El día ha llegado.
En lugar de una tarde normal de viernes en Montviva, la oficina se ha trasladado a Central Park. Distingo a Eleanor entrando en la feria de atracciones con una preadolescente rubia a su lado; los ojos de la niña se iluminan en cuanto ven un puesto de algodón de azúcar.
Sí, fue una buena idea.
—Tenemos seguridad en la entrada con las listas de nombres —dice Reece a mi lado.
Quince años mayor que yo, la planificadora de eventos de Montviva no estuvo precisamente encantada de recibir instrucciones de tres becarios. Le cedí todo el poder que pude para contrarrestarlo y acepté todas y cada una de sus sugerencias.
—Eso es excelente.
—A partir de ahora todo debería ir sobre ruedas —dice.
Su teléfono emite un sonido y ella baja la mirada.
—Excepto que alguien olvidó colocar el cartel de alquiler privado junto a la salida y ahora hay una fila. Maldita sea…
Desaparece por el sendero con paso decidido.
Luke se balancea sobre los talones a mi lado. Es becario del departamento de ventas y su sonrisa es tan amplia como su estatura.
—No puedo creer que lo hayamos logrado.
—Yo nunca pensé que aceptarían desde el principio —dice William—. ¿Quién iba a decir que toda esta gente tiene hijos?
—¿Cómo lo hacen? —pregunta Luke—. Yo trabajé hasta las nueve todas las noches la semana pasada. Y los demás de mi departamento estaban ahí conmigo.
Vuelvo a atar el cinturón de mi abrigo, apretándolo más contra mi cuerpo. El aire de finales de noviembre no tiene nada de cálido.
—Entonces es bueno que la empresa haga esto. Darles tiempo para divertirse.
Recorro la multitud con la mirada, asombrada por la cantidad de gente. ¿De verdad Montviva emplea a tantas personas? Cuando estamos todos apilados en el edificio de muchos pisos del Upper West Side, no hay forma de saberlo.
Mi mirada se engancha con una figura alta. Lleva un abrigo azul marino sobre el traje, una bufanda gris alrededor del cuello. Su cabello espeso está peinado hacia atrás, y la barba de varios días acentúa la línea cuadrada de su mandíbula.
Aún puedo oír su voz grave junto a mi oído. Sentir el peso de su cuerpo contra el mío.
—¿Maye?
—¿Perdón?
Luke me sonríe.
—Te perdiste por completo durante un momento. ¿Estás emocionada por el bar de después?
—Eh… sí. Claro.
Me meto las manos en los bolsillos del abrigo.
—Voy a dar una vuelta, asegurarme de que todo esté en orden. Hablamos luego.
Me abro paso por la feria todavía medio vacía, intentando localizarlo de nuevo. Paso junto a Toby y Quentin bromeando cerca del lanzamiento de aros y sonrío para mis adentros. Salvador es lo suficientemente alto como para destacar… debería estar por aquí en algún lugar.
Doblo la esquina junto a un juego de feria y allí está.
Salvador Almeida, apoyado contra el mostrador de una caseta de juegos. Tiene la mano sobre el hombro de un niño de cabello oscuro. Parpadeo, pero la imagen no desaparece.
—¿Puedo intentar, papá? —pregunta el niño.
Salvador le entrega un juego de dardos.
—Mantén el codo firme y apunta a los globos.
—Lo sé —dice el niño.
Una sonrisa cruza el rostro de Salvador.
—Claro que lo sabes.
Su hijo, porque tiene un hijo, apunta y lanza el primer dardo. En ese momento Salvador mira por encima del hombro. Nuestras miradas se encuentran.
Me han pillado.
—Hola —dice.
Trago saliva.
—Hola. No quería sorprenderlos así.
—No hay problema.
Salvador mira al niño, que está completamente concentrado.
—Buen trabajo con la feria.
—Gracias. Aunque yo solo me encargué de reservarla.
Esbozo una sonrisa ladeada, con la mente todavía acelerada. Salvador Almeida es padre.
