Correctita

1816 Words
Maye Sus labios se curvan como si yo hubiera hecho un chiste. —Con el tiempo —admite—. Aunque hablar suele ser uno de los pasatiempos menos entretenidos en estos eventos, en comparación. Me humedezco los labios. —No, si se hace bien. —¿Cuál pasatiempo? —pregunta, con una diversión subterránea en el barítono rico de su voz—. Hacer las cosas bien es uno de mis hobbies favoritos. —¿Ser modesto no lo es, supongo? Se gira, y tengo que alzar la vista para encontrar su mirada oscura. —La modestia está prohibida en la Sala Dorada. —¿Eso está en el reglamento? —pregunto—. Creo que me perdí esa parte. Sus labios se curvan en una sonrisa ladeada. —No creo que hayas leído el reglamento en absoluto, considerando que es tu primera vez aquí. —¿Qué te hace pensar eso? —Me preguntaste si pensaba presentarme. —¿Y eso me delató? Su sonrisa se ensancha. —Solo hay dos reglas inquebrantables en estas fiestas. La primera es anonimato absoluto. ¿La segunda? Las mujeres inician. Los hombres no pueden hablar a menos que les hablen. Oh. Las mujeres tienen todo el poder. Claro. Gimiendo, apoyo la espalda contra la pared. —Me delaté así de fácil, ¿verdad? —Aún no —dice, con brillo divertido en los ojos—. ¿Qué te parece hasta ahora? —¿La Sala Dorada? Inclina la cabeza en señal de sí. Miro a los invitados que conversan. La gente empieza a dispersarse por pasillos y habitaciones separadas, y en el escenario una de las mujeres ahora… oh. Vaya. Le está haciendo sexo oral al hombre atado a la silla. Él echa la cabeza hacia atrás, rendido al placer, mientras ella se mueve con un ritmo experto. —No tenía idea de qué esperar cuando vine esta noche. No sabía cuán… controlado sería el hedonismo. Aparto la vista de la actuación coreografiada. —También he llegado a la triste conclusión de que probablemente me creo más abierta de mente de lo que en realidad soy. Él levanta una ceja; unas líneas finas se abren alrededor de sus ojos. Treinta, quizá treinta y cinco. No más de una década mayor que yo. —¿No estás acostumbrada a ver a otras personas tener sexo? —No en persona —admito. Sonríe. —Aquí no hay obligaciones. Podrías pasar tu primera vez simplemente admirando el ambiente. Tomando unos tragos. Conversando. Mi expresión de desánimo debe de ser evidente, porque levanta una ceja. —¿Eso no te interesa? —Bueno… no creo que me guste la idea de ser voyeur. Se siente invasivo, de algún modo. Gira el rostro, pero alcanzo a ver la sonrisa. —A la mayoría aquí le gusta que los miren. Una puerta cerrada significa prohibido, pero una abierta significa que cualquiera puede mirar o unirse. —Otra regla que no conozco —digo, dando un sorbo a mi champán. Ahora que estoy aquí, ahora que hablo con este hombre… ya no estoy nerviosa. Se siente como una experiencia fuera de mi cuerpo, y la Mayela Umaña que debería estar nerviosa ni siquiera sabe que está aquí. La dejé afuera, en el pasillo. —No hay muchas reglas. —¿Me ilustras? —pregunto—. Odio la idea de avergonzarme aún más. Sonríe, lenta y ampliamente, y se me tensa el estómago. La luz tenue le proyecta sombras en el rostro. —Será un placer —dice—. Ya conoces la primera, y la más importante. —¿Las mujeres inician la conversación? —Sí, y también el sexo —responde—. Los hombres pueden sugerirlo si ya les hablaron, pero se considera más apropiado que sea la mujer quien lo diga. Trago saliva contra la sequedad en la garganta. —Entonces la Sala Dorada se toma muy en serio el consentimiento. —Así es. Y también la seguridad. No los verás, pero hay guardias apostados por toda la fiesta. —¿Hay guardias? Lentamente, dándome tiempo de reaccionar, me toma de los hombros. Sus manos están cálidas y firmes mientras me gira hacia la esquina opuesta. —¿El hombre del fondo? ¿Enmascarado, con un taparrabo de cuero? —¿Ese es seguridad? —Sí. ¿Ves el auricular? Entrecierro los ojos. Sus manos siguen sobre mí, calientes a través de la tela delgada del vestido. —No. Está demasiado lejos. —Lo tiene. Y deberías revisarte la vista. —Oye, eso no es amable. Su risa sale ronca mientras me gira hacia el bar. —¿Uno de los hombres sentado, tomando un whisky? Lleva traje. —¿Beben mientras trabajan? Sus manos se deslizan fuera de mis hombros. —Probablemente es jugo de manzana. Nadie aquí quiere sentirse vigilado, así que se mezclan con la gente. Parte de la ilusión. —¿La ilusión? —De que todos simplemente aparecimos aquí esta noche, de que esto es una fiesta real, de que no nos seleccionan ni nos filtran. Tiene sentido. Guardias uniformados arruinarían el ambiente. —¿Entonces intervienen si alguien se pone demasiado intenso? —Sí, aunque rara vez pasa. Pocos pagan para entrar aquí solo para tentar una prohibición de por vida. Levanta su vaso y bebe; se