Dos vueltas y demasiada verdad

1414 Words
—Nos vemos… —¿Quieres subir a la rueda de la fortuna? —le pregunta Joshua a Danielle, con la voz aguda—. Es muy alta. —¿Puedo, mamá? —Iré con ellos —dice Salvador—. Estaré en la cabina detrás de la suya. —¿Por qué no? Estaremos junto al puesto de hot dogs, Danielle. Joshua se vuelve hacia mí. —Tú y papá pueden ir en una cabina y Danielle y yo en otra. —Yo no— —Suena bien —interrumpe Salvador. —¿Puedes cuidar esto? Joshua me entrega el elefante de peluche y lo sujeto con fuerza. La trompa larga cae por mi brazo. Abro la boca para protestar, pero los niños ya se dirigen a la rueda. Una mano ligera en mi espalda y Salvador me guía tras ellos. —Perdón por esto —murmura. —No pasa nada —respondo en voz baja. La rueda no es tan alta, ¿verdad? Está en Central Park. No estamos hablando de Six Flags. Debería poder hacerlo. Puedo hacerlo. —¿Estos eran tus invitados especiales? —Sí —dice—. Danielle es amiga de Joshua del colegio. —No sabía que tenías un hijo. Su respiración es tranquila, pero audible. —Lo sé. —Siento si… interrumpí antes. Supongo que no te gusta mezclar negocios con tu vida privada. —No —dice—, no me gusta. —Anonimato. Lo entiendo. Mientras abre el pestillo de la cabina de la rueda, me lanza una mirada oscura que me provoca escalofríos. El encargado indica a Danielle y Joshua que tomen asiento en su cabina, y los niños suben charlando sin parar. —Estaré justo detrás —les dice Salvador—. Llamen si necesitan algo y siéntense bien. —Lo sé, papá —responde Joshua. Salvador extiende un brazo hacia nuestra cabina. —Después de usted. Agarro el elefante con fuerza. Es solo una rueda de la fortuna, Maye. Y yo misma leí las normas de seguridad antes de reservarla. ¿Qué puede salir mal? Entro en la cabina y me siento en el banco de metal frío. Se balancea de forma inquietante cuando Salvador entra detrás de mí, acomodando sus largas piernas en el espacio reducido. Su muslo roza el mío. El encargado cierra el pestillo metálico. —¿Todos listos? No, pienso. ¿Cómo me bajo de esto? —Sí —responde Salvador. El mecanismo se pone en marcha y la cabina se balancea con el tirón repentino. Me agarro a la barra de metal frente a nosotros y me concentro en el calor de él a mi lado, perceptible incluso a través de las capas gruesas de nuestros abrigos. —Esto salió muy bien —dice—. Has hecho un gran trabajo. —Gracias. Empezamos a ascender; la gente y los puestos se encogen a nuestros pies con cada centímetro que subimos. Cierro los ojos. —Ahora ya conoces a Joshua. Asiento, con las palabras saliendo entre dientes apretados. —Es encantador. Salvador se aclara la garganta. —No hablo de mi familia en el trabajo. Ni en fiestas tampoco. —Lo entiendo. El anonimato y todo eso. —Sí. Se mueve en la cabina y esta se balancea. Aprieto los labios. No hay forma de que abra los ojos hasta que estemos de nuevo en el suelo. —¿Maye? ¿Estás bien? —Sí, totalmente. —Te has puesto blanca. Su voz baja y, cuando vuelve a hablar, está más cerca de mi oído. —No te gustan las alturas. —No soy parte del club de fans, no. Inhalo. Exhalo. Eso es todo lo que tengo que hacer. —¿Por qué subiste aquí conmigo? Le doy un pequeño sacudón al peluche. —Tu hijo me pidió que cuidara su elefante. —Maye… Su voz suena frustrada y tan, tan cerca. Tengo que abrir los ojos para echar un vistazo. Está a solo unos centímetros, mirándome con una leve arruga entre las cejas. Me concentro en sus ojos. —Está bien —murmuro—. Solo tengo que concentrarme en no entrar en pánico. —Eso es. Guarda silencio un momento, luego se quita un guante de cuero y separa una de mis manos del elefante. Aprieto sus dedos y vuelvo a