—Atribúyete el mérito —me aconseja.
—De acuerdo.
El niño se gira.
—No le di a ninguno.
—Intenta otra vez —dice Salvador, extendiéndole un nuevo juego de dardos—. Concéntrate bien al apuntar.
El niño se aparta un rizo oscuro de la frente. Le calculo unos nueve o diez años.
—Esta vez voy a acertar.
—Claro que sí, campeón.
Salvador debe notar mi curiosidad, pero no dice nada; solo se pasa una mano por el cuello. Tiene la mandíbula tensa.
Su hijo me ve y me saluda con un pequeño gesto de la mano, los dardos bien sujetos.
—Hola.
—Hola —le respondo.
Salvador me señala.
—Ella es Mayela. Trabaja conmigo.
—Yo soy Joshua —dice su hijo con educación—. Mucho gusto.
—El gusto es mío. ¿Estás jugando a los dardos?
—Sí. Hay que darle a los globos. Si aciertas tres, ganas un premio.
—¿Y cuál es el premio?
Se vuelve hacia la caseta. La chica que la atiende está a un lado, con los ojos pegados al teléfono. El techo, en cambio, está cubierto de peluches colgados con cuerdas.
—No estoy seguro.
Salvador señala un cartel en la pared.
—Tres aciertos y puedes elegir cualquier peluche.
—¿Cuál escogerías tú? —pregunto, acercándome. Busco monedas en mi billetera—. Creo que yo quiero el elefante gigante.
Joshua me sonríe, con una mezcla de timidez y entusiasmo.
—¿Te gustan los elefantes?
—Son de mis animales favoritos.
—Yo los he visto un par de veces —dice—. Papá y yo fuimos a Tailandia el año pasado con la abuela por Navidad. Visitamos un santuario de elefantes.
Pronuncia santuario con mucho cuidado, y me hace sonreír.
—Eso es increíble.
—Lo es.
Hace una pausa, mira a su padre y luego vuelve a mirarme.
—¿Sabías que tienen la mejor memoria de todos los animales?
—Claro que sí, ¿no es genial?
—Lo más genial —coincide—. ¿Quieres jugar a los dardos también? Papá, ¿puede ella tener dardos?
Salvador abre la boca, pero me adelanto y saco dos monedas.
—Yo juego.
—Bueno, supongo que eso significa que yo también tengo que jugar —dice Salvador.
Llama a la adolescente que atiende la caseta. Ella acepta mis monedas, pero Salvador le entrega un billete de veinte.
—Danos un cubo.
Ella sonríe sin decir nada. Unos segundos después, tenemos frente a nosotros una cantidad casi ilimitada de dardos.
Levanto una ceja. Salvador se encoge de hombros y toma uno.
—Es una buena práctica de puntería.
Joshua apunta, con la lengua atrapada entre los dientes. Falla por poco.
—Rayos —dice—. Papá, te toca. ¿Qué vas a escoger si ganas?
Salvador sopesa un dardo en la mano. Mis ojos siguen la fuerza de su mandíbula, las leves patas de gallo en las comisuras de los ojos. No puede ser más de diez años mayor que yo, y aun así tiene un hijo de esta edad. Me cuesta superponer la imagen de él aquí, hablando con su hijo, con el hombre que conocí en el salón dorado.
Salvador Almeida, el enigma.
—No lo sé.
Apunta, la mandíbula tensa, y lanza. Un globo estalla con un golpe seco.
—¡Bien hecho!
—Gracias, campeón.
—Si gano, creo que yo también quiero un elefante —me dice Joshua, tomando un dardo—. Aunque creo que las ballenas son más geniales.
—¿Ballenas?
—Hemos estado viendo mucho Blue Planet —aclara Salvador.
Su voz es grave, controlada… ¿pero hay un matiz de vergüenza?
No puedo imaginármelo relajándose frente al televisor, y menos aún viendo un documental de naturaleza con un niño. Pero incluso mientras lo pienso… la imagen aparece. Mi impresión de él cambia de nuevo, volviéndose todavía más atractiva.
