Otro día vengo a ver otras de tus películas favoritas.
—Ok, tía Lexi —la abrazo también—. Te quiero.
—Oww, igual, cariño. Bueno, nos vemos —lanza besos antes de cerrar la puerta tras de ella.
—Vamos a dormir, cariño?
—No, mami, aún no tengo sueño.
—¿Cómo que no? ¿De dónde sacas tanta energía?
—No lo sé, mami.
—Bueno, ¿quieres algo de comer?
—Sí.
—Bueno, espérame en la sala. Veré qué te puedo preparar.
—Bueno, mami.
Después de cenar, nos dispusimos a acostarnos. Estábamos exhaustos, así que al instante nos quedamos dormidos, con la casa llena de risas y recuerdos del día. El sonido de la televisión apagada y el murmullo de la tarde aún flotaba en la casa, pero nosotros ya estábamos completamente dormidos, envueltos en la calidez del hogar y la compañía mutua.