Fue inevitable no sonreír. No quería hacerlo, pero supe de inmediato a lo que se refería. Era esa clase de historia que se contaba a los niños para que soportaran los pinchazos de las agujas, aprovechándonos de la inocencia que poseían. Solía hacer lo mismo muchas veces y siempre había algo triste en tener que mentir para proteger. —Muchos dicen que las mentiras son malas, pero creo que estas son lo más cercano a la piedad. Crean un mundo ficticio para quienes desean creer fielmente y de alguna manera eso les protege —comenté recordando la sonrisa de los pequeños—. Al menos podemos usar algo malo con un objetivo bueno, ¿no? Mis ojos hicieron contacto visual con los suyos. El rictus que llevaba puesto desde que volvió a verme se relajó apenas un milímetro. Asintió de forma silenciosa y

