Maye
Han pasado cuatro días desde el fiasco con F mayúscula. Creo que así es como siempre lo recordaré. “El Fiasco”, cuando yo, Mayela Umaña, subestimé lo fácil que es confundir la acción de reenviar y responder un correo electrónico.
Desde entonces, cada correo que envío es revisado tres y hasta cuatro veces para asegurarme de que llegue al destinatario correcto. Toby me vio hacerlo una vez y se rió, llamándome neurótica.
No les he contado a mis compañeros sobre El Fiasco, pero en cualquier momento espero que Eleanor salga de la caja de vidrio que hace las veces de su oficina y me informe que mi pasantía ha terminado. Que la orden vino de la más alta autoridad.
Pero no lo ha hecho, y tampoco he vuelto a saber nada de Salvador Almeida desde que respondí su último correo. Eso me deja con dos posibles escenarios. Uno, logré la dosis justa de insolencia y arrepentimiento para ganarme su respeto. O dos, está preparando mi despido y simplemente aún no ha tenido tiempo de hacerlo.
Con cada hora que pasa me inclino más por la primera opción, pero eso no impide que revise mis correos con ansiedad. Esta semana ya ha sido demasiado emocionante para mí. Nuevo trabajo. Insultar accidentalmente al jefe del jefe de mi jefe por correo electrónico. Acostarme con el hombre más magnético que he conocido en mi vida. Todo en menos de siete días.
La verdad, eso debería valerme algún tipo de medalla.
—Uh-oh —murmura Toby desde su escritorio—. Alguien viene con ganas de guerra.
Tanto Quentin como yo levantamos la vista para ver a Eleanor avanzar hacia nosotros, sus tacones repiqueteando con soltura profesional sobre el suelo.
—Maye —dice.
Quentin y Toby vuelven a su trabajo, y el estómago se me cae al piso. Ya está. Este es el momento.
—¿Sí?
—Acabo de recibir una llamada de la gerencia. Están reuniendo a todos los Profesionales Junior para un proyecto interdepartamental —suspira—. Y sigue siendo tu primera semana. Intenté explicarles que primero debías asentarte en tu departamento, pero fueron inflexibles.
Me aclaro la garganta.
—¿Y esto viene directamente de la gerencia?
—Sí. No me dieron más detalles —la expresión en sus ojos deja claro que considera eso una omisión importante.
—¿Dónde quiere que vaya?
—Debes ir a la sala de conferencias seis, en el piso treinta y cuatro.
El piso treinta y cuatro es el último piso. El piso de la gerencia. Aquel al que Quentin y Toby me advirtieron que solo subimos para recibir instrucciones de proyectos, donde no hablamos, no miramos ni existimos para la gerencia.
—¿Ahora mismo?
—Ahora mismo —confirma—. Iría contigo, pero parece que es solo para pasantes.
Tomo mi libreta, mi bolso y empujo la silla hacia atrás.
—Iré enseguida, entonces. Gracias por avisarme.
—Por supuesto —dice Eleanor—. Cuéntame de qué se trata cuando regreses.
—Lo haré.
Toby me lanza un pulgar arriba y un “buena suerte” mientras camino hacia los ascensores. Le devuelvo una sonrisa confiada, ignorando la expresión apocalíptica en el rostro de Quentin. También ignoro el nudo de nervios en mi estómago, provocado por palabras como gerencia.
¿Me encontraré cara a cara con Salvador Almeida?
Aliso mi falda tubo y lucho contra los nervios familiares que me provoca subir en ascensores, cortesía de mi miedo a las alturas. El espejo confirma lo que ya sé. Cabello recogido en una coleta baja y prolija. Maquillaje sencillo. Falda azul marino y blusa color lavanda. Vístete para impresionar, siempre dice mi madre.
Me detengo frente a la sala de conferencias seis, con los hombros rectos, lista para la batalla, y llamo a la puerta.
—Adelante.
La voz es de un hombre.
Entro al espacio bien iluminado. En uno de los extremos de la mesa hay un hombre de unos cuarenta y tantos, con las sienes apenas encanecidas y gafas apoyadas en la nariz.
