Abrí mis ojos paulatinamente mientras se iban adecuando a la luz que se filtraba por los costados de la cortina. Mi estómago gruñó en protesta y decidí que era de levantarme, tenía que comer e ir a entrenar para las pruebas que serían al día siguiente.
Me vestí con una camiseta suelta gris, un pantalón cómodo y zapatillas. Mientras me dirigía al baño tomé mi peineta y cepillaba mi cabello que me llegaba a la cintura, abrí la puerta y por suerte ninguna de las chicas estaba. Cepillé mis dientes y lavé mi cara. Abrí la puerta y me topé con Imi quien parecía estar semiconsciente aun.
—Buenos días. —Saludé.
—Buenos… —balbuceó pero lo siguiente pero no los pude entender.
Me hice a un lado para que entrara al baño y en nuestra pequeña sala de estar estaba Diane con Selene, amabas en pijama conversando sobre uno de los sillones azules.
—Hola chicas —dije y ambas me miraron con una media sonrisa.
—Hola Elora —contestó Selene con su tono bajo y suave de siempre.
—Buenos días, Elora —respondió Diane con una sonrisa fugaz.
Fui a mi habitación en donde peiné mi cabello en una coleta y tomé uno de mis estuches de cuero con armas para entrenar. Salí de la habitación y pasando por la salita de estar, me asomé al pasillo de piedra que era iluminado por la luz que filtraba por algunas ventanas, no había mucha gente y me encaminé por este hasta las escaleras de un costado que iban en forma de caracol y salí justo a la entrada del comedor.
Pasé por el arco y en el enorme comedor no había mucha gente, solo algunos profesores y alumnos que se repartían por las innumerables mesas. Dejé mis cosas sobre una de las mesas y me dirigí a buscar una bandeja en donde poner mi comida, tomé unas uvas, jugo y unas tostadas con mermelada. Cuando me di media vuelta y sentado sobre la mesa estaba Ross mirándome con una ceja arqueada acompañaba de una media sonrisa.
—Te he dicho que me encanta tu cabello —dijo alto para lo escuchara todo el resto de la gente mientras se me acercaba.
—No lo habías dicho y tampoco me interesaba —respondí con una sonrisa sarcástica y me senté—. Ahora si no te molesta podrías salir de mi mesa —espeté.
Sinceramente este chico no me desagradaba para nada, era bastante payaso y era divertido jugar con él y su inflado ego.
—Elorita, ¿me puedo sentar? —Me preguntó con voz chillona.
—Tal vez si te sientas en la silla lo piense, —respondí siguiendo el juego.
Asintió, se bajó de la mesa y se sentó en la silla en frente de mí, —¿ahora? —Preguntó esmerado.
—No, creo no —respondí pero la risa me invadió.
Alguna vez había escuchado sobre que hay veces que conoces a una persona con la cual te sientes en confianza al instante y creo que eso me estaba pasando con este chico.
—¿Me prestarías a tu dragona? —Preguntó casualmente mientras se tomaba mi vaso de jugo de naranja.
Casi me atraganté al escucharlo con la uva que estaba comiendo, tosí unos segundos y lo miré mal. —¿Para qué quieres a Nicéfora? —interrogué.
—Es que quiero probar si lo que dijo el profesor Tadeo es cierto sobre la pluma, —comentó mientras tomaba una de mis tostadas y se la comía.
—Nicéfora no puede lanzar fuego —respondí aun intentando no seguir tosiendo.
—Es una Dragona, todos pueden lanzar fuego, —dijo con el ceño fruncido y me seguía robando comida mientras hablamos.
—No todos pueden Ross, ¿Has visto a un Dragón de agua lanzar fuego? —dije con ironía—. Y deja de robarme comida.
—Es cierto —dijo con elocuencia mientras tomaba su mentón—. Es divertido robarte comida, es para ver hasta que límite llegas.
—Lee un poco más —respondí—, idiota —susurré para mí y él me miró con sospecha—. Además conmigo no deberías probar los límites, sería tu peor error.
—¡Uy que miedo! —Se paró y me dedicó una sonrisa despreocupada—, nos vemos en el patio de entrenamiento —se despidió y me guiñó un ojo.