—He visto Blue Planet —digo—. Es increíble. Tengo muchas ganas de aprender a bucear algún día y sacar la certificación.
—¿De verdad? —pregunta Joshua—. Yo también quiero probar. Supuestamente soy demasiado pequeño.
—Eres demasiado pequeño —dice Salvador—. No hay ningún supuestamente. Pero bucearemos cuando seas mayor.
—A papá y a mí nos gusta viajar —me cuenta Joshua—. Vamos a algún lugar en cada una de mis vacaciones escolares.
Sonrío ante este niño tan hablador y miro de Joshua a Salvador. Los ojos son iguales, pero unos me miran con apertura y entusiasmo, y los otros con algo parecido a cautela.
—Te toca —me dice Salvador, señalando el dardo que aún tengo en la mano—. Veamos qué tal lo haces.
Lanzo y fallo, pero el segundo tiro hace estallar un globo. Hago un gesto de victoria.
—Uno menos, faltan dos.
Joshua mira de uno a otro antes de fijar la vista en los globos a lo lejos. Salvador le entrega un dardo en silencio. Apunta…
Y un globo explota.
—¡Sí!
Choca la mano con Salvador.
—Eso fue increíble.
—Lo fue —confirma Salvador—. Ya le estás cogiendo el truco.
Nuestras miradas se cruzan por encima de la cabeza de Joshua. Tal vez ve las preguntas en mis ojos, pero Salvador solo me dedica un encogimiento de hombros elegante y vuelve a mirar a los globos.
¿Dónde está la madre de Joshua? ¿Salvador está divorciado? ¿Es viudo? La curiosidad arde en mi estómago, el deseo de desentrañar sus secretos. Joshua acierta otro globo. Estalla con un chasquido audible, sacándome de mis pensamientos.
—Buen tiro —dice Salvador—. Solo uno más…
Le toma dos intentos más, pero acierta el tercero. Nos da un choque de manos a ambos, sus rizos moviéndose mientras salta.
—¡Éxito!
—Éxito —repite Salvador—. ¿Qué peluche quieres?
Joshua examina el techo. No hay ballena, pero sí un delfín. Señala el elefante.
—Ese.
—¿De verdad? Buena elección —digo.
—Lo sé —responde con la suprema confianza de un niño.
Se lo coloca bajo el brazo y nos alejamos de la caseta, dejando a la adolescente absorta en sus r************* .
Salvador pone una mano sobre el hombro de Joshua.
—Ya están aquí —dice en voz baja.
Joshua se queda inmóvil, recorriendo la multitud con la mirada. Yo no veo nada fuera de lo normal. Solo gente paseando, un niño con algodón de azúcar. A lo lejos distingo a Toby y Quentin junto a un juego de golpear topos.
—Oh —dice Joshua con voz débil—. Ella vino.
—Claro que vino —dice Salvador—. Vamos, hablemos con ellos.
Pero al parecer ya nos han visto, porque un hombre y una mujer de mediana edad, con una niña de la misma edad que Joshua, se acercan. La niña sonríe; su cabello rubio color trigo está trenzado.
—Hola, Joshua —dice ella con acento. ¿Francés?
—Hola —murmura él.
—¿Este es el lugar de tu papá?
No responde. Salvador interviene, extendiendo la mano a los padres.
—Salvador Almeida, el padre de Joshua. Gracias por venir.
—Gracias por invitarnos —dice la mujer, definitivamente francesa—. Aún no hemos conocido a ningún padre del colegio de Danielle.
—No, la gente suele ir a lo suyo. Pero seguro habrá oportunidades pronto —dice él—. Alguna venta de pasteles o una caminata benéfica, ya verán.
Bien, esta es mi señal para retirarme. No solo he conocido a su hijo, sino que ahora estoy invadiendo su socialización con otros padres.
Doy un paso cuidadoso hacia atrás.