Maye
El Día Familiar de Acción de Gracias salió perfecto, sin contratiempos. Luke, William y yo lo logramos y, aunque fue más gestión de eventos que gestión de proyectos, igual me siento orgullosa. Sonriendo para mí misma, doy un paso atrás y observo las fotos recién enmarcadas sobre mi cómoda. Las fotos que mandé a ampliar llegaron por correo justo ayer: una de mi abuelo y otra de mis padres.
Tres de las personas más trabajadoras que conozco. También las tres que más creen en mí. Mis padres compraron una botella de champaña cuando recibí el correo que decía que me habían aceptado en el programa de jóvenes profesionales en Montviva.
Junto a sus fotos está mi título universitario enmarcado y unos cuantos libros de negocios, completando la escena.
Es mi altar al éxito.
Algún día —pienso, mirando mi diminuto estudio— no volveré a vivir en un lugar sin horno. Solo tengo una cocina de una hornilla, un microondas y un refrigerador miniatura.
Que además está vacío.
Cierro la puerta del refrigerador y miro el reloj. La charcutería de la calle todavía estará abierta una hora más… sería la cuarta vez esta semana. ¿Soy tan descarada?
Absolutamente.
Me estoy poniendo la chaqueta cuando suena el teléfono y el número me resulta familiar, haciendo que el corazón se me acelere. No hemos hablado desde el Día Familiar de Acción de Gracias y ni siquiera lo he visto en el trabajo. No es que pudiera hablar con él allí, aunque lo viera.
Contesto.
—¿Hola?
—Maye.
—Salvador.
Mi mano tantea la llave.
—¿Cómo estás?
El humor tiñe su voz, como si le divirtiera mi intento de normalidad.
—Bien. ¿Y tú?
—Excelente.
—¿Excelente? Me alegra oírlo.
—¿Qué puedo hacer por ti?
—Quería saber cómo vas con tu tarea, la que hablamos por teléfono hace unas semanas.
—El topo en el Departamento de Estrategia.
—Exactamente.
Arrastro la única silla hasta mi mesa y me siento.
—Aún no he descubierto nada. Pero estoy atenta. Quizá cuando me inviten a más reuniones de alto nivel…
—Mmm. Me pregunto si podemos acelerar eso de algún modo.
Frunzo el ceño.
—No estoy segura… quiero demostrarme por mi trabajo.
—No me cabe duda de que lo harás, Maye.
—Gracias.
Bajo la mano y me pongo una bota. El clima ha empeorado, y el frescor del aire ya sabe a invierno.
—De verdad estoy intentando escuchar cosas, pero no sé qué tan sigilosa puedo ser. Si llego al trabajo con gabardina y un periódico con agujeros, van a empezar a sospechar.
La carcajada profunda de Salvador retumba en el teléfono.
—Casi es una idea que vale la pena considerar.
—El topo podría huir al saber que lo tenemos en la mira. Tendrías que hacer que seguridad lo persiga.
—O la persiga —añade—. Mi empresa está comprometida con la igualdad de género.
—Qué noble de tu parte.
—Cada uno hace lo que puede.
Me muerdo el labio, sonriendo hacia el teléfono. No deberíamos estar llamándonos así. Hablando así. Y, sin embargo, aquí estamos.
—Gracias por la semana pasada —digo—. En la feria.
—No lo menciones —responde.
Pero tengo que hacerlo.
—Lo siento. No debí subirme a ese juego en primer lugar.
—Yo no debí asumir que querías hacerlo —replica—. Es culpa mía, no tuya.
Es absolutamente culpa mía, pero no insisto.
—Entonces acordemos repartirnos la culpa. Igualdad de género y todo eso.
—De acuerdo. Estamos tomando postura, ¿eh?
—Nos mencionarán en los libros de historia.
Se aclara la garganta.
—Al menos no te encontré en un bar esta noche. ¿Estás entre compromisos sociales?
—No voy a bares todas las noches —lo provoco—. Solo día por medio.
—Ah, vivir la vida despreocupada de una becaria.
Tomo mi gorro, con el estómago quejándose.
—Trabajé hasta tarde y luego volví caminando a mi apartamento.
—En el Upper West Side.
—Sí.
Hace una pausa breve, como si estuviera sopesando sus palabras. Luego las suelta.
—Sabes que yo también vivo en el Upper West Side.
—Lo recuerdo —murmuro—. Podríamos ser vecinos.
—Podríamos.
—De hecho, justo estaba por salir.
—¿A un bar?
—No, a una charcutería. La de mi calle tiene el mejor sándwich de pastrami.
—¿El mejor?
—Sí. También venden comida china, que es una combinación rara, pero por alguna razón les funciona.
—No he oído hablar de un lugar así por esta zona.
—Pues está bastante bien —digo. Y, antes de poder detenerme—: ¿Quieres venir?
Mi pregunta queda suspendida entre nosotros y, dicha en voz alta, suena ridícula. Él está ocupado. Tiene un hijo, una empresa y, seguramente, un refrigerador mucho mejor surtido que el mío.