Rodé los ojos con fingida frustración y seguí comiendo. A unas cuantas mesas en frente de mí pude apreciar a Aaron que hablaba animadamente con una pelirroja que nuevamente solo podía ver su cabellera desde atrás. Por unos segundos recordé lo que pensé cuando vi a Aaron antes de la “iniciación”, a veces pienso demasiadas estupideces, moví mi cabeza despejando mis pensamientos, fui a dejar mi bandeja con loza sucia a donde estaba el resto.
Tomé mi bolso con la armas y mientras salía del comedor me topé con Kilian, el chico que era de último año.
—Hola Elora —me sonrió.
—Hola Kilian —le sonreí de vuelta.
—Vi que ganaste ayer en la noche, ¡felicidades! —exclamó animoso.
—Gracias —reí ante su actitud.
Su mirada oscura se desvió unos centímetros sobre mi cabeza y me percaté que no me estaba mirando a mí, miré sobre mi hombro y vi como Aaron movía su vista hacia la pelirroja, ¿estará husmeando?, pensé.
—Kilian, voy a entrenar ya que mañana son las pruebas —le dije y sus ojos se fijaron en los míos.
—Tengo que comer ahora pero, ¿te gustaría que después te fuera a ayudar? —preguntó con una media sonrisa que tiraba insistentemente de sus labios.
¿Está coqueteándome?, pensé enseguida.
—En otro momento mejor, —y pasé su lado.
Caminé fuera del castillo, por lo menos el patio de entrenamiento queda un poco más cerca que el de las mascotas, pensé para mí misma con cierta gracia. Pude ver a Ross tirar cuchillos con suma precisión hacia los blancos que estaban hechos de paja y que estaban a unos buenos metros más adelante.
A medida que me iba acercando me di cuenta de la cara seria de Ross, por lo poco que lo conocía él jamás estaba serio, pero su expresión en ese instante era de total serenidad y concentración. En un solo movimiento impecable lanzó uno de los chuchillos que tenía en su mano derecha cayendo justo en el pecho del blanco.
—Buen tiro —dije sorprendida.
—Lo sé, soy genial, —respondió con la fanfarronería desbordándose de su persona.
—Creo que la próxima vez no lo diré o explotaras de tanto ego —comenté con sarcasmo y él soltó una risa.
—Bien Elorita, ¿cuál es tu especialidad? –y su mirada se concentró en el bolso que tenía sostenido.
Me senté en piso y Ross me imitó, abrí la hebilla y estiré el cuero que tenía cada compartimiento alguna arma.
—Me siento más cómoda con una espada o con las dagas —respondí, sacando del compartimiento mis armas.
—¿Y el arco? —Tomó el arco que estaba en una esquina junto con algunas flechas. El arco estaba hecho de un diente pulido de una Hidra de hielo, con metal élfico en las puntas como defensa y la unión con el hilo de arañas que iba en la parte posterior.
—No me gusta —respondí.
—¿Por qué lo tienes?, me lo podrías regalar, es muy buen arco, —dijo mientras los examinaba de extremo a extremo.
—Es un regalo de mi mamá —sonreí ante su recuerdo.
Hubo unos pequeños momentos de silencio en los cuales el seguía mirando con mucho detenimiento el arco.
—Bien, practiquemos con tu espada, —se puso de pie y rebusco en su bolso a unos metros de mí.
Tomé mi espada de metal n***o forjado por los magos Drow más poderosos de mi reino, mi espada preferida y más confiable que he tenido, un regalo de mi padre. Ross tenía una espada en su mano de color plateada con detalles en espirales tallados en la hoja.
—La mítica “viuda negra” —sonrió con interés.
Mi espada tenía años de existencia partiendo por mi abuelo, Drac Deacon siguiendo por mi padre y ahora yo, había sido legendaria en las manos de ellos dos y esperaba que siguiera haciendo proezas en mis manos.
Le devolví la sonrisa con desafío, —en guardia Ross —avisé y levantó su espada.
El primer choque de espadas llegó con rapidez seguido de bloqueos de mi parte bastantes certeros a sus ataques rápidos, la danza había comenzado. Mientras atacaba reiteradamente me daba tiempo para estudiar sus movimientos y encontrar alguna apertura, a pesar de que sus movimientos eran muy buenos y certeros tenía como puntos débiles el equilibrio de los pies y los hombros muy rígidos.
Alcé mi espada, él la rechazó e inmediatamente di un paso con la ventaja del impulso y puse mi empeine del pie detrás del tobillo de Ross, se desequilibró pero me tomó de mi brazo izquierdo antes de caer con él.
