Maye
Aparto la vista del peso de su mirada y vuelvo a mi sándwich. Un pepinillo se ha escapado.
—Eso fue en una situación comprometida.
—Protegiendo el elefante de mi hijo —dice—, en una rueda de la fortuna infernal.
Tomo otra papa.
—Exacto. ¿Dónde está tu hijo esta noche?
—En casa.
Lo miro, sorprendida, y él resopla.
—No está solo.
—Uf.
—No soy un padre tan irresponsable.
Se recuesta, con los brazos cruzados, como si jamás hubiera sido irresponsable un solo día.
Aparto un mechón suelto.
—Entonces, como neoyorquino de nacimiento, ¿cuáles son tus lugares favoritos?
Su sonrisa se ladea.
—¿Quieres consejos de insider?
—Quiero ver la ciudad. Dime a dónde debería ir.
—Hay una charcutería pequeñita en la esquina de la 74 con West —dice con ironía—. Sirve unos excelentes sándwiches de pastrami, pero, curiosamente, también tienen comida china.
—Cuídate —le advierto.
Su sonrisa es amplia, sin freno, y me deja aturdida.
—Nunca me burlaría de ti, Maye.
—Claro que no.
Pero estoy sonriendo al negar con la cabeza.
—Debí saber que pedirle consejos a alguien del Upper West Side era mala idea.
—¿Tiene algo malo esta zona?
—Nadie habla con nadie —digo—. No sé el nombre de una sola persona en mi edificio, aparte del portero y del encargado.
—Eso es Nueva York.
Alza una ceja.
—No sabía que fueras tan sociable, rectita.
Gimo.
—De verdad no me gusta ese apodo.
—Qué pena, porque a mí sí. Así te llamaba en mi cabeza antes de conocer a la verdadera tú.
Mis dedos se aprietan alrededor del sándwich.
—Así que pensaste en mí después de la fiesta, ¿eh?
Sus ojos se clavan en los míos.
—Tú pensaste en mí.
—Qué seguro estás de eso.
—¿Y bien? —pregunta, levantando una ceja—. ¿No lo hiciste?
—Lo hice —admito.
La tensión entre nosotros sube otro nivel; el aire vibra a mi alrededor.
—Y cuando te conocí, no pude evitar preguntarme…
—¿Sí? —me incita.
—Por qué vas a esas fiestas.
Algo chispea en sus ojos.
—Son divertidas.
—Sí, bueno, ciertamente lo son.
Se me sube el calor a las mejillas, pero no aparto su mirada.
—¿Eso es todo? ¿Un pasatiempo divertido?
Sus ojos se oscurecen. No quise sonar juzgadora, pero al escucharlo de vuelta, ahí está. Y quizá sí lo juzgo. No por ir; yo también fui. Sino por conformarse con eso. Al fin y al cabo, está en sus treintas.
—Son lo que son —dice áspero—. Sin ataduras, sin apego, sin compromisos.
Me muerdo el labio.
—Es simple.
—Es simple —acepta.
Pienso en su hijo, en su trabajo. En el compromiso de hacer de Montviva lo mejor posible.
—Entonces no tienes tiempo para salir con alguien de verdad, y las fiestas del Salón Dorado son la segunda mejor opción —resumo.
—¿Ya me tienes completamente descifrado?
El corazón me da un vuelco, pero le sonrío con confianza.
—Tengo facilidad para leer a las personas.
—¿Ah, sí?
—Sí.
—Entonces encontrar al topo en Estrategia debería tomarte un día. Dime, Maye —dice, tomando papas—, ¿por qué estás soltera?
—¿Por qué estoy soltera?
—Sí. Si crees que ya entendiste mis hábitos de citas, es justo que yo pueda ver los tuyos.
—En ese caso deberías adivinar —señalo—. Ya que yo adiviné los tuyos.
—Mmm, cierto.
—Igualdad y todo eso.
Apoya los brazos en la mesa.
—Dios nos libre de olvidar la igualdad. Bien. Me toca leerte a ti.
—Soy un libro abierto.