—Hola, señorita… —mira una lista—. ¿Mayela Umaña?
—Soy yo.
—Mi nombre es Clive Wheeler y soy el director de operaciones de Montviva. Esperamos a sus otros dos colegas y luego les daré la información. No debería tomar mucho tiempo —mira el papel y murmura—. Al menos eso espero.
Tomo asiento al otro lado de la mesa y adopto un tono profesional.
—Perfecto. ¿Esto es por un proyecto interdepartamental? Mi supervisora no tenía todos los detalles.
—Algo así. Fue idea del CEO, en realidad.
No lo dice abiertamente, pero se nota en el tono. Él no lo aprobó.
El nudo en mi estómago se aprieta.
—Suena interesante.
—Interesante es una buena forma de describirlo —asiente, mirando su teléfono—. “Crear espíritu festivo”. Esas fueron exactamente sus palabras.
Mierda. ¿Espíritu festivo?
Las probabilidades de que esto tenga que ver con Acción de Gracias y mis correos se disparan. La puerta junto a Clive se abre y bajo la vista hacia mi libreta. Si es Salvador Almeida, aún no estoy lista. No si de verdad convocó una reunión por Acción de Gracias e invitó a los pasantes.
—Yo me encargo de esta reunión, Clive.
La voz es suave y oscura, un barítono tan adecuado para rincones sombríos en fiestas como para salas de juntas.
Es familiar.
—¿Estás seguro?
—Sí. Después de todo, fue idea mía.
Mantengo la vista fija en la libreta. No puede ser.
—No puedo decir que me decepcione —admite Clive.
Al levantar la mirada, veo al COO desaparecer por la puerta contigua, dejándome sola con el hombre apoyado contra la pared opuesta. Es alto, vestido de traje, con los brazos cruzados sobre un pecho ancho.
Pero son sus ojos los que atrapan los míos.
Ojos que vi reír y desafiarme hace apenas unos días. Ojos que vi cerrarse de placer. Mi desconocido. El mafioso oscuro.
El leve ensanchamiento de sus ojos es la única señal de sorpresa.
—¿Qué haces aquí?
Mi mano se cierra en un puño sobre la mesa. Si antes mi estómago era un nudo de nervios, ahora ha estallado en mariposas.
—Soy una de las Profesionales Junior. Me llamaron para una reunión.
—Imposible.
Niego con la cabeza.
—Empecé este lunes.
Apoya las manos sobre la mesa de conferencias, y la habitación parece encogerse con su presencia. Bajo la luz del día sigue siendo igual de imponente; no hay forma de negar la firmeza de su mandíbula ni sus pómulos altos.
—Los tres pasantes son hombres —dice.
Espera un momento, guapo.
—No, no lo son.
—¿Quién eres?
—Soy Maye.
Niega con la cabeza.
—Maye es un hombre.
—Bueno, yo no.
—Eso está claro —murmura.
—Maye es diminutivo de Mayela —digo—. Mayela Umaña.
Suelta un suspiro frustrado, alejándose de la mesa.
—¿Por qué estás aquí? ¿Cómo es que estás aquí?
Frunzo el ceño y encuentro una pizca de valor entre la confusión.
—¿A qué se refiere? Postulé a este trabajo hace seis meses. Pasé por entrevistas y pruebas. Me eligieron, me contrataron y empecé esta semana.
Hay sospecha en su mirada, apenas disimulada, y algo dentro de mí se resiente.
—¿Por qué? ¿Cree que lo busqué deliberadamente el fin de semana pasado?
La breve pausa deja claro que eso es exactamente lo que sospechaba.
Entrelazo las manos sobre la mesa para que no tiemblen.
—Pues no fue así. No tenía idea de quién era usted.
Alza una ceja, pero yo sostengo su mirada, todavía incapaz de creer que sea realmente él. Sentado aquí, frente a mí.
—Bien —gruñe—. Supongo que podríamos encontrarte otro departamento. Quizá incluso otra oficina de Montviva Global.