Caí sobre su cuerpo y me alejé al instante sentándome al lado de él con las piernas cruzadas.
—Si caigo, todos caerán conmigo —soltó con una risa.
—Eres un idiota —reí junto con él.
Terminó siendo una de las tardes más entretenidas de toda mi vida, nos reímos y entrenamos mucho, después nos separamos luego de la cena. Faltaba una hora para el toque de queda y corría por los pasillos hasta el patio de las mascotas para ver a Nicéfora.
En cuanto pasé por el arco del pasillo exterior que guiaba al patio la vi, estaba estirada con los ojos cerrados y descansando a la luz de la luna llena, sus alas estaban relajas y parecía ajena a todas la demás criaturas que paseaban por allí.
—Nicéfora —susurré una vez cerca de ella.
Abrió los ojos y dirigió sus ojos azul hielo hacia mí.
—Hola Elora —escuché su profunda voz en mi cabeza.
No solía mucho utilizar ese medio de comunicación porque siempre sabíamos que le pasaba la una a la otra, pero cuando queríamos charlar un rato lo hacía.
—¿Qué tal tu día? —Me posicioné en frente de ella mientras bajaba su cabeza a la altura de la mía.
—Bien, me alimentaron y salí a volar por los alrededores, —comentó y comencé a acariciar entre los ojos de su escamosa piel.
—Genial —susurré mientras ella recordaba y me transmitía sus recuerdos telepáticamente. Pude ver el castillo desde lejos, sentir el aire en mi cara y hasta sentir sus alas como si fueran mías.
Éramos como una extensión de la otra y cuando estaba con ella me sentía completa, como si no me faltara nada que vivir o hacer y estar en paz. Aun no podía lograr entender a los cazadores de dragones que tenía la suficiente sangre fría para acabar con tan maravillosas criaturas como lo hicieron hace tiempo con los Flylions, los Pegasos y ahora casi con los Roc, aves gigantescas que habitan en las montañas más alta de toda Euphorbia y que al parecer solo quedaba menos de una docenas que vivían bajo el cuidado de la deidad del aire.
Según mi parecer las deidades primigenias; el agua, el fuego, el aire y la tierra se sentirían decepcionados si pudieran ver omniscientemente en lo que se ha convertido su preciosa Euphorbia, como bautizaron a nuestro mundo.
Unas campanas sonaron a los lejos avisando que comenzaba el toque de queda y que todos debíamos volver a nuestra habitaciones.
—Mañana hazme sentir orgullosa —escuché la voz de Nicéfora con ánimo.
—Siempre lo hago —le sonreí con confianza—, nos vemos.
Caminé de vuelta al pasillo y pude notar un poco de ajetreo, los alumnos corrían de un lado a otro susurrándose cosas al oído y luego riendo. Miré un poco extrañada hasta que me encontré con Imi que hablaba con una chica de cabello azul oscuro a su lado.
—Elora ven —me llamó hacia donde estaba ella y su acompañante quienes reían.
—¿Qué pasa? —pregunté mirándola.
Se acercó a mi oído y susurró: —Leonora hará una fiesta en la sala común del último piso.
Ahora entendía el porqué de tanto bullicio en los pasillos, mañana eran la pruebas y sabía se sobra que saldría bien, pero algo me hacía sospechar de nadie lo decía en voz alta, como si fuera un secreto hasta que entendí.
—Los profesores y la directora no saben ¿cierto? —Susurré.
—Exacto, siempre el día antes de las pruebas y de las clases hacen una fiesta de bienvenida no autorizada esta vez—dijo entusiasmada—, irán todos los chicos así que tienes que ir —insistió.
—Bien, creo que iré —acepté.
***
No sabía que la academia tuviera en el último piso una sala común con techo de vidrio mostrando el precioso panorama nocturno, la oscuridad reinaba excepto por las pocas velas distribuidas por la enorme sala que estaba llena de sillones celestes, cojines enormes de diversos colores, mesitas simples de madera y algunas plantas distribuidas, aunque las paredes eran de color azul marino sin ningún decorativo hacían a la enorme sala muy especial. También había unos seis balcones alrededor hechos de madera tallada muy bonitos a mi parecer.