—Acabas de mudarte a la ciudad, así que no has tenido tiempo de conocer a alguien —dice—. Tiene sentido. Pero… ¿dejaste a alguien en Filadelfia?
Cruzo los brazos y sostengo su mirada.
—Mis labios están sellados.
—Poco útil —comenta—. Mi apuesta es que no.
—¿Que no?
Salvador se recuesta, imitando mi postura de brazos cruzados. A él le sale mejor.
—Creo que te dan miedo los hombres.
Se me abre la boca.
—¿Perdón?
—No el tipo de miedo que le tienes a las alturas. Me refiero al miedo a salir herida. Verás, Maye, creo que te gusta tener el control.
—¿Sí, claro?
—Sí. Has mantenido la cabeza baja, enfocada en la escuela, en las prácticas, en el trabajo. Te has dicho que no hay tiempo para salir con alguien, pero la verdad es que nunca te hiciste el tiempo… porque te asusta. Es el único ámbito en el que no tienes control.
Lo miro, con el sándwich a medio comer olvidado. Salvador sostiene mi mirada con ojos encendidos, triunfales y… algo más. Algo que me toca el alma con la misma precisión con la que sus palabras me tocaron: reconocimiento.
—Bueno —respiro—. Vaya análisis. Ahora me toca a mí preguntarme… ¿te dices lo mismo?
Sus ojos se entrecierran.
—¿Que me digo qué?
—Que no tienes tiempo para salir con alguien. Que las fiestas del Salón Dorado son lo único para lo que te alcanza, y que prefieres invertir tu energía en tu empresa y tu familia.
—No tengo mucho tiempo, eso es verdad.
Mis siguientes palabras salen casi sin aire.
—Y, sin embargo, aquí estás. En una charcutería un jueves por la noche.
—Y, sin embargo, aquí estoy —murmura—. ¿Tenía razón, Maye? ¿En mi análisis?
—¿La tenía?
Sus labios se curvan apenas, gruesos bajo la sombra de las cinco que oscurece su mandíbula.
—Hoy me llegó un sobre.
—¿Ah, sí?
—Era dorado.
Me muerdo el labio.
—Qué emocionante. Me pregunto qué podría ser.
—Eso mismo me pregunto —dice—. Asumo que a ti te llegó uno parecido.
No me había llegado. Momento de verdad, momento de posibilidad…
—No —admito—. No me sorprendería que esta vez no me llegue ninguno.
Alza una ceja.
—¿Y por qué sería eso?
—Puede que haya hecho algo… ligeramente fuera de las reglas.
—¿Qué es esto, rectita? Dime.
—Bueno, técnicamente, la invitación que recibí la última vez estaba dirigida al inquilino anterior.
Una sonrisa se extiende por sus labios.
—Mayela Umaña.
—Vine, vi, vencí.
—Es “vine” —corrige—. Vine, vi, vencí. Y tú, definitivamente, también viniste.
Me cubro la cara con las manos, incapaz de mirarlo. Gracias a Dios somos los únicos en la charcutería.
—Jesús, Salvador.
Su risa es descarada.
—Así que te colaste en una fiesta del Salón Dorado. Debo decir que eso desafía mi idea de ti.
—Genial. ¿Podemos dejar el apodo ahora?
—No —dice—. Me preguntaba cómo habías pagado la membresía con el sueldo de una becaria… así que ya resolviste ese misterio.
—No pagué nada.
—Una membresía por belleza, entonces —murmura—. Bien… déjame decirlo así: si al final recibes una invitación, ¿irás?
Lo miro. Me observa con una casualidad ensayada, como si mi respuesta fuera simple curiosidad. Pero hay un interés ardiente en sus ojos que no consigue ocultar del todo.
Él va a ir.
Y me está preguntando si yo también.
El estómago se me contrae en un nudo de anticipación cuando el deseo me inunda. Estamos jugando con fuego, y yo siempre he sido cuidadosa. Siempre he hecho lo correcto.
Pero ahora quiero quemarme.
—Iré —le digo—. Si me llega una invitación, claro.
—Bueno saberlo —dice, sonriendo—. Quizá te vea allí.
—Quizá… Salvador.