Lo más difícil es sostenerle la mirada. Negó con la cabeza y miro por encima de él, ignorando esos ojos que tanto me cautivaron el fin de semana pasado.
—No he hecho nada malo, y elegí el Departamento de Estrategia. No es justo que me trasladen por algo que ocurrió fuera del trabajo, y además antes de que empezara a trabajar aquí.
Me aclaro la garganta y me obligo a añadir:
—Con todo respeto, señor. Porque usted es Salvador Almeida, ¿verdad?
—La última vez que lo comprobé, sí —cruza los brazos—. Bien. Te quedarás, Maye.
—Excelente. Y no diré una sola palabra de lo que ocurrió el fin de semana pasado —digo—. Recuerdo sus instrucciones. El anonimato era la regla número uno, y la cumpliré.
Decir eso fue un error.
Mirar sus ojos oscuros, ver cómo el recuerdo despierta y arde en ellos… provoca lo mismo en mí. No debería haber mencionado el fin de semana pasado ni instrucciones en esta sala de conferencias. El recuerdo crece entre nosotros hasta quemarme las mejillas y obligarme a apartar la vista.
—Te agradecería que no lo hicieras —dice finalmente.
—Perfecto —respondo—. Y, para que conste… no quise enviarle ese correo.
Alza una ceja.
—Me lo imaginé.
—No volverá a pasar.
—¿Aprendiste la diferencia entre responder y reenviar?
El rubor me arde.
—La aprendí, señor Almeida.
Pasan unos segundos tensos de silencio, sin que ninguno aparte la mirada. Yo soy la primera en hacerlo.
—Los otros pasantes deberían llegar pronto.
Asiente.
—En unos minutos. Di instrucciones para que Maye fuera la primera en llegar.
La forma en que dice mi nombre deja claro que aún no me ha perdonado el pecado de no ser un hombre. Tengo ganas de poner los ojos en blanco, pero la diferencia de poder entre nosotros me frena. Ya no somos extraños en la oscuridad.
Nunca volveremos a serlo.
Cualquier tenue esperanza que tenía de recibir otra invitación mal dirigida, de escabullirme a una fiesta y encontrarme con él… muere y se marchita en mi pecho.
—¿Me pidió que viniera para regañarme?
—Algo así —tira de una silla y se sienta, estirando las largas piernas frente a él.
El reloj grueso brilla en su muñeca, el mismo que sentí contra mi piel cuando recorrió mi cuerpo con las manos.
Trago saliva.
—Adelante, entonces. Estoy lista.
Sus labios se curvan con un humor inesperado, los dedos golpeando suavemente la mesa.
—Bien. Ya que estuviste en desacuerdo con prácticamente todo lo que la empresa tenía planeado para el próximo mes, pondré a los pasantes a cargo de la celebración de Acción de Gracias de Montviva.
Lo miro fijamente.
Él me sostiene la mirada.
—¿Perdón?
—Los tres —dice, con voz suave— tendrán la oportunidad de practicar sus habilidades de gestión de proyectos. Presentarán sus ideas ante mí y los organizadores del evento. Considérennos, considérame a mí, como un cliente. Como pasante de Estrategia, naturalmente serás la líder del equipo.
—Naturalmente —murmuro.
—En una semana informarán a la gerencia con sus propuestas sobre cómo mostrar agradecimiento a los empleados en Acción de Gracias. Quiero cronogramas, resultados proyectados y presupuestos.
Su sonrisa es peligrosa, la misma que me provocó escalofríos apenas unos días atrás.
—Claramente crees que sabes más que yo, Maye, y sé que te gustan los desafíos.
El bastardo.
Me mira como retándome a objetar, consciente de que está siendo duro, pero dejando claro que no dará marcha atrás solo por lo ocurrido el fin de semana pasado. Y no debería hacerlo. Eso fue entonces, esto es ahora, y no quiero un trato especial de Salvador Almeida.
Endurezco mi tono hasta volverlo estrictamente profesional.
—Gracias por esta oportunidad, señor Almeida. No lo decepcionaré.
Alza una ceja.
—Estoy seguro de que no lo harás, señorita Umaña.