mueve la columna larga de su garganta. —No llevas máscara. ¿No era esa una de las reglas? Me lanza una mirada. —Algunas reglas se pueden romper. —¿Por las personas correctas? Se encoge de hombros con una elegancia que no niega ni confirma. Una sospecha crece en mi mente y lo miro con más atención. —¿No serás el dueño de la Sala Dorada? ¿El organizador? —Por Dios, no. —Sabes mucho de cómo funciona. —No es mi primera fiesta —replica. Un segundo después siento el calor de su mano en mi brazo. —¿Quieres sentarte? Asiente hacia un sofá vacío cercano, más oculto en la sombra. Un golpe de nervios me estalla bajo el esternón. Su mano se aparta. —Las mujeres tienen todo el poder —me recuerda—. Dices la palabra y te dejo en paz el resto de la noche. —¿Cuál es la palabra? —“Vete” suele funcionar, pero eso es una palabra. —Hace una pausa—. “Vete de aquí” funciona mejor, aunque son tres. Me río. —Me quedaré con “vete de aquí”, entonces. Aunque no es muy educado. —Puedes agregar “por favor”, si quieres. —Qué amable de tu parte. Nos sentamos en el sofá; el cuero está frío bajo mis piernas. Cruzo las piernas y abrazo la copa de champán contra el pecho como si fuera un arma. —Entonces, ¿eres un habitual? —Supongo que podrías llamarlo así. Apoya el brazo en el respaldo del sofá, la mano descansando en algún lugar detrás de mi cabeza. Miramos a la multitud. Lo que me pareció tan ordenado al llegar ahora está fragmentado: la gente se divide en parejas o pequeños grupos. Y, Dios mío, una mujer está completamente desnuda en un sofá al otro lado de la sala. Completamente, cien por ciento desnuda. Está recostada sobre el regazo de un hombre, sus manos en los pechos de ella. Otra persona trabaja entre sus piernas abiertas. Trago saliva ante la escena. —¿También son artistas? —Lo dudo —murmura—. Solo se inspiraron. Mi silencio lo dice todo, porque ríe en voz baja y estira las piernas largas frente a él. —Tengo que decir, preciosa, que me tienes intrigado. —¿Intrigado? —Sí. ¿Cómo terminó una mujer como tú con una invitación para la Sala Dorada? Frunzo el ceño. —¿Una mujer como yo? —Tan claramente correcta —dice, encontrando mi mirada—. Alguien a quien le gusta estar en control. Que teme soltarse. —No temo soltarme. Levanta una ceja, y suelto el aire. —Está bien, sí, pero seguro que todos lo temen en algún grado. ¿Crees que eso me está frenando esta noche? —No lo sé. ¿Tú crees que sí? —No estoy segura —digo—. Hasta ahora estoy viendo una presentación de sexo en vivo… bueno, casi-sexo, mientras converso con un completo desconocido. Diría que ya me estoy soltando. Su sonrisa destella. —Ya no es casi-sexo. Miro al escenario y luego aparto la vista de inmediato; vuelvo a fijarme en su rostro. Su sonrisa se ensancha al ver mi expresión. —No estoy en shock —protesto. —Claro que no. —Nada correcta. —Entonces mira —me desafía. Y lo hago. Giro por completo hacia el escenario, donde una de las mujeres está montando al hombre esposado a la silla. La expresión de placer en su rostro deja claro que lleva el peso de la restricción con gusto. Mi sangre late con fuerza mientras los observo: el movimiento sedoso de sus caderas, el brillo vidrioso en sus ojos, la manera en que disfrutan que los miremos. —De acuerdo —murmuro—. Ya entiendo. —¿El atractivo? —Sí. Su risa profunda me recorre la piel como un trueno suave. —No tan opuesta a ser voyeur, al final. —Supongo que tiene su encanto. Me humedezco los labios y arrastro la mirada del escenario hacia él. —Sabes, creo que el anonimato también. —Sin duda —asiente—. Incluso si conoces a alguien aquí dentro, no puedes reconocerlo. Alzo las cejas. —Digamos que supiera tu nombre. ¿No podría llamarte por él? —No. Aunque algunos rompen esa regla. —Las parejas que vienen aquí deben hacerlo. —Son los peores infractores. Inclina la cabeza hacia atrás y se bebe el último trago ámbar de su vaso. Lleva un reloj grueso en la muñeca. Se ve caro. —¿Pero tú no viniste con alguien? —No —confirma, estirándose para dejar el vaso—. Y tú tampoco. —¿Cómo estás tan seguro? —Dudo que tu pareja te dejara sola tanto tiempo. —Bueno, yo dudo que tuviera una pareja con tan poca confianza en mí como para vigilarme todo el tiempo. Sus ojos chispean. —No, no me refería a eso. Me refiero a que no podría mantenerse alejado de los problemas en los que podrías meterte. Bajo la mirada a mi copa, huyendo de la fuerza de su atención. —Eres bueno en esto. —¿En halagar a una mujer? —resopla, aunque parece más consigo mismo que conmigo—. Hago lo que puedo. Inclino la cabeza y lo observo. Aquí, en el rincón oscuro, con el incienso mezclándose con una intimidad embriagadora, siento que podría preguntarle cualquier cosa.
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