cerrar los ojos. Su piel es cálida y un poco áspera contra la mía; mi mano desaparece dentro de la suya por completo. —Solo son dos vueltas. —¿Dos? —Todo irá bien. Respira, ¿sí? —Estoy respirando. Apoyo la cabeza en el respaldo y aprieto su mano. —Respirar es lo único que puedo hacer ahora mismo. —Entonces concentrémonos en eso —murmura. Pero no hago exactamente lo que dice. Me concentro también en su mano y en su voz. Es profunda y tranquilizadora, como terciopelo triturado vertido en una taza oscura de espresso. —¿Me hablas? —De acuerdo. Entonces… los elefantes son tu animal favorito. Ya puedo añadirlo a la lista de cosas que sé sobre ti. —Debe de ser una lista bastante corta —murmuro. —No tanto. He hecho varias observaciones. A pesar de mí, mis labios se curvan. —Estoy segura de que no quiero oírlas todas. —Bueno, no todas son aptas para una conversación educada. Eso no significa que no estén en la lista. Es una lista mental. No te preocupes. —No lo haré. —Diría que la vista es increíble, pero no creo que sea buena idea que abras los ojos ahora mismo. Los aprieto con más fuerza. —Estoy fingiendo que estamos en el suelo. —Sigue fingiendo. El viento levanta mi cabello y me inclino hacia él, como si pudiera esconderme de la altura. Si hay viento, debemos estar en lo más alto. No pienses en ello no pienses en ello no pienses en ello. Oigo el roce de otro guante al retirarse y luego mi mano queda atrapada entre las dos suyas. La sensación me ancla. —Estás bien —dice—. Te tengo. Inhalo profundamente. Exhalo. Mis dedos se aferran a los suyos. —Gracias. Esto es… ligeramente humillante. —No lo es. Además, no estarías aquí arriba si no fuera por mí. —Eso no lo hace menos vergonzoso —murmuro. Si acaso, lo hace más. No solo sabe cuánto detesto las alturas, también sabe que las desafié para pasar más tiempo con él. Debería haberle enviado otro correo con las palabras no puedo dejar de pensar en ti y listo. —No sé a qué te refieres. Niego levemente con la cabeza. —Olvídalo. Su pulgar se mueve en un pequeño círculo sobre el dorso de mi mano. —Joshua congenió contigo muy rápido —dice—. Me… sorprendió. Mil preguntas pugnan por salir, y lo único en lo que me concentro es en mantener la calma. —¿Ah, sí? —Sí. Resopla. —No entiende a qué me dedico, y me pregunto si lo de hoy solo lo confundirá más. Mis labios se curvan. —Bueno, el capital de riesgo es un concepto difícil de explicar a un niño. —Lo es. Su voz se oscurece, cerca de mi oído. —Y tampoco fue una de tus suposiciones cuando intentaste adivinar a qué me dedicaba. El recuerdo del salón dorado me invade: nosotros sentados así, yo recostada sobre él en un sofá en un rincón oscuro. Se me tensa el estómago. —No fui lo bastante imaginativa. —O el capitalista de riesgo no sonaba lo suficientemente sexy. Trago saliva, con los ojos aún cerrados. —No, sí es sexy. Silencio absoluto. Maldición. Abro un ojo y lo veo observándome con una ceja arqueada. La oscuridad en sus ojos se arremolina con humor. —Entonces no te decepcionó que no fuera un jefe de la mafia, ¿verdad? —Sinceramente… me decepcionó descubrir que eras el CEO de Montviva. Abre la boca. —¿De verdad? —Sí —murmuro—. Porque significaba que nunca podríamos volver a encontrarnos en una fiesta del salón dorado. Sus ojos oscuros se clavan en los míos durante un largo momento. No veo el paisaje moverse detrás de él. Apenas registro el pequeño tirón de la cabina cuando completamos la segunda vuelta y regresamos al suelo. He dicho demasiado. Pero entonces murmura algo que se desliza sobre mi piel como seda, soltando mis manos. —A mí también, Maye.
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