—Está bien —dice—. Envíame la dirección por mensaje.
—Lo haré.
—Nos vemos en un rato —dice, y cuelga.
Me quedo mirando el teléfono con mitad horror, mitad asombro. Salvador Almeida va a encontrarse conmigo en la pequeña y cero sofisticada charcutería de mi calle.
A las nueve de la noche.
Un jueves.
Corro al baño y me limpio las leves manchas de máscara bajo los ojos después de un día entero. Un pellizco rápido de rubor, un cepillado a mi cabello oscuro… tendrá que bastar.
Estoy a medio camino de la puerta cuando me doy cuenta de que olvidé las mentas. Lista para salir. No: olvidé el perfume. Me toma unos minutos sentirme por fin presentable para aventurarme afuera.
Está esperándome fuera de la charcutería cuando llego. Apoyado contra la pared de ladrillo, con las manos en los bolsillos de su abrigo azul marino.
Trago saliva al verlo. No hay forma de que realmente esté aquí, esperándome. Pero lo está.
Asiente cuando me ve.
—Maye.
—Salvador.
—¿Así que este es tu lugar de confianza?
Le sonrío de lado y empujo la puerta.
—No lo critiques hasta probarlo.
Él alza una mano, rendido, con una sonrisa en los ojos.
—No lo haré.
Pedimos un sándwich de pastrami cada uno y una porción de papas fritas para compartir. El cajero, el de siempre, con gorro tejido, me sonríe ampliamente.
—¿Otra vez por aquí, eh? —pregunta.
—No puedo mantenerme alejada —admito—. Ustedes me salvan la mayoría de las noches.
—Es un placer.
Mira a Salvador.
—Me alegra ver que también traes amigos. Nos mejora el negocio.
—Cuando quieras, Kyle.
Salvador y yo nos sentamos en las sillas de plástico junto al ventanal. En las comisuras de sus labios hay una sonrisa que recuerdo de sus bromas en el Salón Dorado.
—¿Qué? —pregunto.
Su sonrisa se abre en una sonrisa amplia.
—No me esperaba esto.
—¿Ah, no?
—No. Sueles ser tan… correcta. Contenida.
Alza una ceja.
—Recta. No habría pensado que fueras clienta habitual de un lugar así.
—¿O sea que una ex niña buena reformada no puede comer en un tugurio? —niego con la cabeza y tomo una papa frita—. No esperaba que alguien que frecuenta… bueno, los lugares que tú frecuentas, fuera tan cerrado.
—¿Cerrado?
Salvador toma otra papa; sus dedos rozan los míos. Ese contacto mínimo me sube como electricidad por el brazo.
—Estoy ofendido, Mayela.
—¿Mayela?
—Tu nombre es precioso. No entiendo por qué insistes en que te llamen Maye.
—Me gusta Maye.
Él asiente y se recuesta. La silla de plástico cruje de forma ominosa bajo su estatura.
—A mí también, cuando no me engaña haciéndome creer que eres hombre.
—El engaño no fue intencional.
Abro el papel que envuelve mi pastrami.
—Esto, aquí mismo, es el mejor sándwich que Nueva York puede ofrecer.
Levanto la vista y veo a Salvador con los brazos cruzados, mirándome.
—¿Dije algo malo?
—¿Cuánto dijiste que llevabas viviendo en Nueva York?
—Eh… un mes y medio. No, casi dos ya.
—Entonces no estás en posición de juzgar el mejor sándwich de la ciudad.
Toma el suyo.
—Hay casi tantos restaurantes como personas en esta ciudad, y hay un montón de gente, así que eso dice mucho.
Le doy un mordisco y los sabores explotan: pastrami, aderezo tipo Reuben, pan de centeno. Me limpio con la servilleta y niego con la cabeza.
—No me digas que eres uno de esos neoyorquinos snobs.
—¿Neoyorquinos snobs?
—Sí. De los que desprecian todo lo que le gustaría a un turista.
Él muerde su sándwich sin apartar la mirada de la mía. Espero a que mastique.
—Está bueno, ¿no?
—Está bueno —admite—. Pero no es lo mejor que ofrece la ciudad. Y para que conste, no desprecio todo lo que le gusta a un turista. Solo… desprecio que ellos también estén ahí.
Me río y me recuesto.
—Eso debe ser el sentimiento más neoyorquino del mundo. A pesar del dinero que traen, preferirías que desaparecieran.
—Turistas y palomas —murmura, tomando otra papa—. La pesadilla de cualquiera que vive en una gran ciudad.
Niego con la cabeza.
—¿Así que también eres cínico? ¿Has vivido aquí mucho tiempo?
—Toda mi vida.
—Vaya. Neoyorquino de nacimiento.
—Manhattanite —corrige, sonriendo—. Somos muy protectores con el título.
—Ah, claro. Mi error. No quise incluir los otros distritos.
—Puedo pasar por alto la equivocación.
—Gracias, señor Almeida. Muy amable.
Él deja el sándwich.
—Señor Almeida. Hace un par de días yo era Salvador.