Estaba sentada en uno de los cojines enormes con las piernas cruzadas, a mi lado Ross hablando con todo el grupo que estaba compuesto de Leonora, Clarette, Selene, Sly, Acecio, Diane, Imi y Janik que venía con una bandeja llena de vasos desde una de las mesas grandes que tenía diversos tipos de bebidas y comida. Y había varias criaturas al rededor pero menos que ayer y cada uno compartiendo con su grupo.
—Gracias —dijimos a coro en cuanto él repartió los vasos de colores.
—Aun me pregunto ¿cómo es que consiguieron todo esto? —preguntó Diane divertida.
—Tengo mis contactos —respondió con orgullo Janik.
—Es solo porque la cocinera te ama, admítelo —se mofó Leonora—. Lo peor es que es una Troll —y no pude evitar no reírme.
—En defensa de mi amigo, cocina muy bien —comentó Sly y nos seguimos riendo.
Era increíble la cantidad de ruido que hacíamos sin contar la música y aun así me aseguraban que no se escuchaba nada hacia las habitaciones de los profesores.
Tomé un poco de lo que fuera que tuviera mi vaso y noté ese sabor dulzón y fuerte del almíbar de hadas. Una especie de piel que se mezclaba con algún líquido y que adormecía el cuerpo, retrasaba los pensamientos y como mi tía solía decir, “la razón se dormía una siesta”.
—No creo que la cocinera tenga almíbar de hadas —comenté mientras terminaba de degustar.
—Tiene más de lo que piensas —respondió Janik y reímos.
Pasaron un par de horas entre risas y jugueteos, el amanecer se acercaba y ya muchos estaban durmiendo en los mismos sillones o cojines, porque no podía haber nadie en los pasillos por el toque de queda. Yo seguía despierta junto con Selene, Sly, Clarette y Ross, pero Selene con Sly estaban teniendo una conversación privada en el extremo del grupo y Ross no dejaba de coquetear con Clarette.
—Chicos quiero ir a ver el amanecer —avisé y me levanté rápidamente antes que siquiera pudieran pensar en acompañarme.
Siempre que venía a la superficie me gustaba ver el amanecer con mi madre, era como una tradición antes de irme con mi padre. Mis piernas adormecidas por al almíbar de hadas no me proporcionaba un buen equilibrio así que en cuanto pude abrir la ventana para entrar al balcón me apoyé mi espalda en la barandilla de madera. El aire que corría era helado y solo estaba con una blusa, pero mi herencia materna me daba una capacidad de aguantar el frío ya que por lo que sabía mi abuela Idith era la gobernante del polo no muy lejos de aquí, quizá alguna vez tuviera el gusto de conocerla.
—Deacon hace mucho frío —escuché una voz a mi derecha y sin poder creer lo que mis ojos veían era nada menos que Aaron Green quien me hablaba.
Arrugué la cara con exageración pensando que podría ser solo una ilusión que me había provocado la bebida, pestañeé varias veces y al ver mi cara Aaron me dedicó una sutil sonrisa torcida.
—Estoy bien —respondí lentamente debatiéndome si era por el aturdimiento o la bebida que me hacía pensar más lento.
No dijo nada y entró cerrando la ventana, aún seguía perpleja pero me dediqué a ver como todo se iba aclarando preparándose para la salida del sol, era relajante y podía sentir como rápidamente los estragos de la bebida se iban deshaciendo.
Escuché la ventana de nuevo, miré y era Aaron quien había salido con una manta sobre sus hombros y con otra en la mano.
—Toma —la ofreció.
Lo miré atónita unos segundos y la acepté más por cortesía que por tener realmente frío.
—Gracias –susurré y la puse sobre mis hombros despreocupadamente.
—Te quería decir que lo siento por lo que pasó la última vez, —dijo entre dientes y lo miré divertida.
Los Elfos son una r**a orgullosa pero cuando piensan que cometieron un error siempre piden disculpas, mamá era así todo el tiempo. Mi pecho se oprimió unos segundos y recordé como la echaba de menos, realmente la quería ver.
—No pasa nada, es natural —respondí con un encogimiento de hombros. En el momento no sé si no me importaba simplemente o empatizaba con él más de lo que quería.
El sol comenzó a salir en el horizonte dando un hermoso espectáculo a la vista, las palabras sobraron porque nadie más dijo nada y nunca había disfrutado un silencio más cómodo.